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La Pigmentación de las Transferencias: El dinero como contrato y alma | Por: José Luis Colmenares Carías

por Redacción Web
10/06/2026
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En las entregas anteriores de esta serie sobre la pigmentación en torno al uso del dinero, hemos navegado por la urgencia del gasto y las trincheras del ahorro y la inversión en el complejo escenario venezolano. Vimos que el flujo financiero es un espejo psíquico. Sin embargo, existe un territorio donde el dinero deja de mirar hacia el beneficio estrictamente personal o familiar para volverse hacia lo más colectivo. Entramos en el ramal de las Transferencias, ese bloque de aportes que hacemos a organizaciones civiles, al contrato social y a causas que trascienden la materia y apuntalan la solidaridad.

Hace más de una década, en un texto titulado «La solidaridad y el dinero: una reflexión desde el alma» (publicado en la revista empresarial ACOINVA al Día. Año 7, No 6, Agosto 2013. Ciudad de Velara Edo. Trujillo. Venezuela), planteaba que el dinero tiene la cualidad de revelar la verdadera naturaleza de nuestros vínculos. No es una fría masa monetaria; es un vehículo de intenciones. Al transferir recursos hacia el entorno normativo o espiritual, desnudamos qué tipo de ciudadanos y seres humanos somos en un entorno que fluctúa entre la fragmentación y la necesidad de cohesión.

 

La Contribución Ciudadana: La tensión del contrato social

El primer sub-ramal nos confronta con la fría estructura del Estado: la Contribución Ciudadana. Pagar impuestos municipales, tasas administrativas o el Impuesto sobre la Renta (ISLR) en la Venezuela actual es una experiencia de alta tensión emocional.

En el polo positivo, esta acción debería vivirse desde la Confianza y el Civismo. Cumplir con los deberes fiscales es el acto de un ciudadano legal y operativo que honra el pacto de convivencia, validando su derecho a exigir y sostener la estructura colectiva. Es el orgullo de decir «soy un ciudadano formal».

No obstante, en nuestra realidad, este flujo convive casi de inmediato con la Rabia y la Frustración. Es la resistencia que surge cuando el contribuyente no percibe un retorno claro en servicios públicos, infraestructura o transparencia. En este lado de la acera, el cumplimiento fiscal no se siente como un aporte al bien común, sino como una extracción injusta y asfixiante que resta competitividad a quien produce en un mercado ya de por sí hostil, erosionando la voluntad de cooperar con el Estado. El dinero aquí se pigmenta con la indignación del sometimiento.

 

El Soporte Espiritual y Compromiso Civil: El dinero con alma

Cuando el dinero se desvía de la obligación estatal y se dirige voluntariamente hacia el prójimo o la fe, la pigmentación cambia de frecuencia. Al entregar diezmos, ofrendas o donaciones a ONGs y fundaciones, activamos el Soporte Espiritual y el Compromiso Civil.

Aquí es donde el dinero recupera su dimensión sagrada. La acción se tiñe de una Alegría serena y un profundo sentido de Propósito. Al alinear los recursos con los valores más íntimos, el dinero se transforma en un vehículo de trascendencia. Darle al que no tiene, sostener la iglesia o financiar una causa civil provee una paz espiritual incalculable; es la satisfacción de saber que el esfuerzo material individual se convierte en un bálsamo para el dolor ajeno. Es el dinero transformado en amor tangible, confirmando lo que escribía en 2013: la solidaridad es una decisión del alma.

Sin embargo, este ramal no está exento de sombras. La polaridad negativa se manifiesta en la tristeza y el vacío. Ocurre cuando el aporte no nace del desprendimiento genuino, sino de la inercia, la culpa o la presión social del entorno. En este estado de desconexión, el donante siente que su recurso cae en un saco roto, que la institución receptora ha perdido su coherencia o que el impacto esperado es invisible. El entusiasmo generativo se apaga y el acto de dar se vuelve una obligación mecánica que debilita el espíritu en lugar de expandirlo.

 

El Espejo Colectivo

Una reflexión sobre las transferencias en Venezuela nos podría revelar un fenómeno sociológico fascinante: ante el debilitamiento de la confianza institucional (“la rabia fiscal”), el ciudadano ha volcado su energía hacia la solidaridad orgánica (“la alegría civil»). Sostenemos comedores comunitarios, transferimos para el tratamiento médico del vecino, ofrendamos para mantener en pie el espacio común.

El dinero que transfieres, ¿lo entregas desde la rabia de la extracción o desde la alegría del propósito? Revisar esta pigmentación es vital. En un país que necesita reconstruir sus tejidos desde abajo, decidir conscientemente hacia dónde y con qué emoción transferimos nuestros recursos es, quizás, el puente más humano que tenemos para sanar el alma colectiva.

 

 

 

 

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