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¿La vida vale un celular? | Por: Carolina Jaimes Branger 

por Carolina Jaimes Branger
13/03/2026
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Carolina Jaimes Branger

Hay tragedias que no solo enlutan a una familia: estremecen la conciencia de toda una sociedad. La noticia de que dos niños —porque no han llegado a la adolescencia, el mayor tiene 12 y el otro 11 años— hayan asesinado a su padre y a su madre respectivamente, en este principio de año, tras ser castigados con la suspensión del celular y la consola de videojuegos, es una de esas realidades que nos obligan a mirarnos en el espejo colectivo.

No se trata únicamente de dos crímenes atroces: uno le disparó a su padre en la sien mientras dormía y el otro le dio un batazo en la cabeza a la mamá. Se trata de un síntoma. Un síntoma de algo que, silenciosamente, ha venido gestándose durante años en nuestros hogares, en nuestras escuelas, en nuestras conversaciones —o en la ausencia de ellas—. Cuando la vida pierde valor frente a un objeto, cuando la frustración se transforma en violencia letal, algo esencial se ha resquebrajado en el tejido moral de la convivencia humana.

Quizá lo más perturbador no sea solo el hecho en sí, sino la frialdad con la que los niños habrían enfrentado las consecuencias de sus actos. Una frialdad que llevó a los jueces a tomar la difícil decisión de procesarlos como adultos. Esa determinación, más allá del debate jurídico que pueda suscitar, revela la magnitud del desconcierto social ante comportamientos que escapan a toda lógica emocional conocida.

Nos preguntamos entonces: ¿en qué momento dejamos de escuchar? ¿Cuándo sustituimos la formación del carácter por la satisfacción inmediata? ¿En qué instante permitimos que las pantallas se convirtieran en el principal interlocutor de la infancia?

Vivimos en una época de avances extraordinarios y, paradójicamente, de profundas carencias afectivas. La tecnología, que llegó para acercarnos, ha terminado muchas veces aislándonos. Los hogares, que deberían ser espacios de diálogo y contención, se transforman con frecuencia en territorios fragmentados donde cada quien habita su propio universo digital.

No se trata de demonizar a los padres, ni a los dispositivos, ni de idealizar un pasado que tampoco fue perfecto. Se trata de asumir la responsabilidad compartida de educar en límites, en empatía, en tolerancia a la frustración. Valores que no se descargan ni se actualizan con un clic, sino que se cultivan con tiempo, presencia y coherencia.

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La verdadera tragedia no es solo la pérdida irreparable de dos vidas. Es la evidencia dolorosa de que estamos fallando en enseñar a nuestros niños a vivir en sociedad, a reconocer el valor del otro, a comprender que la libertad no puede existir sin responsabilidad.

Tal vez este comienzo de año nos deje una lección que no deberíamos ignorar. Porque cuando la violencia brota desde la infancia, no es únicamente la justicia la que debe actuar: es la sociedad entera la que tiene que replantearse sus prioridades.

De lo contrario, seguiremos contando tragedia sin entender que, en el fondo, todas hablan de nosotros mismos.

 

@cjaimesb

 


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