A los venezolanos se nos presenta en la coyuntura histórica de hoy la oportunidad interpretar cabalmente lo que nos une a la gran mayoría: el amor a la patria, a la familia, al trabajo y a la paz. Nunca en la accidentada vida del país, desde los tiempos que éramos provincia de España y los de la accidentada vida republicana, estábamos tan unidos en torno a esos valores.
¡Aprendimos! Nos sentimos orgullosos de ser venezolanos, amamos nuestra familia y somos capaces de sacrificarnos por ella, queremos vivir bien, pero con base a nuestro trabajo y que debemos resolver nuestras diferencias sin llegar a la violencia. Ha costado muchos años darse cuenta de esta realidad. Se han vividos tiempos de guerra y tiempos de paz, épocas de pobreza y de bonanza, años luminosos y oscuros. Pero nunca se ha perdido el orgullo de ser venezolanos, el valor del hogar, el querer echar para adelante. Y ahora, quizás en años más recientes, ha crecido el anhelo de paz, que regresen los hijos y se establezca un clima de sosiego para que podamos buscar el bienestar.
Nos ha costado mucho el aprendizaje, sobre todo en estos últimos años. Y los terremotos han puesto de manifiesto el enorme potencial que tenemos loe venezolanos y, también la grande y urgente necesidad de contar con instituciones que estén a la altura de esa grandeza espiritual que hemos ganado.
No queremos más deterioro moral, nos ha salido muy cara la corrupción y la mentira, hemos sufrido mucho con nuestros presos políticos, unos asesinados, otros torturados, muchos arruinados y todos violados en su dignidad como personas humanas. Estamos hartos de cogollos que se abroguen la autoridad de decidir por todos, sólo con base a sus mezquinos intereses.
El deterioro más visible es el de los servicios públicos, la salud, la educación y la infraestructura; el que más se siente es la ruina económica que encarece la vida cotidiana. El más sensible es “la traición de los mejores” a decir de Don Mario Briceño Iragorry, las llamadas élites, sobre todo en el campo político, pero sin que se escapen algunos de los gremios económicos, religiosos y hasta intelectuales que “chabacanizaron” el lenguaje con la vulgaridad, el descaro, la mentira y desparpajo cínico. Incluso la cultura y el buen gusto.
La gente, el pueblo en su mayoría, aprendió a valorar lo bueno, la verdad, la honestidad, la solidaridad y el amor a los demás, como se demostró patéticamente en la conducta frente al desastre causado por los terremotos y la irresponsabilidad de quienes deben respetar y hacer respetar las normas, y de los inversionistas que privilegian la codicia frente a la cordura.
La gente está más clara que nunca, el quiebre es de los sistemas, las instituciones y de sus líderes que deben responder del enorme deterioro de tan larga data. Por ello la unidad del pueblo debe conducir a nuevas realidades, basadas en aquellos valores de libertad, justicia y prosperidad que expresaron los fundadores de la república como Roscio, Ustáriz, Mendoza, Miranda, Bolívar, calibrada a luz de la larga y accidentada historia nacional.
Renacer, pero no para reiniciar la trayectoria pasada, sino para transformarla basada en la raíces y en los aprendizajes que nos han dado los altibajos de la historia y que nos han traído hasta este desastre y también a esta toma de conciencia. Los terremotos naturales y el terremoto institucional que se puso en evidencia, como la claridad del pueblo venezolano, obliga a construir un sistema que interprete el aprendizaje popular. Una buena forma es que ese pueblo sea consultado y que decida libremente, como lo establece la Constitución.
Así pueblo e institucionas estarán alineadas hacia el cabal funcionamiento de un “país como un Estado democrático, social, de derecho y justicia, fundamentado en valores superiores como la libertad, igualdad, derechos humanos y ética, que establece como fines esenciales del Estado la defensa de la persona, la dignidad, la justicia y el bienestar, con el trabajo y la educación como procesos fundamentales, con una estructura federal y descentralizad, basándose en la cooperación, solidaridad y corresponsabilidad”.
La fuerza espiritual que emana del pueblo en los actuales momentos debe estar al servicio de la construcción de nuevas realidades, basada en aquellos valores primigenios, en los aprendizajes del camino y los nuevos desafíos del desarrollo humano integral.
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