Por: Antonio Pérez Esclarín | pesclarin@gmail.com
La recuperación de la democracia y la reconstrucción profunda de Venezuela destruida por largos años de desgobierno y por dos enormes sismos que descargaron su violencia sobre un país ya lleno de escombros, nos obliga a aceptar, sin maquillarla ni negarla, la muy dura realidad del país, que nos lleve a cambiar de rumbo y abandonar de una vez las conductas y políticas que originaron su lenta destrucción, agravada por los terremotos. Sigo sin entender cómo muchos pretenden lavarse las manos de su responsabilidad en la destrucción, la represión y el enorme sufrimiento ocasionado a las mayorías, y entiendo todavía menos cómo sus soflamas y discursos incendiarios contra el imperio terminaron pisoteando la independencia y mostrando una sumisión total a las nuevas políticas colonizadoras.
Porque es evidente, que la destrucción de Venezuela, física, social y moral, se gestó mucho antes de que los terremotos descargaran su furia. La supuesta Revolución Bonita dejó al país tan maltratado y destruido, que millones tuvieron que salir huyendo de él para poder sobrevivir. Las políticas de inclusión resultaron mecanismos eficaces para excluir a los que pensaban distinto y no querían doblegarse. La retórica anticorrupción sólo sirvió para alimentar las conductas inmorales y convertirnos en uno de los países más corruptos del mundo. La Revolución del Amor sembró la división y el odio y terminó por convertirnos en uno de los países más inseguros del mundo, donde imperaba la violencia, el amedrentamiento, la impunidad, la persecución y la tortura. La propuesta del hombre nuevo multiplicó los pranes, los delincuentes, las mafias, los especuladores, los colectivos y grupos guerrilleros y paramilitares. Los militares que seguían llamándose pomposamente los hijos del Libertador y hablaban de estar gestando una nueva independencia, no fueron capaces de combatir a las guerrillas, los fundamentalismos, los grupos paramilitares y las políticas intervencionistas de grupos y países que fueron pisoteando nuestra independencia antes y también ahora; y algunos de ellos, sobre todo en los altos mandos, en vez de defender la Patria, se dedicaron a hacer negocios a la sombra del poder.
Las expropiaciones en pro de la productividad y la soberanía alimentaria nos trajeron escasez, hiperinflación y precios desorbitados. Los servicios públicos dejaron de servir y empezaron a ser sustituidos por los privados, pues nada público funciona. El derecho a una educación y una salud dignas, por ejemplo, dejó de ser derecho y empezó a convertirse en una mercancía, pues sólo pueden acceder a ellos los que pueden pagarlos. ¿Dónde quedaron las empresas estatizadas, los fundos zamoranos, los gallineros verticales, las areperas socialistas, los huertos hidropónicos, la ruta de la empanada, el camastrón para el turismo popular, las cooperativas productivas, los mercales y mercalitos, el bolívar fuerte y el bolívar soberano? La PDVSA del pueblo terminó como una empresa quebrada, hasta el punto que en el país con las mayores reservas de petróleo escasea la gasolina, el gas, el gasoil y es azotado por continuos y larguísimos apagones que imposibilitan vivir con dignidad. Y uno se pregunta ¿por qué Caracas no entra en el racionamiento eléctrico? ¿Acaso los caraqueños son más venezolanos que los demás? En breve, con el chavismo y el madurismo pasamos de un país de oportunidades a un país invivible, lleno de escombros.
