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Memoria y transformación desde la Escuela: Rescatar la conciencia histórica desde el pensamiento de Mario Briceño Iragorry

por Redacción Web
06/06/2026
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Por: Roger Balza Ruiz*

 

“Somos (…), como una vieja casa de madera a la que imprudentemente, y para marcar a precios de vicio, hubiésemos ido cambiando con vistosos clavos de laca los viejos fierros que aseguraban su estructura”.

Mario Briceño Iragorry

 

El 6 de junio de 1958, Venezuela perdió a uno de sus pensadores más apremiantes y originales en el contexto de Ser venezolano: Mario Briceño Iragorry (1897-1958). A 68 años de su fallecimiento, la obra que escribió no solamente permanece vigente, sino que parece visionariamente escrita para nuestro presente donde muchas de las heridas que él supo nombrar afloran hoy una realidad palpable, por ello, recordarlo en un aniversario más de su partida no es un mero ejercicio de nostalgia académica, sino un acto de necesaria vigencia, es la mejor manera de honrar su memoria.

Mario Briceño Iragorry es uno de esos escritores venezolanos, encargado desde sus letras, en recordarnos vivamente la importancia de la identidad histórica nacional, rejuveneciendo siempre las características que nos definen en lo que somos. Aunque pareciera desde el contexto Posmoderno donde vivimos que todo ello fuera en vano porque “En nuestro mundo el amor es una experiencia casi inaccesible…” (Paz, 1990, p. 213); este trujillano resuena la trompeta con su llamado a mirar la memoria de lo que somos en verdad y transformarnos al estado originario de donde venimos junto a su grandeza y oponernos a la inclemencia imperativa de una sociedad asimilada al desencanto, a la apatía, a la desaparición del bien común, donde prevalece el desprecio por la dignidad del ser y por su Historia. El hombre Posmoderno añora el pasado: “El discurso Posmoderno se afinca en la nostalgia para mirar el pasado…” (Perdomo, 1991, p. 35); es en el pasado histórico donde están las raíces del sentido vivencial, molde donde adquirimos forma desde el amor por la Historia; nace y renace la identidad como epifanía.

Avizorando sus libros, nos topamos con Mensaje sin destino (1951), un libro sustentado sobre el régimen epistolario magistralmente trabajado por el autor para permitir ante el lector ese tono de confidencialidad y, expresar desde muy adentro la conceptualización de pérdida originaria. Esta herencia epistolar (género muy usado por los escritores en aquella época), revive también los valores emergentes de la escritura barroca venida hasta nosotros por la tradición e inaugurada por Sor Juana Inés de La Cruz (1648-1645), donde la finalidad es intimar con el lector por medio del mensaje transmitido, hacerlo entre amigos, con confidencialidad venida de la intimidad del ser a través de una carta: “Muy ilustre Señora, mi Señora (…). No mi voluntad, mi poca salud y mi justo temor han suspendido tantos días mi respuesta…” (De La Cruz, 1979, p. 489).

Desde el panorama epistolar Mario Briceño Iragorry nos propone la vertiente en su obra Mensaje sin destino, según la cual “Asimilar el pasado es tanto como saberse parte de un proceso que viene de atrás…” (Briceño, 2007, p. 51), la crisis cimentada en el pueblo venezolano está causada por la falta de conciencia histórica, ignora su pasado, parece que se vive en un perpetuo “mensaje sin destino”, se menosprecia lo propio, aquella identidad venida de la tradición sembrada por nuestros ancestros sucumbe en la anonimia. Se menosprecia lo propio y se está condenado a no saber dónde vamos como pueblo adolecido del cordón umbilical que nos ataba:

 

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“Cuando éramos una modesta comunidad de agricultores y criadores (…) nuestra urgente y diaria necesidad de comer la satisfacíamos con recursos del propio suelo. Hoy el queso llanero ha sido sustituido por el queso Kraft, la arveja andina por el frijol ecuatoriano…” (Briceño, 2007, p. 69-70).

 

Hay obras de la literatura venezolana que, a nivel intertextual, en los sentidos, se han convertido en eco del pensamiento defendido por Briceño Iragorry, uno de ellos es el recientemente fallecido Eduardo Liendo (1941-2025). En su novela titulada El Mago de la Cara de Vidrio (1973), Liendo se suma también a buscar en lo nuestro la verdadera realidad que nos caracteriza como venezolanos y, de igual manera, presenta al lector la realidad degradante de desprecio hacia lo que somos, contextualizado en la cultura extranjera que se impone desde la televisión:

 

Por la influencia nefasta de El Mago los primeros en abandonar la mesa fueron Carlitos y Guillermina, exigiendo el primero por medio de insoportables berridos, que le fuese suministrada su compota (…). Seguidamente fueron Armando y Tania quienes renunciaron a su balanceada ración de caraotas con arroz, carne mechada y plátano horneado, sustituyéndola por el escuálido perro caliente (perro plástico en traducción libre) (…). Fue así como quedé completamente solo, rumiando mi odio con arroz”. (Liendo, 1977, p. 33-34. Subrayado nuestro).

