Palabras Pronunciadas por el Dr. Raúl Díaz Castañeda en el homenaje que la Sociedad Civil de Trujillo rindió al geógrafo Francisco González Cruz por sus 80 años de vida
Por: Raúl Díaz Castañeda
He oído, mejor dicho, escuchado, lo que del geógrafo Francisco González Cruz han dicho su hermano gemelo univitelino Fortunato, que ha hecho carrera profesional y académica de significativo relieve en la ciudad de Mérida; la economista María Trinidad Ramírez de Egañez, doña Trina, quien compartió con él responsabilidades administrativas públicas durante el gobierno regional de José Jesús Muchacho Bertoni, el empático y exitoso emprendedor Chuchi Muchacho, y monseñor José Luis Azuaje Ayala, arzobispo metropolitano de Maracaibo, quien lo acompañó en la docencia superior en los años de oro de la Universidad Valle del Momboy, planificada y fundada por él, por lo que la llamaban la universidad del Morocho.
Gratas, muy bien dichas y justas las palabras de Fortunato, a quien en la intimidad llamamos el Otro, las de doña Trina, que en nuestra sociedad civil ha mantenido una figuración de elevada relevancia, y las de monseñor Azuaje, figura de las más altas voces respetadas del clero venezolano. Todo lo que han dicho es absolutamente cierto, pero no es todo. Han mostrado con lupa minuciosa algunas de las facetas de la poliédrica personalidad de Francisco González Cruz, nuestro querido Morocho. Solamente algunas. Porque su hacer, la totalidad fecunda de lo que ha hecho por Trujillo, es menor que la suma de los sorprendentes perfiles de su agónica inmersión en el proceloso archipiélago que como pueblo engañado nos ha tocado surcar en los últimos cincuenta años, entre oleajes tormentosos, riscos, orillas imposibles, deslumbramientos y oscuridades, horizontes propicios y abismos, maremágnum de pesadilla en el que él también ha padecido decepciones y dolores íntimos de los que aquí no hablaré, porque en esta fiesta de sus 80 años vividos en plenitud y hasta el borde, lo que me corresponde es el elogio, palabra eufónica de embriagante dulzura, que tanto gustaba a uno de los poetas inmortales de nuestro tiempo, Saint John Perse, al hablar de su isla de nacimiento imbuido de infancia, como el Morocho, lo que hoy nos ha contado Fortunato de allá en La Quebrada Grande, infancia donde al decir de Perse para su tierruca «los hombres ocupaban el espacio como otros de los elementos y las reliquias de ese paisaje: eran el impulso de la celebración», lo mismito que el Morocho ha querido decirnos en dos de sus libros fundamentales, «Desde un lugar: La Quebrada Grande» y «Lugarización», tema el de este último que maneja con profundidad y densidad de maestría, como lo destaca el prologuista Antonio Elizalde Hevia, sociólogo y filósofo chileno, tan parecido a él en su sueño obsesivo de construir islas de cordura donde sin perder de vista la realidad de la globalización y sin desconocer las increíbles perspectivas de la Inteligencia Artificial, para bien o para mal, o los dos a la vez, puedan los seres humanos vivir más amorosamente y menos alienados.
Largo trayecto existencial el de Francisco González Cruz y su heterónimo Morocho, siempre juntos, aunque no revueltos, ninguno en sombra, en un afán radioso por celebrar lo milagroso de la vida, con un íntimo empeño de hormiga que no se cansa, indetenible entre hojarascas y pedruscos, creativo, inteligente, alegre, estudioso, reflexivo, soñador de sueños sustentables, y de otros no tanto, heterogéneo pero coherente, capaz de mantener, como la ha mantenido, una conversación de muy alto nivel con un pensador de la talla de Fernando Enrique Cardoso, dos veces eficientísimo presidente del Brasil, como de beber un precario guayoyo o comer un grumoso atol con los campesinos de Chorro Blanco, en las escarchadas alturas del páramo de Cabimbú, frente a la Teta de Niquitao, la imponente montaña casi cielo del estado Trujillo, donde alguna vez compartí con él la pobreza extrema de aquellos desheredados no del destino, como suele decirse, sino de las discapacitadas, irresponsables y corruptas administraciones de la fabulosa fortuna que el destino, en esto sí, le deparó a Venezuela, que en aquel Chorro Blanco, frente al fogón, en el tibio hornillo de resguardo en la intemperie gélida, una cuevita con una puerta y ninguna celosía, por ser yo médico, seguramente piache mayor para ellos, visitante inesperado, me distinguieron sirviéndome la infusión en un pocillito de peltre desconchado, allí un lujo, mientras los restantes, paisanos y el Morocho, vestidos de humo, lo bebían en vacías residuales latas cilíndricas de sardinas.
