Por: Antonio Pérez Esclarín (pesclarin@gmail.com)
Una de las funciones esenciales de la escuela que, para la reconstrucción de Venezuela y la consolidación de la democracia, tiene una importancia esencial, deber ser la formación de ciudadanos, capaces de convivir en paz con los otros diferentes y de asumir sus responsabilidades políticas, es decir con el bien común. Esto significa aprender a respetar, razonar, argumentar, dialogar y defender las propias ideas, pero también a escuchar sin ira ni mala sospecha las ideas distintas a las propias, considerar la diversidad como riqueza, y también desarrollar una profunda sensibilidad social. Al verdadero ciudadano le duelen la pobreza, la miseria, la injusticia, la intolerancia y todo tipo de violencia que atenta contra los derechos humanos esenciales. Y ese dolor se transforma en compromiso de trabajar con constancia y coraje por una sociedad donde todos podamos vivir con dignidad. Hoy, si somos dignos, debemos indignarnos al ver cómo languidece la genuina ciudadanía y convertir la indignación en fuerza y compromiso de trabajar por la dignificación de las mayorías que viven en condiciones indignas.
Educar es servir, poner la propia persona al servicio de la promoción del otro. Por ello, no basta con proporcionar educación a todas las personas, sino que se trata también de educar a toda la persona. Eso es lo que significa integral. Educar razón y corazón, inteligencia y sentimientos, memoria e imaginación, voluntad y libertad. Educar los sentidos, pies y manos, estómago y sexualidad. Educar a cada persona como ciudadano del mundo pero también hijo de su aldea, de su región, de su país, que debe conocer y amar. Educar para llegar a ser, para desarrollar todas las potencialidades, para convertirse en esa persona plena y feliz que estamos todos llamados a convertirnos, en ese ciudadano honesto, trabajador y solidario, verdaderamente comprometido con el bien común, gestor de vida y dador de vida. Para decirlo con esa bellísima expresión, que resume muy bien la espiritualidad ignaciana, “hombres y mujeres para los demás con los demás”.
De ahí la importancia de una educación integral de calidad que nos enseñe a amar la vida, a defenderla, a hacerla posible para los que no pueden disfrutar de ella. Hoy la vida está amenazada y negada de múltiples formas. Miles de millones de personas no pueden vivir dignamente y apenas sobreviven en una miseria atroz. Otros muchos mueren de hambre, de enfermedades fácilmente derrotables, de guerras absurdas y brutales, o por una violencia ciega ocasionada por la intolerancia, la miseria, el racismo y los fundamentalismos. Pueblos enteros sufren los acosos de dictaduras inhumana que les impiden ser ellos, que destruyen y niegan sus derechos, tradiciones y formas de vida. La propia naturaleza gime de dolor ante las dentelladas de un desarrollo ciego que destruye sus entrañas, y siembra destrucción y muerte. De ahí la necesidad de una educación desde la vida y para la vida, que combata con valor los ídolos de la muerte: egoísmo, consumismo, codicia, violencia, guerra, represión…, y enseñe a amar la cultura de la vida compartida que atienda las necesidades de todos y no de unos pocos, que priorice la calidad de vida sobre la cantidad de cosas y que enseñe a respetar, amar y cuidar la naturaleza. Hay que educar para la austeridad y el compartir, para la búsqueda de un desarrollo humano sustentable.
En definitiva, el acto de educar es un acto vital de entrega para ayudar a construir y rescatar vidas. Esto va a requerir, entre otras cosas, métodos pedagógicos y didácticos participativos, que favorezcan el pensamiento crítico y creativo y promuevan la solidaridad y el servicio. Y va a requerir, sobre todo, directivos y educadores en formación y capacitación permanentes, orgullosos de su profesión y comprometidos con la humanización de nuestras sociedades, que se esfuerzan cada día por ser mejores y hacer mejor su tarea para dar ejemplo con su palabra y con su vida de los valores que quieren sembrar y cosechar en sus alumnos. No olvidemos que los valores se aprenden sobre todo en la experiencia y la vivencia, y no discurseando sobre ellos. Por ello, la comunidad escolar debe configurarse como modelo de la sociedad que pretendemos. En ella, los estudiantes deben observar y vivir la tolerancia, el diálogo, el respeto, la honestidad, la inclusión, la participación y la solidaridad, valores esenciales de la genuina democracia..
@antonioperezescarin
