VENEZUELA EN TRANSICIÓN: ENTRE LA NORMA ROTA, LA SOBERANÍA EN DISPUTA Y LA BÚSQUEDA DE UN CAMINO PROPIO.
Documento de análisis político — Agosto 2026.
Por: Red de Pensadores por la Libertad — Capítulo Trujillo.
Venezuela vive, desde el 3 de enero de 2026, uno de los momentos más complejos, inciertos y determinantes de su historia republicana. La captura de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses desencadenó un continuo de eventos que ha puesto en evidencia, con crudeza difícil de ignorar, las fracturas profundas que recorren el edificio institucional, político y social del país. Siete meses han transcurrido desde aquella fecha. Para la historia, es un instante. Para el venezolano que vive sin agua, sin electricidad, sin salario digno y sin certeza sobre el futuro, es una eternidad. Esa tensión entre el tiempo de la política y el tiempo de la vida cotidiana es, quizás, la primera gran paradoja que esta reflexión debe nombrar.
Lo que sigue no es un documento de parte. No pretende zanjar debates que la propia realidad mantiene abiertos, ni asumir con ligereza posiciones que la complejidad del momento no autoriza. Es, antes bien, un ejercicio de pensamiento riguroso e independiente, comprometido con la búsqueda de la verdad analítica por encima de cualquier conveniencia política. Venezuela necesita más pensamiento crítico y menos certezas forzadas. Desde esa convicción escribimos.
- La soberanía conculcada.
Uno de los elementos más perturbadores del proceso en curso es la visibilidad con que la tutela estadounidense opera sobre él. El Secretario de Estado Marco Rubio ha declarado abiertamente que Washington participará «muy activamente» en la transición. El senador republicano Bernie Moreno ha propuesto fechas electorales. La Asamblea Nacional de 2015 agradeció públicamente el «firme respaldo» de Estados Unidos en el comunicado fundacional del proceso. La mano que orienta el tablero no se esconde: se presenta con nombre, apellido y cargo.
Esto no es, en sí mismo, una novedad en la historia venezolana ni latinoamericana. Lo que sí es nuevo es la naturaleza abierta y declarada de esa tutela. Venezuela enfrenta hoy el riesgo de construir una transición políticamente correcta hacia afuera, pero vaciada de soberanía real hacia adentro. Una democracia tutelada no es una democracia plena. Es una forma sofisticada de dependencia. Y la soberanía, entendida como la capacidad de un pueblo de decidir su propio destino sin que ese destino sea predefinido por actores externos, es la condición *sine qua non* de cualquier proyecto nacional genuino.
- El tiempo: una eternidad y un instante.
Siete meses es poco tiempo para una transición política estructural. Las transiciones más exitosas de la historia reciente, España, Chile, Sudáfrica (con complejidades menores a las de la realidad venezolana), tomaron años de negociación, construcción de consensos y rediseño institucional. Pretender que Venezuela resuelva en semanas lo que tardó décadas en destruirse es una expectativa que la política real no puede satisfacer.
Y sin embargo, para el venezolano de a pie, esos siete meses pesan como años. El agua no llega. La electricidad falla. El salario no alcanza. Los hospitales siguen desmantelados. Todos los estudios confirman contundentemente que agua, salud y electricidad son las tres urgencias más sentidas por la población, problemas que una sociedad del siglo XXI no debería estar debatiendo como emergencias críticas, toda vez que ya debieron estar resueltos como condiciones básicas de vida civilizada. La catalogación de Crisis Humanitaria Compleja para categorizar la emergencia que padece el país define clara y suficientemente nuestra realidad. A ello se suma la catástrofe sísmica del 24 de junio, que expuso con brutal crudeza la fragilidad estructural de un Estado que llegó a la emergencia sin reservas institucionales, materiales ni organizativas para enfrentarla.
La política opera en el tiempo largo. La vida opera en el tiempo corto. Esa brecha es, en este momento, una de las mayores fuentes de frustración social y de vulnerabilidad del proceso de transición.
