Tras el sismo del pasado 24 de junio, es completamente natural que busquemos refugio en las pantallas, rastreando datos, reportes y réplicas para intentar asimilar lo ocurrido. Sin embargo, el inventario de los daños materiales no alcanza a calmar la réplica que persiste por dentro, allí donde el piso y el techo se movieron literalmente y la fragilidad humana dejó de ser un concepto abstracto para convertirse en una realidad inevitable.
Un fenómeno de esta magnitud escala de golpe cualquier teoría sobre la estabilidad y nos confronta con lo impredecible, obligándonos a soltar la ilusión del control total. ¿Cómo observar este sismo psíquico y relacional sin desgastarnos en la frustración de perder el control? Quizás la respuesta no esté en buscar certezas externas, sino en comprender qué nos ocurre cuando el suelo, literal y metafóricamente, deja de ser un lugar seguro.
De golpe, la cotidianidad nos arrojó al núcleo de lo que el marco estratégico Cynefin define como el cuadrante del Caos: ese territorio donde las reglas conocidas se suspenden, las causas se divorcian de los efectos y las instituciones tradicionales no alcanzan a contener la incertidumbre. Vivir en un entorno BANI —Frágil, Ansioso, No lineal e Incomprensible— ya no es una definición académica para los venezolanos; es la textura misma de nuestro día a día tras el quiebre.
En esta vulnerabilidad, las certezas tradicionales se suspenden ante una fragilidad institucional que, desdibujada en su capacidad de respuesta, deja al desnudo la intemperie en la que nos encontramos los ciudadanos. Es esa ausencia de soportes públicos confiables la que profundiza la frustración y la impotencia colectiva, provocando que las decisiones ante la crisis se perfilen más desde el cuidado del sistema nervioso que desde la fría racionalidad.
El cuerpo, en su sabiduría, habla y es fundamental escucharlo. Desde mi experiencia personal ese día, el miedo no es una mera abstracción; se manifiesta en el abdomen que se calienta, buscando un mecanismo de defensa, o en la sensación persistente de un piso que, en la memoria de quienes han vivido grandes sismos, parece seguir moviéndose años después del evento. El cuerpo guarda la memoria emocional del trauma, y la conciencia del riesgo —lejos de ser una alarma paralizante— emerge del instinto de supervivencia, invitándonos a decodificar esas señales.
Es allí donde el fenómeno físico se encuentra con un territorio emocional que ya venía transitando sus propias grietas. Como señala Rafael López Pedraza en su reflexiones sobre la ansiedad cultural, los traumas colectivos no desaparecen; se acumulan en nuestra memoria emocional, formando parte de una psique subyacente que influye en nuestras reacciones.
Cuando la tierra se mueve, colapsan no solo las estructuras de concreto, sino también los refugios imaginarios que hemos construido. La obsesión por el dinero y la seguridad material actúa como un anestésico ante la fragilidad de la vida (ver el complejo del dinero). Sin embargo, James Hillman nos recuerda que el alma no se sostiene en el aislamiento, sino en la aceptación de nuestra vulnerabilidad compartida. La «sombra» de esta crisis se podría manifestar en el sálvese quien pueda, mientras que su «luz» puede radicar en el “arquetipo del cuidador”, que implica cuidarse para poder cuidar a los demás. Tanto nuestras luces como sombras están integradas, y es crucial entender que forman parte de nuestra complejidad humana.
Para abordar la frustración colectiva, en un estado tan caótico, López Pedraza asomaba una ruta clínica y humana: reconectarnos con nuestros cinco instintos fundamentales (el hambre/sobrevivencia, la reproducción/sexualidad, la necesidad de movimiento, la creatividad y la reflexión). Cuando las estructuras externas caen, son estos impulsos primordiales los que nos devuelven el arraigo. La paradoja de este tránsito es que mostrar la propia debilidad y abrir paso a las emociones, en lugar de restarnos capacidad, quiebra las creencias culturales sobre una fortaleza rígida y nos acerca al otro. La vulnerabilidad, mirada así, se asoma como una inesperada forma de fortaleza.
¿Cómo se pasa del caos a una complejidad organizada? La clave no está en esperar certezas “desde arriba”, sino en mirar a los lados. En sistemas complejos, la supervivencia se asocia a redes distribuidas y flexibles, no en infraestructuras rígidas. La solidaridad, la resiliencia y el acompañamiento —desde el vecino que comparte agua hasta el apoyo constante de la diáspora o los amigos en el exterior— son decisiones fundamentales, convirtiéndose en la arquitectura invisible que sostiene cuando las estructuras tradicionales fallan.
Transitar este camino requiere asumir que la normalidad se va a demorar, que tal vez las cosas no vuelvan a ser como antes y que durante semanas o meses coexistiremos con dinámicas extrañas. Comprender esta temporalidad es clave para no desgastarnos en expectativas irreales. En este discurrir del tiempo, emerge también el darnos cuenta, de forma muy consciente, del dolor por los que se nos fueron. El valor del duelo y la necesidad de la despedida no admiten mandatos ni urgencias colectivas; se despliegan desde el ritmo íntimo de las necesidades individuales. Asimilar esa ausencia es, quizás, el tránsito más hondo de la vulnerabilidad.
Al final, este trance nos deja una lección para nuestro manual de supervivencia colectivo. La reconstrucción de una sociedad en terreno inestable no pasa únicamente por levantar ladrillos, sino por tejer certezas compartidas. Frente a un entorno que insiste en atomizarnos, estar presentes para el otro, sostener la mirada, validar la fragilidad del propio cuerpo y coordinar la ayuda en red es un acto de autonomía que nos abre posibilidades. El suelo se moverá de nuevo, pero la red que nos sostiene la tejemos nosotros.
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