 

Pareciera entonces, para nosotros los lectores, que la lucha por hacer prevalecer los valores auténticos dejados de los antiguos, fuera una lucha infructuosa de hombres solos: “La soledad es el fondo último de la condición humana.” (Paz, 1994, p. 218); Mario Briceño Iragorry también entra en esa tentativa de lucha en la soledad, lo manifiesta en Mensaje sin destino, es la lucha contra el monstruo encarnado en el hombre del rebaño, aquel que va donde lo llevan y, como dice Friedrich Nietzsche (1844-1900), (filósofo muy leído por Briceño Iragorry), es el “animal gregario”; ya tristemente lo describe el escritor que nos ocupa: “Y Bolívar, tal vez, repetiría adolorido, ahora con mayor razón: Aré en el mar”. (Briceño, 2007, p. 74).

Tocado también por el género epistolar enfocamos otro libro de Mario Briceño Iragorry titulado El Caballo de Ledesma (1951) que se suma a la prédica del libro arriba citado. Se habla de la ausente memoria de los venezolanos frente a la conciencia patriótica que debe prevalecer desde la moral del pasado para enlazarla con la crisis en el presente, “La verdad de nuestra tragedia formativa”. (Briceño, 1942, p. 55).

En, El Caballo de Ledesma el escritor utiliza el gesto de un anciano conquistador (asociándolo con El Quijote) para levantar un espejo ante sus contemporáneos. Es un libro que cabalga sobre el ejemplo histórico, nos propone recuperar la valentía y la moral del pasado, criticando la indiferencia de los “filibusteros” de su época: “Cuando Alonso Andrea de Ledesma sacrificó su vida en aras de la Patria nueva, creó la caballería de la libertad cuyo máximo representante habría de ser Simón Bolívar.” (Briceño, 1942, p. 45).

Escritores como Briceño Iragorry, Liendo y otros en Venezuela construyen el andamiaje sobre el cual reposa la intencionalidad de tocar a la puerta de cada lector para lograr crear una conciencia sobre lo que somos desde el génesis como cultura, fuera de cualquier proceso de transculturización que, desde el exterior, extirpe un sistema autóctono construido sobre la base del tiempo en la libertad cultural, razón por la que “La grandeza de estos escritores reside en sus vidas y en defensa de la libertad.” (Paz, 1983, p. 18).

En El Caballo de Ledesma todo este proceso de querer y valorar lo que somos contiene en sí un lenguaje enmarcado dentro de la Semiótica. El personaje Ledesma trasciende los límites impuestos por la realidad objetiva para transformarse en un símbolo de lucha con un mensaje subyacente.

 

Por ello yo invoco al símbolo externo de Alonso Andrea de Ledesma como expresión de una actitud heroica que es necesario asumir en esta hora de crisis de las conciencias (…). Figuras simbólicas, mitos magníficos que los pueblos necesitan mirar con frecuencia para volver a la reflexión de lo heroico.” (Briceño, 2007, p. 48-49. Subrayado nuestro).

 

Es un símbolo que invita desde las páginas de la Historia venezolana a marchar en la vanguardia contra la pretensión extranjera o intencionalidad de abandonar el legado dejado como cultura por nuestros antecesores, entretejidos con las costumbres, manifestaciones religiosas, culturales, lengua y forma de ser; eso es Ledesma para Mario Briceño Iragorry, lo toma como personaje histórico y lo entrega al lector como símbolo. “El símbolo revela ciertos aspectos de la realidad –los más profundos– que se niegan a cualquier otro medio de conocimiento” (Eliade, 2000, p. 12). Como El Quijote, nos invita el escritor a luchar contra los molinos de viento de la ignorancia, la falta de iniciativa para tomar la lanza y, sobre el rocinante de las ideas a cabalgar para defender todo aquello nuestro en la identidad.

En La Hora Undécima (1956), Mario Briceño Iragorry utiliza como título una expresión bíblica para indicar a los lectores que ya es el último momento donde se puede encauzar al pueblo hacia una valoración cultural integral propia; este libro se relaciona íntimamente con los anteriores, es el último momento posible en el que Venezuela se encontraba para una transformación.