- Los Estados y las relaciones de poder.
Nicos Poulantzas nos enseñó que las relaciones de poder entre Estados no son simplemente diplomáticas sino estructurales. Un Estado hegemónico no necesita ocupar militarmente un territorio para dirigir su tablero político. Le basta con controlar el reconocimiento institucional, la agenda del diálogo y el financiamiento de los actores que le convienen. Lo que estamos viendo en Venezuela es exactamente eso: no una injerencia burda sino una tutela estructural que opera a través de las propias instituciones venezolanas.
La frase que resume la geopolítica real no es una frase venezolana: es la que pronunció Lord Palmerston en el siglo XIX y que sigue siendo la regla de oro de la política internacional. Los Estados no tienen amigos permanentes ni enemigos permanentes, solo tienen intereses permanentes. Estados Unidos tiene intereses en Venezuela. Esos intereses incluyen el petróleo, la estabilidad regional, la contención de actores hostiles y el posicionamiento estratégico en América del Sur. Una transición venezolana que satisfaga esos intereses puede no coincidir exactamente con una transición que satisfaga los intereses del pueblo venezolano. Esa tensión hay que nombrarla, aunque sea incómodo hacerlo.
- La decepción y el inconsciente político.
Freud nos habla del «principio de realidad» como el proceso mediante el cual el ser humano aprende, dolorosamente, que el mundo no responde a sus deseos sino a sus propias leyes. El venezolano que en enero de 2026 esperaba que la captura de Maduro produjera una liberación inmediata ha tenido que enfrentarse, en estos siete meses, con el principio de realidad de la política internacional: las cosas no ocurren porque sean justas sino porque las condiciones de poder lo permiten… o lo impiden.
Esa decepción colectiva no es menor. Produce frustración, desconfianza, cinismo y, en sus formas más extremas, apatía política. Una sociedad decepcionada es una sociedad vulnerable a los liderazgos mesiánicos que ofrecen soluciones simples a problemas complejos. Venezuela ya vivió eso. La tarea de quienes piensan la política desde la honestidad intelectual es contribuir a procesar esa decepción sin negarla, ayudando a la sociedad a sostener la complejidad sin renunciar a la esperanza fundada en el análisis riguroso.
- Ni blanco ni negro: la necesidad de los matices.
Este documento no toma partido entre los actores en disputa. No porque carezca de valores, sino porque la realidad venezolana actual no admite lecturas binarias sin perder precisión analítica. El proceso en curso tiene actores con agendas distintas, algunas convergentes y otras contradictorias, y pretender que todo puede reducirse a buenos y malos, demócratas y dictadores, soberanos y entreguistas, es sacrificar la complejidad en el altar de la comodidad ideológica.
Lo que sí puede afirmarse con claridad es que Venezuela necesita una transición que sea genuinamente democrática, que respete la voluntad popular expresada en las urnas, que reconstruya el Estado de derecho y que no reproduzca bajo nuevas formas las mismas lógicas de poder que destruyeron el país. Esos son principios, no posiciones de partido. Y desde esos principios es que esta reflexión se construye.
- La materialidad: ¿Puede concretarse lo que no tiene condiciones materiales?
La propuesta de una Junta de Gobierno transitoria, impulsada por la magistrada Blanca Rosa Mármol y respaldada por algunos sectores, tiene sustento histórico en el precedente de 1958. Pero la historia no se repite mecánicamente. El éxito de la Junta de Larrazábal descansó sobre tres condiciones materiales concretas: consenso cívico-militar amplio, apoyo popular masivo en torno a un objetivo único, y voluntad de autodisolver la Junta una vez cumplido su mandato.
