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El Maestro Jesús | Por: Antonio Pérez Esclarín

por Antonio Pérez Esclarín
01/02/2026
Reading Time: 4 mins read
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               Por: Antonio Pérez Esclarín  (pesclarin@gmail.com)

               @antonioperezesclarin      www.antonioperezesclarin.com

                         

Como finaliza ya el Mes del Maestro, quiero proponer a los educadores, especialmente a los educadores cristianos, a Jesús como modelo de maestro, al que debemos seguir e imitar si en  verdad queremos una educación verdaderamente liberadora y humanizadora. Jesús fue reconocido como maestro por amigos, extraños, fariseos, escribas y saduceos. De hecho, en los evangelios encontramos que así se le llama en alrededor de sesenta oportunidades. Más sorprendente es constatar que el propio Jesús aceptó el título de maestro cuando rechazó decididamente   el de rey o el de Mesías político que iba a liderar la revolución  y liberación definitiva del pueblo judío contra el imperialismo romano o cualquier potencia extranjera que intentara someterlo.

El evangelio de Juan (13, 1-17) enmarca en un escenario solemne la aceptación de Jesús del título de maestro. Nos dice que, antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús  que había llegado su hora, quiso darles a los suyos una muestra definitiva de su  amor. Y estando sentado a la mesa “se levantó, se quitó el manto y se ciñó una toalla a la cintura. Echó agua en una palangana y se puso a lavar los pies de los discípulos, y luego se los secaba con la toalla que se había atado (…) Cuando terminó de lavarles los pies, se puso de nuevo el manto, volvió a la mesa y les dijo: ¿Comprenden lo que he hecho con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y señor, y dicen bien, porque lo soy. Pues si yo, siendo el señor y el Maestro, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies unos a otros. Yo les he dado ejemplo, y ustedes deben hacer como he hecho yo”.

Está muy clara la lección que Jesús quiso dar a sus seguidores en este momento culminante de su vida: Ser maestro es ponerse a los pies de los discípulos. El camino del maestro es el del servicio y la entrega sin condiciones, hasta la muerte. El auténtico maestro no debe usar el saber o el título como un poder sobre los demás, sino para empoderar, para lavar cansancios y carencias, para hacer crecer a los demás, para liberarlos de las cadenas que los oprimen.

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Es bien significativo constatar que Jesús nunca utilizó el poder en su propio provecho o beneficio. Siempre fue para hacer el bien a los demás: para sanarlos de sus enfermedades, para incluir a los excluidos, para traer vida y luz. Poder para liberar de esclavitudes, para devolverles la vista a los ciegos y la capacidad de oír a los sordos,  para poner a caminar a los paralíticos. Hoy sigue habiendo muchos ciegos que no ven, pues están cegados por la ideología o por  las luces  falsas de la ambición, la publicidad o los intereses; muchos sordos incapaces de escuchar el clamor de la miseria y la injusticia o los latidos desgarrados de sus propios corazones y la voz de la conciencia;  muchos paralíticos, sin fuerzas para levantarse de sus  pasiones, su miedo y su desesperanza y ponerse a caminar con coraje las sendas de su libertad. Educar debe ser, en consecuencia, un acto de liberación, de romper cadenas, de curar corazones rotos, de dar sentido a la vida, de defender  la vida amenazada o maltratada,  de gastar la vida dando vida.

Sólo comprenderemos el profundo sentido de la lección de Jesús al ponerse a lavar los pies, si caemos en la cuenta de que el evangelio de Juan no nos cuenta la institución de la eucaristía, sino que la sustituye precisamente por el lavatorio de los pies.  Ambos hechos suceden en la Última Cena y tienen el mismo significado. Jesús sabía bien que se estaba despidiendo de sus amigos más cercanos y, antes de enfrentarse a los suplicios que culminarían con su muerte en la cruz, quiso resumirles de un modo claro y elocuente lo que había sido su vida: pasión por Dios y entrega total a todos. Por ello, junto al lavatorio de los pies, en esa misma cena, instituyó el sacramento de la eucaristía para seguir alimentando el espíritu de sus seguidores: Sobre la mesa había trozos de pan. ¿Qué es el pan? Granos de trigo triturados, molidos, para alimentar la vida de las personas. En las copas había restos de vino. ¿Qué es el vino? Granos de uva pisoteados, exprimidos, fermentados para poner un relámpago de energía y alegría en los corazones de la gente. Y Jesús se vio pan y se vio vino. Dentro de poco su cuerpo será molido, destrozado y su sangre derramada hasta la última gota. Se va pero se queda, y a través del sacramento de la eucaristía se convierte en alimento para que los que lo comamos seamos también alimento de vida para todos los demás. Comulgar significa alimentarse del espíritu de Jesús para continuar su misión evangelizadora de anunciar  el proyecto del Padre que quiere que todos vivamos como hermanos. La cena de despedida resumió en el lavatorio de los pies y en el pan y el vino de su entrega, la vida entera de Jesús, su concepción del reino, su testamento, el modo de actuar de sus  seguidores. “Lo mismo deben hacer unos a otros”, del lavatorio, “Hagan esto en memoria mía” de la eucaristía, son expresiones elocuentes del Mandamiento Nuevo del Amor.

La antinomia del modo de actuar de Jesús la representa Pilatos al día siguiente: Jesús lava los pies, Pilatos se lava las manos, en una actitud de cobardía, descompromiso e injusticia. Sabe que está condenando a un inocente, lo ha interrogado y no ha encontrado en él delito alguno (Lucas 23, 5), pero no utiliza su inmenso poder para hacer justicia, para liberar al inocente, para defender la vida. Prefiere ceder a los clamores del pueblo para no buscarse problemas con César pues le gritan que si no condena a muerte a Jesús, van a acusarlo de colaboracionista. Es la utilización del poder en su propio provecho, del poder que, en vez  de liberar, oprime. Actuamos como Pilatos cuando, ante las injusticias, nos callamos para no buscarnos problemas, cuando nos inhibimos de hacer el bien que podemos, cuando no nos atrevemos a levantar nuestra voz frente al griterío de los demás, cuando utilizamos el poder de nuestros títulos o cargos para considerarnos superiores y esperar que nos sirvan en vez de servir a los demás.

 

 

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