“La patria no es la tierra. Sin embargo, los hombres que la tierra nutre son la patria”.
Rabindranath Tagore
Los recuerdos me susurran al oído que hubo un tiempo que en los liceos venezolanos existía una materia que llamaron Formación social moral y cívica. En esas mismas instituciones existían al menos laboratorios de Física, Química, Biología, Ciencias de la tierra, Educación para el trabajo. Eran los tiempos en que los liceos hacían patria. Tiempos en que la tarea de formar ciudadanos, se asumía con un mínimo de seriedad que amerita la construcción de una patria libre, independiente y soberana. Allí se formaron generaciones enteras de ciudadanos que fueron moldeando un país. Muchos de esos jóvenes entregaron sus vidas en las montañas y calles de la patria. Hoy vemos una estela de edificaciones solas y en ruinas, cuando en tiempos pasados sentían el bullicio de una sociedad viva y en constante crecimiento.
Un país no se construye solo con petróleo o con ladrillos, la fuerza de un país está en sus ciudadanos y la de estos en su educación. Podemos permitirnos comparar la educación con el taller donde una sociedad aprende el valor de la convivencia, el respeto, la participación y a defender el bien común como esencia social de primer orden.
Un país puede tener amplias y largas carreteras, altos edificios, hospitales inmensos, universidades en cada municipio, se pueden levantar grandes monumentos, inaugurar obras y empavonar todo de cemento y asfalto. Pero si ese mismo país no forma ciudadanos, se reduce a una casa grande repleta de gente que no logra aprender a convivir.
No podemos concebir un país solamente como un territorio lleno de riquezas naturales, con una bandera, un escudo o las partituras de un himno que escuchamos en actos protocolares. Un país es fundamentalmente la manera en que sus ciudadanos se relacionan entre si y con aquel entorno que pertenece a todos. Eso es lo que llamamos ciudadanía y esto no surge de la nada o nace por decreto, sino que se aprende en la casa, en la escuela y en la calle. Ese aprendizaje nace antes de que podamos votar, trabajar o asumir responsabilidades, bien sean particulares o colectivas. Comienza en casa, continúa en la escuela y se fortalece en la comunidad.
La escuela se constituye, y realmente es, el primer taller de ciudadanía en que los habitantes de una comunidad se relacionan entre si y con su entorno natural y social. Se percibe que la educación, generalmente, suele medirse en notas, calificaciones, títulos universitarios y en los conocimientos que logramos acumular. Pero la educación es más que eso, es mucho más que aprender a leer, escribir, memorizar eventos, fechas o sumar y restar; educar es sobre todo enseñar y aprender a vivir con los demás o lo que es lo mismo, aprender a ser ciudadanos.
Una sociedad no solo necesita que su gente sepa leer libros, también se requiere que sepan descifrar las necesidades de su entorno y de su gente. Se necesitan profesionales tan competentes y al mismo tiempo honrados y honestos, ciudadanos que sepan reclamar sus derechos de la misma manera que sepan poner en práctica sus deberes. La escuela se convierte entonces en un semillero de ciudadanía.
Hoy vemos con profunda tristeza como se esfuman los valores que la escuela debería fortalecer. Son otros tiempos dirían algunos, pero hay ciertas cosas esenciales que permanecen en la vida como garantes de que todo pueda andar bien, nuestros genes y nuestros valores de ciudadanía.
Un carajito que aprenda a respetar la palabra de su compañerito, está aprendiendo valores democráticos que soportarán luego su vida ciudadana.
Un muchacho que aprenda a cuidar su pupitre, el jardín o el parque, está aprendiendo que lo público también es suyo y debe darle los mejores cuidados. Esa escuela es nuestra, ese parque es nuestro, ese río es nuestro, ese petróleo es nuestro, ese oro es nuestro. Nadie puede atribuirse la potestad de hacer con ellos lo que le venga en gana.
Un jovencito o jovencita, que aprenda a pensar a su manera sin convertir a quien piense distinto en su enemigo, está aprendiendo a ser un ciudadano y a convivir en sana paz dentro de la diversidad.
Quien logra aprender, entender e internalizar que respetar una norma ciudadana no requiere de vigilancia alguna, está poniendo en práctica la verdadera conciencia ciudadana.
La ciudadanía se aprende y se fortalece con el ejemplo. No podemos pedirle comportamiento ciudadano al colectivo, si los líderes de un país incumplen estas normas, si son deshonestos, corruptos e intolerantes. Si las autoridades matraquean, sobornan y roban, está práctica desnaturalizada se hace natural y se convierte en costumbre, en ese instante deja de ser ciudadano y se convierte en parte activa de una sociedad de cómplices y esto es más riesgoso que un cáncer tumoral en un cuerpo que ayer pudo lucir rozagante y sano.
No podemos exigirle a una generación que sea honesta si crece en el charco de la inmundicia construida desde las instancias del poder. No podemos hablar de solidaridad si solo nos interesa el bienestar individual y lo colectivo desaparece de la práctica diaria. Recuerda que el ciudadano vale más que un voto.
Hay una premisa infalible, la ciudadanía se aprende con el ejemplo. Hagamos entonces que cualquier núcleo ciudadano; familia, escuela o trabajo, se convierta en una lucecita que ilumine el camino hacia la consolidación de una cultura de ciudadanía y vida sana. Evitemos que el mérito pierda valor, asumir la corrupción como algo inevitable, sustituir el diálogo por la violencia y que la irresponsabilidad se convierta en costumbre.
Un país no se construye solamente con petróleo y cemento, se edifica con conciencia y la conciencia es como la tierra, necesita ser sembrada y cuidada.
¡Se puede volver a Formación social moral y cívica! ¡Se puede volver a sembrar!
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