Una historia de amor entre rejas

Angelis y Jhosman se conocieron en la cárcel de El Helicoide donde ambos estaban presos. Entre aquel infierno, tras las rejas, surgió un hermoso romance que terminó en boda. Dicen ellos que el tiempo pasado en ese centro de reclusión fue el peor de sus días, pero también lo mejor que les ha pasado, porque se conocieron y hoy son felices

Una relación que terminó en matrimonio y se inició en El Helicoide

 

Guillermo D. Olmo @BBCgolmoCorresponsal
de BBC News Mundo en Venezuela

El tiempo que pasaron en la cárcel fue el peor de sus vidas. Y, sin embargo, allí encontraron también lo mejor de sus días, un amor del que esperan dure para siempre.

Es la paradójica y asombrosa historia de Angelis y Jhosman, dos jóvenes venezolanos a los que la vida les cambió el día que el Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (Sebin) los encerró en su centro de detención conocido como el Helicoide, uno de los de peor fama de toda Venezuela.

Ahora, con 29 años ella y 26 él, echan la vista atrás en el salón de su cálido apartamento a una hora escasa de Caracas y recuerdan las difíciles circunstancias en las que nació su relación.

Su memoria de pareja quedará para siempre ligada al Helicoide, el lugar al que las autoridades chavistas envían habitualmente a los que consideran los presos más peligrosos.

Según las denuncias de presos, familiares, y asociaciones pro derechos humanos, allí son frecuentes los malos tratos, hasta el punto de que se ha convertido en uno de los lugares más temidos del país.

¿Cómo acabaron ellos entre sus rejas?

Jhosman Paredes era en 2014 uno de los estudiantes más activos en las protestas que se llevaban a cabo de la Universidad Nacional Experimental del Táchira, en San Cristóbal. Venezuela vivía una de las olas de manifestaciones en las que la oposición ha exigido la renuncia de Maduro en los últimos años, pero Jhosman se desmarca de aquello.

«Nosotros estábamos protestando desde mucho antes, por todos los problemas que tenía la universidad», recuerda. El 18 de septiembre, dice, empezó su calvario.
«Entre seis y ocho personas me metieron a golpes en una camioneta. Dentro de la camioneta me dieron más golpes y choques eléctricos»
«Me llevaron a un lugar en el que me colgaron de las manos de una barra de metal. Apenas me alcanzaban los pies al suelo. Allí guindando, me dieron patadas en las costillas», cuenta. Sus captores tardaron en identificarse como funcionarios del Sebin. Cuando lo hicieron lo subieron a una avioneta rumbo a Caracas.
«Volé con los ojos vendados y tirado boca abajo en el piso».

En el aeropuerto militar en el que aterrizó se le presentó a la fiscal que después lo acusaría de conspiración para la rebelión y lo llevaron directo al Helicoide.

«Nunca pudieron probar nada», dice él. Ni ella ni los otros funcionarios a los que dijo haber sido golpeado hicieron caso de sus denuncias. Los primeros treinta días los pasó solo en una celda sin ventanas iluminada por un tubo fluorescente siempre encendido.

«No sabía qué hora del día era y tenía una cucaracha como mascota», relata.
Después de un mes lo trasladaron a una celda con otros cinco presos y le permitieron empezar a recibir visitas.
Pero pasarían hasta siete meses hasta que pudo salir al patio a caminar y ver la luz del sol.

El mal negocio de Angelis

Jhosman daba sus primeros paseos con otros internos cuando Angelis Quiroz llegaba a El Helicoide.
Graduada en leyes, trabajaba en el departamento jurídico de la empresa de venta de automóviles de su padre cuando el gobierno decidió su intervención y acusó a sus directivos de haberse quedado el dinero de los compradores que esperaban vehículos importados que ya habían pagado.
Su padre dio una rueda de prensa defendiendo su inocencia y a ella, también acusada, la mandó a Colombia, donde se pasó casi un año.

«Estaba indocumentada y sola, y en Venezuela me reclamaban por legitimación de capitales, estafa y asociación para delinquir. Sabía que no había hecho nada malo y sentía que me habían arruinado la vida, así que decidí entregarme», rememora.

Cuando llegó al Helicoide, los agentes del Sebin no se lo creían, pero pronto le encontraron hueco en una celda repleta de mujeres.»

Al principio éramos doce y la convivencia era difícil; luego llegamos a ser 35″.
«El hacinamiento era tal que había que esperar horas para ducharnos y a veces los funcionarios no nos dejaban usar el baño, así que tocaba hacer las necesidades en botellas de plástico o papeles de periódico».

Las cartas del Coronel

Pero entonces una imagen inesperada llamó la atención de Angelis.

Un muchacho con el pecho tatuado empezó a pasar a diario junto a la celda de las mujeres.
Era Jhosman, que con tal de respirar algo de aire puro se ofrecía como voluntario para sacar la basura de la celda que compartía con otros hombres.