¡Basta ya de políticas y actitudes que siguen sin verdadera voluntad de rectificar! La situación es insostenible, no aguantamos tanto dolor inútil, tanta crueldad, tanto revanchismo, violencia y muerte y queremos soluciones democráticas y electorales lo antes posible. Venezuela está herida de muerte y es urgente que todos los que la amamos abandonemos radicalismos estériles y nos unamos para salvarla. El amor a Venezuela, y sobre todo a los venezolanos que sufren, debe imponerse a cualquier cálculo egoísta o a cualquier política ventajista o dilatoria. Tenemos el deber de entendernos, lo que pasa por respetarnos y analizar críticamente presupuestos y posturas intransigentes y sectarias que impiden las soluciones, que sólo serán eficaces si ponen el sufrimiento del pueblo en la raíz de toda propuesta. Cuando vayan a comer los que se han sentado a dialogar, deben tener presentes a los muchos venezolanos que estarán hurgando en las basuras, a las madres que no tienen cómo alimentar a los hijos, a los jubilados y pensionados castigados a arrastrar sus últimos años en el hambre y la miseria. Y me imagino que a ellos no les quitarán la electricidad como nos lo hacen a millones que debemos sufrir apagones diarios de al menos cinco horas, y muchos, como yo, en el calor abrasador de Maracaibo. De ahí que el objetivo esencial del diálogo debe ser terminar lo antes posible con el sufrimiento de las mayorías, lo que exige ya la libertad de todos los presos políticos y el nombramiento de un nuevo Consejo Nacional Electoral que convoque pronto a elecciones. Y que no pierdan el tiempo exigiendo condiciones óptimas. Si barrimos en julio del 2024 con condiciones totalmente adversas, lo haremos también ahora con más facilidad, y esta vez, con unos miembros más objetivos y con una supervisión adecuada y los ojos vigilantes del mundo, no van a poder ni siquiera pensar en robárselas.
Por ello, en estos momentos en que las mayorías clamamos por un cambio radical de modelo que deje atrás este largo sismo político y social que ha descargado toda su crueldad y su maldad, debemos hacernos con rigor la pregunta de ¿Qué Venezuela queremos? La respuesta tiene necesariamente que juntar prosperidad, equidad y ética.. La prosperidad se logrará combatiendo con vigor la corrupción, el clientelismo, el nepotismo y el amiguismo, la incompetencia, la impunidad y con unas políticas educativas y productivas eficientes que siembren el respeto y la convivencia y posibiliten a las mayorías vivir dignamente de su esfuerzo y su trabajo. La equidad va a suponer privilegiar a los más vulnerables y excluídos, víctimas principales en estos años en que se impuso la retórica, el engaño, la ambición y el desprecio de la Constitución y de las personas, con unas políticas sociales que atiendan las necesidades vitales de los más vulnerables, que les permitan vida digna, contribuyan a disminuir las gravísimas y vergonzosas desigualdades y les ayuden a salir de la pobreza. No olvidemos que la genuina democracia sólo es posible en el marco de la justicia social, pues el primer requisito de la democracia tiene que ser asegurar la vida y el bienestar de todos.
En cuanto a la ética, ante el fracaso estrepitoso de la revolución bolivariana, que olvidó la moral y pisoteó los derechos humanos esenciales, debemos emprender una revolución moral, sustentada en un proyecto educativo humanizador, que se oriente a gestar personas respetuosas y ciudadanos honestos, responsables y solidarios, preocupados por el bien común, defensores de los derechos y cumplidores de sus deberes y obligaciones. Y esta debe ser la principal tarea no sólo de los educadores, sino también de las familias, del Estado y de la sociedad. Resulta de un gran cinismo pedir a los educadores, a los que se les mantiene prácticamente en condiciones de neoesclavitud con sueldos miserables, que eduquen en unos valores que son pisoteados abiertamente.
Para salvar la República es urgente que la vida y la política se cimenten sobre la ética, y que la educación recupere su importancia, vuelva a ser una verdadera prioridad nacional, tarea y compromiso de todos. Padres y maestros deben reencontrarse y proponerse vivir tanto en la casa como en la escuela aquellos valores que consideran esenciales para el pleno desarrollo personal y la sana convivencia. Los políticos deben ser, parecer y actuar como ciudadanos ejemplares, y apoyar decididamente las políticas públicas, en especial, la salud y la educación de calidad para todos, entendiendo que son los medios esenciales para lograr la convivencia, la prosperidad y la paz.
@antonioperezesclarin
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