De esa exultante totalidad del Morocho podrían aquí hoy muchos de sus amigos decir muchas cosas.
Aura Salas Pisani, nuestra Palas Atenea, diría que en varias ocasiones lo vio en su templo de ella, el Ateneo de Valera, sensible corazón de la ciudad que ha resistido con imbatible dignidad, durante casi treinta años, los embates de la fuerza bruta en funciones no de gobierno sino de mando, porque no es lo mismo, como lo señaló nuestro Libertador: «La fuerza no es gobierno». Es arbitrariedad. Lo vio, dije, Aura, al Morocho adolescente demasiado inquieto del liceo Rafael Rangel, sostener con vigor la ideología socialcristiana frente a sus pares marxistas, entre ellos el brillante Antonio «Toño» Vale, que nos dejó una obra escrita verdaderamente interesante. Y completaría a hurtadillas, ella, Aura, ¡qué nombre tan sugerente!, maestra de miles de alumnos que la han multiplicado de alguna manera hasta hoy, que ese Morocho, y el Otro, en sus días universitarios de Mérida, hicieron diabluras con minoría verde frente a la muchedumbre roja tan del afecto del rector magnífico Pedro Rincón Gutiérrez.
Jacob Senior, el munícipe de más alta calificación que ha tenido la ciudad, que se arruinó porque para serle fiel a ella abandonó su profesión, pues entonces ser concejal o presidente del concejo era un honroso servicio y no un cargo remunerado y con las uñas libres, diría de la vehemencia apasionada con la que el Morocho, joven geógrafo con títulos de posgrado le exponía sus ideas sobre cómo hacer de Valera, a la que llamaba ciudad fracasada, una urbe más amable, más de nuestro tiempo, menos caótica.
El presbítero Juan de Dios Andrade, párroco de la ciudad, cronista emérito de ella, diría que entre quienes le ayudaron a sostenerse en la hora difícil de su aislamiento eclesial, estaba ese joven que venía diciendo no solamente cosas sensatas sobre el desarrollo del estado Trujillo, al que su accidentada geografía le oponía desafiantes dificultades, sino que de su historia, igualmente compleja, reflexionaba sobre esa elipse que para la guerra de la independencia fueron los polos de la Guerra a Muerte y el Armisticio, con la terrible secuela de cien años no de soledad sino de montoneras protagonizadas por caudillos feroces, entre ellos un tigre y un león en Trujillo, que convirtieron a Venezuela en el cuero seco que escocía la delicada piel de aquel liberal de embuste, el empingorotado aristócrata doctor y general Toñito Guzmán Blanco, hasta que el zamarro Gómez los metió en cintura, quedándose él solito con el coroto, hacienda particular, hasta su muerte que resultó un respiro para que con el humanista Mariano Picón Salas entrara tardíamente el siglo XX en Venezuela, aunque la culebra no ha muerto y de vez en cuando su espanto empolla un huevo.
El brillante abogado constitucionalista Allan Brewer Carías, su lujoso contertulio en muchas ocasiones, contaría que en alguna oportunidad fue a visitarle a La Quebrada Grande, la que con amorosa devoción el Morocho le pintaba como una comarca virgiliana. Allan, hombre de grandes ciudades y docto profesor en congresos internacionales, seguramente con la curiosidad científica de su hermano Charles, explorador de fama mundial, pero sin su audacia, llegó con cierta aprehensión porque le habían advertido que la violencia de aquel pueblo podía explotar en cualquier momento y por cuestiones baladíes, y así como en sus despechos alcohólicos le caía a tiros a la rockola que con sus rancheras le hería su maltratado corazón, podía también sacar para la muerte una cuchilla marina o un revólver, como ocurrió con el excelente fotógrafo profesional Germán González, primo y paisano del Morocho, quien había regresado por unos días a aquel su pueblo a renovarse como Anteo, pero por la tontería de un choque de automóviles un tercero sin velas en el asunto lo asesinó a balazos. Exageraciones, le dijo el Morocho, consejas que se eternizan entre los contadores de cuentos. Y lo animó a ir hasta la colina un poco más allá, donde con el profesor José Rafael Marrero, teórico venezolano del marxismo, montarían una granja modelo en la que el entusiasta profesor ya se veía recolectando hortalizas, recogiendo huevos y ordeñando vacas y ovejas para fabricar quesos inolvidables. Te acompaño, le dijo Allan. Subieron el empinado camino. Pero ese no fue el día del Morocho. Por la cuesta, corriendo, un grupo de paisanos bajaba con un hombre casi muerto tasajeado a machete. El proyecto poético de la granja murió de muerte propia cuando el Morocho y el profesor Marrero se dedicaron a diseñar el decretado Instituto Tecnológico del Estado Trujillo, para lo que visitaron instituciones modélicas en varios países del mundo, entre ellas el icónico Tecnológico de Monterrey, un tecnológico, el de Trujillo, que también pudo ser una referencia paradigmática, si la torpeza política de entonces no hubiese echado el proyecto a la basura, para convertirlo en uno más, en medio de una mediocridad desconsoladora.