Se acentúa en el libro el abandono de los valores morales en la sociedad venezolana, él los considera la base sobre la cual debe sustentarse toda formación, ya que “Como pueblo y como individuos carecemos de primer piso. Hemos sido alegremente montados en el aire.” (Briceño, 1956, p. 36); observa nuestro escritor con suma preocupación, cómo Venezuela con la llegada del petróleo al mercado abandona sus tradiciones, su cultura, para imitar patrones extranjeros. Además, el autor nos habla del peligro que desde la educación tiene la erradicación de los principios educativos que han dado sentido generación tras generación: “A escobazos fue echada la moral de entre los ingredientes esenciales para la vida de la nación.” (Briceño, 1956, p. 54). Como si fuera poco, la Universidad en vez de recuperar el camino hacia lo que éramos se lanza la tarea también de sustituir lo humanista por un positivismo bestial.

Poco fue eliminada de las aulas la enseñanza de la filosofía, cuya ausencia se pretendió llenar con una explosiva antropología (…). El empirismo universitario de los años finiseculares, se nutrió de Darwin, de Spencer, de Comte, de Lombroso…” (Briceño, 1956, p. 30-31).

Ante este panorama nefasto, Briceño Iragorry acude con un llamado a la última herramienta para lograr la transformación desde el amor por nuestra Historia, esa herramienta es la juventud: “La Universidad debe ayudar a los jóvenes a construirse una conducta”. (Briceño, 1956, p. 54), una conducta que lleve a levantar una verdadera conciencia histórica, a rescatar los valores morales y a defenderse frente a un positivismo que “…es para la democracia (…) una ciénaga en la cual se maceran y pudren todos los principios y todos los programas.” (Briceño, 1956, p. 31. Subrayado nuestro).

Ahora bien, ¿Cómo lograr este ansiado cometido del escritor que nos ocupa?; entra aquí en preponderancia el papel de la educación. Es la escuela con sus maestros y estudiantes quienes deben dar los primeros y decisivos pasos para recorrer el camino señalado por Don Mario Briceño Iragorry, con el amor por el pasado histórico.

La base fundamental de este proceso es el amor por lo nuestro unido a la identidad, el amor por el pasado guardado en la memoria que hace fluir en la conciencia por revivir todo aquello innato en querer lo nuestro, lo que somos en autenticidad y debemos seguir siendo porque “…el Amor no solo es el más antiguo de los dioses y el de mayor dignidad sino también el más eficaz para que los hombres tanto vivos como muertos consigan virtud y felicidad.” (Platón, 1983, p. 40).

Será la educación, desde la escuela y bajo la visión del amor, quien rescatará la conciencia histórica venezolana adquirida desde el pasado, exaltando la memoria y siguiendo las ideas visionarias de ese trujillano que, desde su terruño, supo configurar el futuro de todo un país: “Ecce Homo”.

 

 

Bibliografía

Briceño, M. (1942). El Caballo de Ledesma. Editorial “Élite”. Caracas, Venezuela.

Briceño, M. (1956). La Hora Undécima (hacia una teoría de lo venezolano). Ediciones Independencia. Madrid, España.

Briceño, M. (2007). Mensaje sin destino. Editorial El Perro y La Rana. Caracas, Venezuela.

De La Cruz, S.J. (1979). Obras Escogidas. Editorial Bruguera, S.A. Barcelona, España.

Eliade, M. (2000). Imágenes y Símbolos. Ediciones Taurus, S.A. Madrid, España.

Liendo, E. (1997). El Mago de la Cara de Vidrio. Monte Ávila Editores Latinoamericana. Caracas, Venezuela.

Paz, O. (1983). Las Peras del Olmo. Editorial Seix, Baral S.A. Colombia.

Paz, O. (1990). El arco y la lira. Fondo de Cultura Económica S.A. México.

Paz, O. (1994). El Laberinto de la Soledad. Fondo de Cultura Económica (colección popular). México.

Perdomo, C. (1995). Teoría, Crítica y Posmodernidad. Consejo de Publicaciones de la Universidad de los Andes. Mérida, Venezuela.

Platón. (1983). El Banquete. Fedón. Fedro. Ediciones ORBIS, S.A. Barcelona, España.

Rosales, P. (1988). Pensamiento Educativo de Mario Briceño Iragorry. Talleres Gráficos Universitarios de la Universidad de Los Andes. Mérida, Venezuela.

 

 

* Universidad Nacional Experimental “Simón Rodríguez”. Doctorado en Ciencias de la Educación. Seminario: Pensamiento de Mario Briceño Iragorry

 

 


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