Por: Yoni Toro Gelvis
Hay noticias que no deberían leerse solamente como noticias. Algunas anuncian cambios que pueden modificar el rumbo económico de una nación. El anuncio hecho este miércoles por Chevron, según el cual la compañía invertirá más de 7.000 millones de dólares durante los próximos cinco años para ampliar sus operaciones en Venezuela y llevar su producción hasta aproximadamente 600.000 barriles diarios, pertenece a esa categoría.
Venezuela vuelve a estar en el centro de las conversaciones energéticas internacionales.
Y eso puede ser una extraordinaria oportunidad.
Pero también puede convertirse en una nueva decepción si cometemos el mismo error de otras épocas: creer que tener petróleo equivale automáticamente a tener prosperidad.
Chevron ha anunciado nuevos términos para sus empresas conjuntas en Venezuela, mayor presencia en la Faja Petrolífera del Orinoco y una importante expansión de sus inversiones. La empresa estima que podrá más que duplicar su producción venezolana durante los próximos cinco años.
El anuncio es significativo por una razón elemental: la industria petrolera venezolana necesita capital, tecnología, mantenimiento, conocimiento gerencial y mercados.
Pero también debemos entender algo igualmente elemental: una empresa petrolera no viene a Venezuela a hacer beneficencia. Viene a invertir porque espera obtener una rentabilidad.
Y eso no es malo.
Al contrario.
Una economía moderna necesita inversión privada, capital extranjero y empresas capaces de asumir riesgos. Lo verdaderamente importante es que existan reglas claras para que esa inversión genere valor para todas las partes.
Aquí comienza la discusión que considero verdaderamente importante.
No se trata de escoger entre petróleo venezolano para los venezolanos o inversión extranjera. Esa es una falsa dicotomía.
Se trata de construir un modelo donde el capital extranjero encuentre condiciones razonables para invertir y, al mismo tiempo, Venezuela obtenga una participación justa, transparente y sostenible en el aprovechamiento de sus recursos.
El país ya conoce el otro extremo.
Durante décadas dependimos excesivamente de la renta petrolera. Llegamos a producir varios millones de barriles diarios y recibimos enormes cantidades de recursos. Sin embargo, no logramos transformar suficientemente aquella renta en instituciones sólidas, infraestructura sostenible y una economía productiva capaz de sobrevivir a los ciclos del petróleo.
El problema, por tanto, nunca fue solamente cuánto petróleo teníamos.
Fue qué hicimos con él.
Esta pregunta vuelve hoy con una fuerza enorme.
Porque si la recuperación de la industria petrolera tiene éxito, Venezuela podría disponer nuevamente de ingresos extraordinarios. Y sería un error monumental destinarlos exclusivamente al gasto corriente.
El nuevo petróleo venezolano debería convertirse en capital para reconstruir Venezuela.
Capital para recuperar el sistema eléctrico.
Capital para reconstruir los acueductos.
Capital para recuperar hospitales y escuelas.
Capital para modernizar carreteras, puertos y sistemas de transporte.
Capital para desarrollar agricultura, agroindustria, turismo y manufactura.
Capital para formar técnicos, científicos, ingenieros, empresarios y trabajadores capaces de participar en una economía moderna.
Y también capital para crear un verdadero fondo de estabilización y ahorro intergeneracional.
Porque un barril extraído hoy desaparece para siempre.
Pero una carretera construida con sus ingresos puede durar décadas.
Una universidad puede formar generaciones.
Una planta eléctrica puede producir energía durante años.
Un sistema de agua puede transformar la vida de una ciudad.
Una empresa agroindustrial puede crear empleo durante generaciones.
Ese debería ser el principio rector de la nueva política petrolera venezolana:
convertir un recurso agotable en capital permanente.
Aquí aparece además una dimensión que nos interesa especialmente a los trujillanos.
La recuperación petrolera no tiene por qué beneficiar únicamente a los estados productores.
Una expansión importante de la actividad económica nacional puede generar demanda de alimentos, transporte, construcción, servicios profesionales, logística, mantenimiento, tecnología y turismo.
Trujillo tiene capacidades que pueden incorporarse a esa nueva economía.
Nuestro estado no necesita convertirse en una nueva Faja Petrolífera.
Necesita convertirse en un territorio productivo capaz de venderle bienes y servicios a una Venezuela que vuelva a crecer.
Eso exige cambiar la mentalidad.
Durante demasiado tiempo hemos pensado en la renta petrolera como una especie de caja nacional que debe distribuirse desde Caracas.
La nueva Venezuela debería pensar de otra manera.
El petróleo puede convertirse en una plataforma para construir un país productivo, descentralizado y competitivo.
Pero para eso necesitamos instituciones.
Necesitamos contratos transparentes.
Necesitamos seguridad jurídica.
Necesitamos competencia.
Necesitamos controles.
Necesitamos información pública.
Necesitamos profesionales.
Y necesitamos una ciudadanía que entienda que la riqueza petrolera no es propiedad de quienes temporalmente administran el Estado.
Es patrimonio de todos los venezolanos.
Por eso el anuncio de Chevron debe ser recibido con realismo, no con euforia ingenua ni con rechazo automático.
Hay razones para celebrar que vuelva el capital y la tecnología.
Hay razones para exigir transparencia.
Hay razones para estudiar cuidadosamente los contratos.
Hay razones para preguntarnos cuánto recibirá el país.
Hay razones para exigir que los nuevos ingresos tengan un destino estratégico.
Y hay razones, sobre todo, para aprender de nuestra propia historia.
Venezuela no necesita simplemente volver a producir petróleo.
Necesita aprender a convertir petróleo en desarrollo.
Esa diferencia puede parecer pequeña.
En realidad, es la diferencia entre repetir la historia y construir una nueva.
El petróleo puede volver a ser una enorme fuente de riqueza.
La pregunta que debemos responder ahora es mucho más importante:
¿seremos capaces de convertir esa riqueza en bienestar, instituciones y oportunidades para todos los venezolanos?
Porque el verdadero éxito de la recuperación petrolera no se medirá solamente en barriles diarios.
Se medirá en kilómetros de carreteras recuperadas.
En hospitales funcionando.
En escuelas abiertas.
En electricidad estable.
En agua potable.
En empresas creciendo.
En empleos productivos.
En jóvenes que puedan decidir quedarse porque encuentran oportunidades.
Y, finalmente, en una sociedad que ya no tenga que abandonar su país para encontrar el futuro que Venezuela pudo haberle ofrecido.
El petróleo puede volver.
Ojalá también vuelva la prosperidad.
Pero esta vez, hagamos algo diferente:
que el petróleo trabaje para el país y no que el país vuelva a trabajar exclusivamente para el petróleo.