En su trayecto, cuando los guardias no se lo impedían, se asomaba a la reja de la celda de las mujeres y entregaba una carta allí.

Era el recado que le pedía cada vez el coronel José Gámez, militar compañero suyo en la celda, que buscaba así la manera de comunicarse con su esposa, recluida junto a Angelis.
Angelis y Jhosman nunca lo olvidarán ni a él ni a su esposa.
«Ambos conspiraron para que Jhosman me escribiera también a mí», recuerda Angelis. Tampoco olvidará lo que decía el primer mensaje de quien hoy es su esposo: «Si tiemblas ante la injusticia, entonces eres mi amiga».

«Un rayo de luz»

Iniciada esa relación epistolar, en enero de 2016 sucedió algo que los acercaría aún más.
«El coronel sufrió un infarto y nadie venía a ayudarle. Yo lo veía sufriendo y, desesperado, solo se me ocurrió empezar a arrancar las cámaras de seguridad para llamar la atención».
Entonces, dice, sí llegaron los funcionarios, que se llevaron al coronel a que lo viera un médico y a él lo encerraron como represalia en una celda de presos comunes.

El castigo, no obstante, le acercó a la zona del Helicoide en la que estaba Angelis y ambos empezaron a recibir visitas en el mismo sitio y a la misma hora, lo que les daba una oportunidad inesperada para compartir como nunca antes.

Así se conocieron más y se conocieron también las familias de ambos.
Como todo en la cárcel, tampoco la vida de pareja resultaba fácil.
«Había un huequito para los encuentros conyugales, pero los presos teníamos que pagarle al funcionario para que nos dejara usarlo. Nunca teníamos tiempo más que para algo rapidito; a los 15 minutos ya nos estaban llamando», afirma entre risas Jhosman.

Para mí aquello fue como un rayo de luz. Era tan agradable que entre tanta basura alguien te hiciera sentir persona», dice Angelis.

En abril de 2016, en la sala de visitas del Helicoide, Jhosman le pidió que se casara con él.
Muchos en su círculo cuestionaron ese paso. A él le decían que podría encontrar otras mujeres cuando saliera. A ella, que él la dejaría cuando fuera libre.

Pero ambos estaban convencidos.
«Supe que había encontrado algo bueno y quise asegurarlo», dice Jhosman.
«En la cárcel estás emocionalmente desnudo; si alguien te acepta allí, es que te acepta tal y cómo eres», afirma Angelis.

 

La hora de la libertad

El 23 de diciembre de 2017 ocurrió algo inesperado.
En el marco de las negociaciones con la oposición en República Dominicana, finalmente infructuosas, el gobierno anunció la liberación de un grupo de presos «señalados como responsables de hechos de violencia con fines políticos».

Jhosman era uno de ellos y recibió orden de prepararse para salir. Junto a otros, fue llevado a presencia de Delcy Rodríguez -hoy vicepresidenta-, entonces canciller. Aquello se televisó por la cadena estatal y todo el país pudo ver cómo Jhosman y los otros presos escuchaban impasibles las palabras de la dirigente.

«Fue un show político», dice Jhosman, que aún no había recuperado la libertad del todo cuando ya estaba pensando en la de Angelis.

«Pedí hablar en privado con Delcy Rodríguez y le hablé de Angelis; le pedí que también la liberaran a ella».

Rodríguez ordenó a un asistente tomar nota de la petición de Jhosman. «Me dijeron que estudiarían su caso».
Jhosman se pasó los meses siguientes llamando y acudiendo a la «Comisión de la Verdad», entregando documentos e informes que apoyaran la petición de libertad de Angelis.

Para entonces, los problemas de ovarios que sufre la habían debilitado aún más.
El 1 de junio de 2018, por fin, también ella fue liberada. «No me lo creí hasta que lo vi a él allá afuera. Sé que salí por todo lo que él empujó».
En octubre ya se habían casado.

Ahora viven felices, pese a que tienen que presentarse periódicamente ante las autoridades, no pueden salir del área metropolitana de Caracas sin notificarlo y no pueden hacer declaraciones de tipo político.
Aunque mantienen el contacto con alguna de la gente que conocieron en el Helicoide, quieren mirar hacia el futuro. «Algunos se han quedado atrapados en el asunto de la política y nosotros queremos cosas positivas, no quedarnos en eso», dice Angelis.

Ella está ahora volcada en sus proyectos de fotografía, una vocación nueva que la apasiona y le ayuda a curar las heridas que aún tiene por cerrar.
«Sé que aún no he superado todo aquello», admite.
Él se centra en una prometedora carrera como cocinero en la que dice que le va mejor de lo que esperaba.

¿Qué será lo próximo?
«Vamos a tener un perro. Si nos va bien iremos por los niños».

 

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