- Vivimos tiempos en los que la experiencia turística se reduce a unas buenas fotos para las redes
Por: Alans Peralta
Recientemente, el divulgador y profesor universitario español Dani Novarama presentó en su canal de YouTube Decode un interesante episodio en el que analizó el fenómeno del turismo masivo desde la perspectiva vinculada a la intervención de las redes sociales y los algoritmos.
Explicó que cada vez más los atractivos turísticos se vienen convirtiendo en el decorado de fondo de fotografías para las redes sociales y menos en «experiencias» de admiración, contemplación y disfrute del espacio visitado.
Desde esta perspectiva, la «misión del turista» se enfoca en un afán por estar donde otros ya han estado y convalidarlo en las redes con la publicación de las mismas fotos, los mismos ángulos y las mismas expresiones. En ese momento, el turista está más preocupado por el registro gráfico que por el hecho de encontrarse en aquel lugar, lo que degrada el momento de la «experiencia».
Partamos del principio: existen razones personales y emocionales para hacer turismo. Entre las más compartidas se encuentran el descubrir y aprender, el relajarse y desconectarse o la búsqueda de inspiración.
Pero también existen las razones sociales y culturales del turismo: el turismo como una forma de conexión social (de reconocimiento o estatus) y el turismo para negocios o estudios, en el que se combina el trabajo con la exploración.
Aquí radica el origen de la tesis de Novarama. Quien tiene razones emocionales para hacer turismo privilegia la experiencia turística, y quien ve en el turismo una forma de conexión social se decanta por la pose turística.
¿Qué es la experiencia turística?
Los expertos la definen como un conjunto de percepciones, emociones, sensaciones y significados que se construyen antes, durante y después de la visita a un destino. En su artículo «Hacia un modelo estructural de la experiencia turística» (2004), los académicos S. Quan y Ning Wang distinguen dos enfoques de la experiencia turística: la experiencia cumbre (lo extraordinario del viaje) y las experiencias de soporte cotidiano (como la alimentación, el alojamiento y el transporte).
El concepto «turismo de pose» acuñado por Novarama sería una tercera categoría, ya que el valor reside en la visibilidad simbólica: lo cotidiano se publica en redes sociales (el plato que se come, el selfie frente a la Torre Eiffel). Aquí el turista actúa más como un productor de imágenes que como un consumidor de experiencias.
En el caso del turismo de pose, el éxito depende de la visibilidad simbólica de las publicaciones realizadas, y se expresa en la cantidad de likes y comentarios obtenidos en las redes sociales.
Un amigo apasionado del mundo griego me describió lo emocionado que estaba cuando viajó allí y caminó entre las ruinas del Partenón en el recorrido que hizo por la Acrópolis de Atenas. Eso fue lo que hizo memorable su experiencia y es lo que siempre recordará vívidamente.
Hay una marcada diferencia entre el turista de experiencia y el turista de pose. Recientemente se han multiplicado los incidentes en los que «turistas» en busca de una foto viral transgreden la convivencia, el respeto y la seguridad en espacios turísticos: se lanzan a la Fontana di Trevi, protagonizan desafíos en la Fuente de Neptuno en Florencia, rompen una silla de cristal en el museo de Verona, caminan con tacones altos —prohibidos— en la Acrópolis, cruzan barreras de seguridad en el Gran Cañón con caídas fatales, o acumulan multas en Machu Picchu por ingresar a zonas restringidas y tocar las ruinas. Todos estos incidentes ocurrieron en lo que va de 2026.
O el deplorable caso de un joven que realizó un grafiti sobre una pared original de adobe en la ciudad precolombina de Chan Chan (Perú), patrimonio de la UNESCO, y publicó un video de su «hazaña» en redes sociales el año pasado.
Los incidentes citados muestran una tendencia hacia la transformación de los espacios culturales y patrimoniales en escenarios de autopromoción; fomentan comportamientos irresponsables y reducen la experiencia turística a una imagen superficial.
Al asumir que el sitio turístico es un simple marco para su foto, el turista banaliza la experiencia y la hace propicia al irrespeto y la irresponsabilidad. El turismo de pose degrada el turismo porque lo vacía de su sentido original: lo transforma en una simple estrategia de visibilidad en redes.
Las empresas y promotores del sector deben trazar estrategias que permitan atajar este creciente problema, pues es también su responsabilidad, que no se limita a la promoción, la comercialización y el servicio. ¿Educación?, ¿sanciones?, ¿marketing? Hay que explorar las soluciones, tema de un próximo artículo.
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