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Bienvenido Mr. Marshall | Por: Adalberto Gabaldón

por Redacción Web
02/09/2026
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La España de los años 50 era una nación azotada por toda suerte de calamidades que se habían iniciado en los terribles episodios de la Guerra Civil, que mató a miles de ciudadanos y que echó del país a millones de españoles de la época. En los años 50, España, además, era una nación aislada internacionalmente donde la gente comía lo que podía cultivar en donde vivía. En sus patios traseros o en donde fuera posible sembrar algo para medio alimentarse. Era una nación que a duras penas podía generar un par de comidas medio completas al día.

En resumidas cuentas, era una nación total y completamente empobrecida. Pero rica. España estaba rodeada de magníficos monumentos —algunos milenarios— que maravillaban al mundo entero; era muy rica en recursos físicos que estaban a la vista y que atraían a personas de muchas partes del mundo que iban allí a disfrutar de aquellas bellezas históricas: la Alhambra, el Alcázar de Sevilla, los grandes monumentos romanos, etcétera.

Y Madrid, dentro de la pobreza, era Madrid, con sus extraordinarios espectáculos taurinos y teatros. Así que, dentro de aquella pobreza masiva, había cierto esplendor que atraía a mucha gente; allí iban Ava Gardner, Hemingway puso a Pamplona y sus sanfermines en conocimiento del planeta. Lara y sus melodías. En fin, un sitio para pasarla bien. Con dólares. Los nativos se comían un cable.

Los españoles por millones regados por el planeta, ayudaban a sus familiares con pequeñas remesas y así aquella nación pudo ir, poco a poco, surgiendo de las ruinas ocasionadas por los múltiples eventos catastróficos europeos de los años 40.

En esas condiciones surgió una película en los años 50 o 51 —recuerdo haberla visto en la Cinemateca Nacional—. Esa película se llamaba “Bienvenido, Mr. Marshall”. Era un relato con mucho humor que, pese a la fuerte censura del régimen franquista, narraba el acontecimiento en un pueblo adonde había llegado el rumor de que venían los americanos; que venía un señor Marshall a salvarlos y a sacarlos de la pobreza en que vivían.

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La película es toda una cadena de situaciones humorísticas donde todo el pueblo se moviliza preparándose para la llegada del señor Marshall. Empiezan inclusive las zancadillas entre unos y otros, las pequeñas intrigas y los desvaríos, con el alcalde tratando de poner orden, indicando a la banda municipal que se prepare y a la gente sacando sus mejores ropitas a plancharlas para estar presentables el día que llegara el señor Marshall. De repente, un vigía anuncia que llega el señor Marshall y se ve una gran polvareda; el polvo llega primero al pueblo y la gente empieza a ensuciarse.

Ante la emoción de ver al señor Marshall, el alcalde da la orden de que empiece la música y se ven efectivamente unos vehículos que se aproximan: unos carros negros enormes, unos Cadillac de la época que venían a gran velocidad y que, en aquel camino polvoriento, levantaban una polvareda. Los carros llegaron al pueblo y, sin disminuir la velocidad, pasaron por el medio y siguieron, dejando solo el polvero. Aquello, por supuesto, era hilarante. ¿Qué ponía en sutil ironía aquella magnífica película?

Ponía en evidencia cómo se frustran las expectativas al esperar a un Mesías o a un maná que va a venir del cielo a sacarnos de la monstruosa pobreza en que estamos. La película termina con los pobladores sacudiéndose el polvo, mirándose las caras y volviendo a sus oficios naturales.

Asumiendo que la mesa cuaje y que lo que hasta ahora es papel se convierta, antes de noviembre, en concreciones con nombres y apellidos, cronogramas para finalmente medirse en el ring electoral, cuyo resultado ponga fin definitivamente a la pesadilla más larga que sociedad haya experimentado después de la cubana.

¿Entonces…como será la cosa?, Como saldremos de abajo?

Confieso que entre las cosas que suelen darme piquiña es lo que los anglosajones llaman “conventional wisdom”. Conceptos que se convierten en verdad sacramental. No necesariamente por ser erróneos sino porque se asumen como solución universal. En la Venezuela empobrecida, depauperada que heredaremos ya es común repetir el nuevo mantra. La inversión extranjera. El capital foráneo al cual hay que darle la bienvenida.

Como a Marshall. A ese recurso hay que añadir otro que existe y que nadie comenta o considera. El capital en la mente de venezolanos, hombres y mujeres que saben hacer cosas, con las manos. Porque al final de cada día y desde que se inventó el capitalismo, el capital se hace con mentes y manos….

Démosle también la bienvenida al capitalismo venezolano domiciliado en los Zaguanes.

Continuará…

Adalberto Gabaldón

Septiembre 2026

 

 

 

 

 

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