
Por Rafael Ángel Terán Barroeta
Corría el año 1969. En aquel entonces, portaba orgulloso el uniforme de Teniente del Ejército, y prestaba servicio en la Guardia Presidencial del Presidente Rafael Caldera. Por cosas del destino y del servicio, fui comisionado a mi tierra natal, a la Circunscripción Militar de Trujillo, ubicada en la calle independencia, a una cuadra de la Plaza Bolívar, con la tarea de preseleccionar entre los jóvenes reclutados o sorteados, los candidatos a prestar su servicio militar, en la unidad castrense de Miraflores.
Un día salí de mi casa en la Callearriba, y antes de ingresar a la dependencia donde realizaría mi trabajo, una mujer campesina, de rostro curtido por el sol y manos que reflejaban el duro y rustico trabajo de la siembra en el conuco, me abordó en la puerta. Con voz humilde, suave y característica del acento trujillano, me suplicó ayuda; viuda, su único hijo había sido reclutado, era quien la ayudaba a las faenas del campo y lograr el sustento familiar.
Conmovido por la realidad de la señora, respondí con cariño, prometiendo realizar esa gestión social y humana. Expuse el caso al Jefe de la Circunscripción, quien no me dio esperanzas de resolver el caso. Me trasladé al consultorio médico a cargo del Doctor y Mayor del Ejército Adalberto Anzola, quien se encontraba realizando las pruebas de aptitud en salud, para el servicio militar; a quien expuse el asunto, su respuesta fue: “ese problema te lo resuelvo de inmediato”. Así ocurrió, en horas de la tarde, el hijo de aquella madre campesina, regresó a su casa con la documentación en regla.
Al amanecer del día siguiente, la señora me esperaba en el mismo lugar. En sus brazos cargaba para obsequiarme, lo único valioso que poseía en su corral: una gallina. Mi primera reacción, por decencia y ética, fue cordialmente rechazar el obsequio, con el argumento que no era necesario, solo había cumplido con mi deber. Ella me rogó recibirlo, con una sabiduría natural que me neutralizó: “Dios me le pague, recíbamela, que esto me hace sentir mejor a mí; mis gallinas son muy buenas para hacer un buen sancocho”. Comprendí que rechazarla, sería un irrespeto a su dignidad. Acepté la gallina, le di un fuerte abrazo de paisano y regresé a mi casa a guardarla. Han transcurrido casi sesenta años y jamás se me ha olvidado el gesto de aquella mujer humilde, campesina y probablemente analfabeta; pero con una riqueza espiritual que ya quisieran tener algunos.
Escribo este recuerdo, porque en la vida actual, abunda un comportamiento humano muy injusto y desagradable. Existe un viejo dicho popular que refleja la sabiduría y filosofía de los pueblos agropecuarios, que dice: “LES GUSTA QUE LA VACA LES DE LECHE, PERO NO LE DAN GUARAPO”. Es un refrán, que
describe la conducta de aquellos, que se complacen en recibir beneficios, pero no están dispuestos a dar nada a cambio. Es el reflejo típico del egoísmo y la falta de reciprocidad en la interacción social. ¿Qué significa el dicho aplicado a la realidad social humana? La leche de la vaca, es el beneficio, la ayuda, el favor, la gestión, trabajo oportuno, apoyo afectivo, moral o económico, que recibe alguien, de otra persona, familiar o no. El guarapo, de caña o similar, es uno de los alimentos que se da al ganado, para hacerlo sentir bien, sano y en buenas condiciones energéticas. No dar el guarapo a la vaca, que nos beneficia, constituye un acto injusto, egoísta, falta de solidaridad y hasta cruel. El dicho nos recuerda, que, para cosechar, primero hay que sembrar y cuidar la planta que nos da sustento. Las palabras de agradecimiento verbal, por mucho adorno que tengan, no son elementos válidos para satisfacer la reciprocidad humana y el agradecimiento. Más aun, cuando esas palabras se hacen sistemáticas, se transforman en palabras huecas.
Hay conductas en la vida, que materializamos sin ningún interés de reciprocidad, atienden al precepto de hacer el bien sin mirar a quien, sin esperar reciprocidad; pero cuando la balanza en las relaciones interpersonales, se inclina siempre a un solo lado, en beneficio de alguien, sin que exista una acción favorable y satisfactoria otorgada a la otra parte, es necesario reflexionar, sin lesionar, ni entrar en conflictos.
Aquella madre campesina trujillana de 1969, sin saber leer ni escribir, entendía de derecho natural, de honor, dignidad y reciprocidad, mucho más, que los profesionales o conciudadanos de hoy en día. Apreciemos y cuidemos a la vaca que nos da leche; porque la paciencia y la leche también se acaban.
Cordialmente, Rafael Ángel Terán Barroeta. Cronista de Tucutucu
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