Hoy las Fuerzas Armadas venezolanas están cooptadas y profundamente contaminadas por el régimen, divididas internamente y comprometidas con intereses que sobrepasan lo puramente institucional, muchos de ellos vinculados al narcotráfico y al crimen organizado. Sin ese factor militar resuelto, una Junta de Gobierno es una aspiración legítima pero materialmente inviable en el corto plazo. Reconocemos que esta vía merece seguir siendo debatida con profundidad, pues las condiciones pueden evolucionar. La política sin condiciones materiales que la sustenten no es política: es exclusivamente deseo e imprecisión. Y confundir el deseo con la posibilidad es uno de los errores más costosos que puede cometer un análisis político serio y efectivo.
- La información: lo que sabemos, lo que intuimos y lo que nos ocultan.
Uno de los rasgos más perturbadores del proceso venezolano actual es la opacidad informativa que lo rodea. El 6 de agosto, cuando se instaló formalmente la mesa de negociación en el Centro de Convenciones del Aeropuerto de La Carlota, los periodistas fueron excluidos del acto. Solo se permitió el acceso a fotógrafos por breves minutos, sin teléfonos móviles. Ni siquiera los canales con afinidad al régimen pudieron cubrir la reunión. Una negociación que se presenta como el inicio de una transición democrática arranca blindando la información de lo que se debate. Esa contradicción no es un detalle menor.
Esta opacidad no es neutral. Es una forma de poder. Quien controla la información controla la narrativa, y quien controla la narrativa orienta las percepciones y las decisiones de millones de personas. En ese contexto, la exigencia de transparencia no es un capricho democrático: es una condición indispensable para que cualquier proceso de transición tenga legitimidad real ante la ciudadanía que se supone debe beneficiarse de él.
- Foucault y la gubernamentalidad: el poder que no se ve.
Michel Foucault nos enseñó que el poder más eficaz no es el que se impone por la fuerza sino el que se ejerce a través de las instituciones, los discursos y las normas que las propias sociedades internalizan como naturales. Lo que Foucault llamó gubernamentalidad describe el modo en que un actor externo puede orientar el comportamiento de Estados y poblaciones enteras sin necesidad de ocuparlos militarmente: basta con definir los marcos discursivos dentro de los cuales se debate, las instituciones que se reconocen como legítimas y los actores que se admiten como interlocutores válidos.
La transición venezolana opera, en buena medida, dentro de un marco de gubernamentalidad definido externamente. Las categorías con las que se debate el proceso, los plazos que se proponen, los actores que se incluyen o excluyen, responden a una lógica que no nació en Caracas ni en Trujillo. Sin embargo, desde Venezuela es posible y necesario construir una respuesta propia, inscrita en el poder constitucional de la República, que vaya de lo particular a lo general y que reivindique la soberanía que este proceso tiende a diluir. Nombrar eso no es antiimperialismo fácil: es análisis político riguroso.
- La norma: legalidad sin legitimidad, legitimidad sin legalidad.
Venezuela vive atrapada en una paradoja jurídica sin salida simple. La Asamblea Nacional electa en 2015 tiene legitimidad de origen pero carece de vigencia, ya que su período constitucional expiró en 2021. La Asamblea del 2026, controlada por el chavismo, carece de legitimidad real y de legalidad constitucional al ser producto de un proceso electoral cuyo resultado el régimen se negó a reconocer cuando lo perdió. Para hacer más compleja y enrevesada esta paradoja jurídica, el TSJ inventó, mediante la Sentencia N° 0001-2026, una figura de «ausencia forzosa» inexistente en el texto constitucional. La norma, que debería ser el ancla del proceso, se ha convertido en su mayor fuente de incertidumbre.
Esta paradoja no tiene solución puramente jurídica. Requiere una salida política que construya legitimidad suficiente para operar más allá de los límites de la legalidad formal, como ocurrió en 1958, aunque en un contexto político, económico y social sustancialmente distinto al actual. El derecho, en los momentos de ruptura institucional profunda, no puede resolver por sí solo lo que la política generó. Puede orientar, pero no puede sustituir el consenso social y político que toda transición genuina requiere. Todos estamos en la obligación de buscar ese consenso.
