Por Adalberto Gabaldón
La figura del pícaro, ese personaje que desde el siglo XVI ha protagonizado las aventuras y desventuras de la literatura española, parece haber encontrado un nuevo escenario en pleno siglo XXI. Lo que comenzó como un género que recogía las andanzas de personajes en novelas, cuentos y hasta en la zarzuela, ha trascendido las páginas de la ficción para convertirse en un espejo de la realidad política a ambos lados del Atlántico.
A principios del siglo XX, la tradición picaresca española echó raíces en Venezuela a través de personajes como Pelegrín y Tirabeque. Estos nombres sirvieron para articular una sátira punzante contra el régimen de Cipriano Castro. Sin embargo, en aquella época, el humor ácido tenía consecuencias severas: el autor de estas críticas terminó con sus huesos en el Castillo de Puerto Cabello, poniendo fin a esa etapa inicial de la picaresca local.
Pese a la represión, el humor venezolano del siglo XX encontró nuevos cauces en las revistas y periódicos, para luego expandirse a los medios radiofónicos y la televisión. Durante estos últimos cien años, el público se deleitó con la aparición de innumerables dúos que hicieron de la sátira social un arte como El Bachiller y Bartolo o Julián y Chuchín, que forman parte de este rico patrimonio del humor ácido.
En este contexto de crítica social, destacó la llegada del «Protocolo» Licenciado Esparragoza. Armado con una retórica vacía y un palabrerío hueco, Esparragoza se presentaba con un fluxecito y corbata, emitiendo opiniones solemnes sobre temas que desconocía totalmente. Su rigor duraba hasta que sucumbía a la oferta de una copa de licor, a la cual llamaba con gracia: «una pequeña libación”. Inmediatamente después, el personaje se mostraba como lo que realmente era, destrozando todo ante las carcajadas del televidente
Dentro de este submundo de apariencias, la memoria nos devuelve ejemplos risueños como los de Don Hilarión y Don Sebastián. Estos personajes de la zarzuela encarnan a esos compinches picarones, pero no malvados, cuya gracia residía en la debilidad humana.
No obstante, esa picardía festiva dio paso a algo más cínico con la adaptación de Adolfo Marsillach del Tartufo de Molière en los años 60. En esta versión, el protagonista era un hombre circunspecto y aparentemente devoto que estafaba bajo el amparo de una supuesta santidad.
Resultaba emblemática la figura de la viejita estafada que gritaba: «¡Tartufo es un santo!», aludiendo a esos amigos que hoy se resisten a creer en la villanía de sus aliados a pesar de las pruebas.
Hoy, esa narrativa muestra sus componentes más oscuros. Un «nuevo Tartufo español» enfrenta a la justicia, mientras su «compinche local» atraviesa el Atlántico revestido de inmunidad diplomática. Al estilo de los comediantes Tin-Tan y su carnal Marcelo, este nuevo «licenciado» acude al auxilio de su «carnal» peninsular, quien ha demostrado una desmedida afición por las joyas y el oro.
Ante estos hechos, surge la invitación para que nuevos autores documenten este capítulo de la picaresca del siglo XXI. Personajes que bien podrían llamarse «Zapatín y Timotón» ofrecen hoy un espectáculo de trapacerías que genera poca risa y mucha indignación. Al final, mientras estos dos pillos se reencuentran en la «Madre Patria» bajo la ambiciosa consigna de «salud y pesetas», nos queda el refugio nostálgico de aquellos viejitos de la zarzuela, cuya picardía nunca perdió su esencia humana.
Adalberto Gabaldón
Junio2026
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