Adriano González León, el más destacado narrador venezolano en la segunda mitad del siglo XX, hablaría de su gozosa presencia en la casa de Marlene Briceño y el Morocho en la década de los 70’s, que convertía en otra bulliciosa República del Este, llena de noveles artistas y muchachos que querían ser como él, y tanto así fue que cuando murió en un restaurante de su costumbre en Caracas, los mesoneros asustados que hurgaron en sus bolsillos buscando algún número telefónico para avisar del infausto suceso, el que encontraron fue el de esa casa de Marlene y el Morocho.
Don Luis González, cronista mayor de la ciudad, intelectual de izquierda, que manejaba muy bien el estupendo lenguaje popular, el gracejo, repetiría lo que alguna vez me dijo: –Entre la tanta gente que en este mundo muerde con la boca cerrada, siempre jugando a la cuida, que paga y se da lo vuelto, al ver pasar al Morocho con su lámpara alumbrando caminos me parece que así debió ser don Simón Rodríguez. Y después de una noche de tragos, poemas y muchísimo frío en La Quebrada Grande, algo parecido me dijo María Inmaculada Barrios, poeta, gran amiga y psicoterapeuta del filósofo marxista y poeta Ludovico Silva, y del otro igual Armando Rojas Guardia: –El Morocho es un árbol de ideas que desde su sensible corazón y su inteligencia siempre fresca vuelan en bandadas buscando nidos.
Muchos pudieran, pues, repetir aquí muchas verdades singularmente memorables del morocho Francisco González Cruz. Gente buena del común de las ciudades y pueblos trujillanos. Gente hacendosa de los campos trujillanos. Estudiantes que lo oyeron en sus clases magistrales. Y no solamente la gente. También los muros y callejuelas de su pueblo montañés, las mancilladas casonas históricas de Trujillo capital, los viejos libros históricos que alimentaron su voracidad lectora.
Y también y en sana propiedad su hermano espiritual, su compañero de viaje en la búsqueda y construcción de un mejor Trujillo posible: el economista Eladio Muchacho Unda. Desde los días de la Fundación Por Trujillo, que gerenció el plan de alfabetización de Acude e introdujo en nuestra región el sobre de rehidratación de Unicef, que salvó muchas vidas infantiles, hasta los días muy difíciles de Diario de los Andes, esa ventana de voces que no han podido cerrar la cárcel, las amenazas, las frecuentes injurias y las presiones económicas.
Y hasta San José Gregorio Hernández, porque, sí, claro, el papa Francisco y el cardenal Baltazar Porras, pero también ese empeñoso laico de fe verdadera, Francisco González Cruz, fe sin miedo, fe socialmente útil, fe que piensa en el más allá, pero que con todos comparte y trabaja por un mejor más acá. Y esto hoy aquí es su reflejo. Un simple abundoso acto de fe. De que juntos todos podemos construir un Trujillo mejor para todos. Lo que nos regaló para alivio de dudas el gran poeta Eugenio Montejo en su extraordinario poema Terredad:
«Estar aquí en la tierra con las nubes que lleguen, con los pájaros, no más lejos que un árbol, lo que somos o no somos, con la sombra, la memoria, el deseo, hasta el fin (si hay un fin) partiendo juntos cada vez el pan en dos, en tres, en cuatro, sin olvidar la parte de la hormiga que siempre viaja de remotas estrellas para estar a la hora en nuestra cena, aunque las migas sean amargas».
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