- Los partidos: el ocaso de una forma y el ascenso de los outsiders.
América Latina vive un momento de profunda crisis de los partidos políticos tradicionales. Colombia, Argentina, Chile, Perú y Ecuador han vivido sus propias versiones de este fenómeno. La ciudadanía latinoamericana expresa, a través del voto, un hartazgo profundo con las estructuras partidarias tradicionales que perciben como parte del problema y no de la solución.
Venezuela no es ajena a este fenómeno. El liderazgo de María Corina Machado, que no descansa en un partido político sino en una relación directa con la ciudadanía, es la expresión venezolana de esa tendencia regional. Su distanciamiento de la mesa de negociación del 6 de agosto, junto a Edmundo González, no es un rechazo al proceso sino una declaración de principios: evaluarán los avances con base en logros concretos y verificables, no en comunicados. Comprender este fenómeno no como anomalía sino como síntoma de una transformación estructural en la política latinoamericana es indispensable para entender lo que está ocurriendo. Esta Red reconoce la importancia de los partidos políticos como instrumentos de la Democracia y acompaña el necesario rescate ético de su hacer.
- La dualidad: dos caminos, una encrucijada.
Venezuela enfrenta hoy una bifurcación real. Un camino es el del proceso negociado que arrancó formalmente el 6 de agosto en La Carlota, tutelado externamente, con plazos definidos desde Washington y con actores cuya representatividad real es discutible. El otro camino es el de una salida más profunda y más lenta, que pase por la reconstrucción del consenso interno, la participación genuina del liderazgo con mayor respaldo popular, que está indiscutiblemente en la persona de María Corina Machado, y la construcción de instituciones que nazcan de la propia sociedad venezolana y no de acuerdos de cúpulas.
Ninguno de los dos caminos está libre de riesgos. El primero puede producir una transición rápida pero superficial, que cambie las formas sin cambiar las estructuras. El segundo puede tomar más tiempo del que la urgencia social permite. La dualidad no se resuelve eligiendo el camino perfecto, porque ese camino no existe. Se resuelve eligiendo el que produzca las condiciones más favorables para una Democracia genuina, sostenida y soberana.
- Educación ciudadana: Democracia vs República, el debate pendiente.
Venezuela necesita darse un debate que ha eludido sistemáticamente: la diferencia entre Democracia y República, y las implicaciones prácticas de esa diferencia para la construcción del país que viene. Democracia, en su acepción más simple, es el gobierno de la mayoría. República es algo más complejo: es el gobierno de las leyes, con división de poderes, protección de las minorías y limitación del poder mediante instituciones autónomas. Una Democracia sin República puede derivar en tiranía de la mayoría. Una República sin Democracia puede derivar en oligarquía ilustrada. De lo que se trata, en definitiva, es de construir una República Democrática: Estado de derecho y legitimidad popular con representatividad real.
Venezuela vivió bajo un régimen que se llamó democrático pero que desnaturalizó y destruyó sistemáticamente las instituciones republicanas. La transición que se construya deberá ser las dos cosas simultáneamente: democrática en su origen y republicana en su estructura. Educar a la ciudadanía en esa distinción no es un lujo académico. Es la condición más profunda y más duradera de cualquier proyecto de país que quiera ser libre de verdad.
A modo de conclusión
Este documento no concluye con certezas. Concluye con preguntas que la Red de Pensadores por la Libertad — Capítulo Trujillo se compromete a seguir trabajando: ¿Puede Venezuela construir una transición soberana en un mundo donde la soberanía de los países pequeños es cada vez más relativa? ¿Puede la norma orientar un proceso cuando la norma misma está rota? ¿Puede la ciudadanía venezolana sostener la complejidad de este momento sin caer en el cinismo o en el mesianismo? No tenemos todas las respuestas. Pero tenemos la convicción de que hacerse las preguntas correctas es el primer paso indispensable para encontrarlas.
Red de Pensadores por la Libertad — Capítulo Trujillo.
Agosto 2026
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