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José y lo que no puede volver a suceder | Por: David Uzcátegui

por Redacción Web
02/06/2026
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Por: David Uzcátegui

 

La historia de José Breijo duele. Duele porque retrata, de cuerpo entero, una de las caras más tristes y devastadoras de la Venezuela contemporánea. Indigna porque habla de abuso, de desprotección y de sufrimiento humano. Pero, sobre todo, hiere porque ningún venezolano debería atravesar algo así.

Breijo, un hombre de 73 años, venezolano y uruguayo, fue finalmente liberado, tras pasar más de dos años detenido. Lo lógico habría sido pensar que al recuperar su libertad comenzaría el camino hacia la tranquilidad, hacia el descanso, hacia el reencuentro con su hogar y con algo de dignidad después de tanto sufrimiento. Sin embargo, la realidad fue otra: su apartamento había sido invadido por un funcionario policial presuntamente vinculado con su detención.

La escena parece sacada de una pesadilla. Un hombre anciano, enfermo, recién salido de prisión, durmiendo en el pasillo de su propio edificio porque no podía entrar a su casa. Un ciudadano que perdió años de vida encerrado y que, al regresar, descubre que también le arrebataron su espacio, sus pertenencias, sus recuerdos, su intimidad. Su hogar había sido desvalijado. Hasta la ropa se llevaron.

Esto no puede seguir pasando. Venezuela tiene que detenerse y mirarse al espejo. Tiene que preguntarse seriamente en qué momento situaciones como esta comenzaron a formar parte de la cotidianeidad nacional. Porque el caso de José Breijo no es solamente una tragedia individual: es el reflejo de un país donde demasiadas personas están cayendo por las grietas de la desidia, el ventajismo y el abuso de poder.

Todos los errores, todos los reveses y todos los caminos equivocados que Venezuela tomó durante lo que va de siglo XXI, tienen que empezar a corregirse. Ya basta. Tiene que existir un “hasta aquí. No puede normalizarse que las personas vulnerables sean atropelladas de esta manera. No puede ser normal que tantos venezolanos vivan con miedo, indefensión o resignación.

Cuando una sociedad comienza a convivir con las injusticias, pierde algo esencial: la capacidad de indignarse. Y Venezuela no puede perder eso. No puede acostumbrarse al atropello. No puede resignarse a que los abusos formen parte del paisaje diario.

Qué bueno que José está libre. Qué bueno que logró recuperar su apartamento. Qué bueno que vecinos, amigos y ciudadanos solidarios lo ayudaron, en medio de tanta dificultad. Eso demuestra que el país conserva su humanidad y capacidad de empatía. Pero la pregunta sigue allí, golpeando con fuerza: ¿Quién le hace justicia? ¿Quién le devuelve los años perdidos?

¿Quién compensa el sufrimiento físico y emocional de un hombre de 73 años que pasó de la cárcel al abandono? ¿Quién responde por lo que desapareció de su hogar? Porque devolverle las llaves de su apartamento no basta. Tiene que devolvérsele todo lo que le fue quitado. Sus pertenencias deben ser restituidas. Los responsables tienen que asumir consecuencias. Y el Estado venezolano tiene la obligación moral y legal de resarcir el daño causado.

No se trata de revancha. Se trata de justicia. La justicia verdadera no busca humillar ni destruir; busca reparar. Busca enviar un mensaje claro de que ningún funcionario, ninguna institución y ninguna persona puede colocarse por encima de la ley. Si Venezuela quiere comenzar un proceso serio de recuperación nacional, estos casos no pueden quedar impunes.

El país necesita reconstruir confianza. Y eso solo será posible cuando el ciudadano común vuelva a sentir que sus derechos valen, que su propiedad vale, que su vida vale.

La historia de José debe convertirse en un punto de inflexión. En una señal de alarma. En un recordatorio urgente de todo lo que Venezuela tiene que corregir de inmediato. No dentro de unos años. No después. Ahora. Porque detrás de este caso hay miles de venezolanos que sienten que el país les falló. Personas mayores abandonadas. Familias separadas. Ciudadanos que han perdido bienes, estabilidad, salud y años enteros de vida atrapados en un sistema donde demasiadas veces el abuso termina imponiéndose sobre la justicia.

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Pero todavía hay oportunidad de corregir. Siempre la hay.

Y quizás el primer paso sea precisamente este: reconocer que historias como la de José Breijo no pueden repetirse jamás. Que el país necesita recuperar humanidad, institucionalidad y sentido de justicia. Que Venezuela no puede seguir siendo un lugar donde el ciudadano honesto termina indefenso frente al poder.

Que este caso sirva entonces para despertar conciencia. Para corregir rumbos. Para exigir responsabilidades. Y para demostrar que todavía es posible construir una Venezuela sobre la ley, la justicia y la dignidad humana.

 

 

 

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