¿Cuándo muere un país? | Por: Carolina Jaimes Branger 

 

Por: Carolina Jaimes Branger

 

Hace poco cayó en mis manos una copia del IX Coloquio Internacional de Geocrítica “LOS PROBLEMAS DEL MUNDO ACTUAL  SOLUCIONES Y ALTERNATIVAS DESDE LA GEOGRAFÍA Y LAS CIENCIAS SOCIALES” que se celebró en Porto Alegre, Brasil, entre el 28 de mayo y el 1 de junio de 2007, en la Universidad Federal do Rio Grande do Sul. Casi 20 años después está más vigente que nunca, por eso quiero traerlo a colación:

Hay países que no mueren de un disparo. Se mueren de desgaste.

No hay un día exacto en el calendario en el que alguien pueda decir: “hoy empezó el final”. No. La muerte de un país es un proceso silencioso, casi elegante en su lentitud, como esas enfermedades que avanzan sin dolor hasta que ya es demasiado tarde.

Primero, se erosiona la confianza: La gente deja de creer. No de golpe, sino poco a poco. Deja de creer en las instituciones, en los líderes, en la justicia. Empieza a sentir que las reglas no son iguales para todos, que hay ciudadanos de primera y de segunda. Y cuando esa sensación se instala, algo profundo se rompe: el contrato invisible que sostiene a una nación. Las crisis políticas suelen comenzar así, como una grieta en la legitimidad que luego se convierte en abismo.

Después, se deforman las instituciones. No desaparecen —eso sería demasiado evidente—. Se mantienen, pero vacías. Los parlamentos siguen sesionando, los tribunales siguen dictando sentencias, las elecciones siguen celebrándose. Pero todo empieza a funcionar como una escenografía. Las decisiones ya no nacen del equilibrio de poderes, sino de la imposición. Cuando un poder absorbe a los otros, cuando las reglas se reinterpretan para perpetuar a quienes mandan, ya no hay república, aunque se siga llamando así. La ruptura del orden institucional suele presentarse precisamente de ese modo: como legalidad aparente y arbitrariedad real.

Luego, llega la normalización de lo inaceptable. Lo que antes escandalizaba, ahora apenas sorprende. La corrupción se vuelve cotidiana. El abuso se justifica. La mentira deja de ser castigada y pasa a ser estrategia. Y la sociedad, cansada o resignada, empieza a adaptarse. Porque el ser humano tiene una peligrosa capacidad para acostumbrarse a todo, incluso al deterioro.

Más adelante, el país comienza a vaciarse. No solo de recursos, sino de gente. Se van los jóvenes, los profesionales, los soñadores. Se va el talento. Se va la esperanza. Y los que se quedan aprenden a sobrevivir en lugar de vivir. La crisis institucional ya no es un concepto abstracto: se convierte en la imposibilidad de construir un futuro.

Y entonces ocurre lo más grave: se pierde el sentido de nación. Un país no es solo un territorio ni un gobierno. Es una idea compartida. Es la certeza de que, a pesar de las diferencias, hay algo que nos une. Cuando esa idea desaparece, cuando cada quien empieza a vivir en su propia burbuja de supervivencia, el país deja de existir como proyecto colectivo. La fragmentación social y la desconfianza terminan por disolver ese tejido común que alguna vez sostuvo todo.

Lo más trágico es que, desde adentro, la muerte no siempre se percibe. Porque todo ocurre gradualmente. Porque siempre hay una excusa, una explicación, una promesa de que mañana será mejor. Porque el deterioro se disfraza de normalidad.

Y así, un día cualquiera, sin ruido, sin ceremonia, sin que nadie lo declare oficialmente, un país ya no es lo que era. No porque haya desaparecido del mapa.

Sino porque dejó de ser hogar.

 

@cjaimesb

 

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