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Desde el conuco | El cafetal. 2026, año de ilusiones rotas y manos unidas | Por: Toribio Azuaje

por Redacción Web
04/02/2026
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Por: Toribio Azuaje

“Lo importante no es mantenerse vivo sino mantenerse humano”.

George Orwell

Me propuse un descanso voluntario de esta columna, tregua que use para la reflexión. La reinicio hoy comenzando el segundo mes del nuevo año. Mientras tanto, en las poéticas y amorosa laderas empinadas de los Andes y piedemonte venezolanos, donde se puede revivir de humanidad, allí, donde el café trepa como una enredadera rebelde contra la tierra esquilmada, los pequeños caficultores, aquellos de la subsistencia, inician el 2026 con el peso de una nueva yunta sobre los hombros. Ya no es solo espantar las plagas o rezar por la lluvia esquiva; ahora les toca remar de nuevo contra la corriente de un tropel de promesas huecas que brotan de los centros de poder como hongos venenosos después de la lluvia y la tormenta. Esos señoritos de corbata, sentados en oficinas climatizadas de Caracas o más allá, les venden el sueño de un «nuevo renacer agrícola» mientras, a escondidas o no, se ceban con el sudor del campesino, engordando arcas con el grano que ellos siembran a puro pulmón y sin la más mínima ayuda, apoyo o cosa similar.

La precariedad es el abono amargo en estos cafetales y en estos tiempos, comenzando por un saco de fertilizante que cuesta el ojo bueno de la cara, semillas que no germinan porque el dólar baila al son de la inflación, y caminos de barro que se tragan los cargueros. El pequeño productor, con callos en las palmas y deudas onerosas que crecen tan rápido como la abundante maleza, ve cómo su café se evapora entre intermediarios que lo pagan con migajas y lo venden al mundo como elixir de oro. ¿Nuevas tareas? Sobrevivir al engaño, primero. Desenmascarar las mentiras de tonel de combustible que llega como goteras, fertlizantes costosos y financiamientos extraviados entre un desorden estatal extremo.

Es una hora brava está de hoy, el cafetal clama organización. Como raíces que se entrelazan bajo la tierra reseca para aguantar el vendaval. Es urgente, los caficultores deben tejer sus redes; cooperativas y organizaciones que no sean títeres de los burócratas, mercados directos que corten las garras de los acaparadores, y voces unidas que ahuyenten los traidores y que griten desde las montañas hasta retumbar en los mercados globales.

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En 2026, la verdadera cosecha no será de granos rojos, sino de dignidad recobrada; no de discursos pomposos, sino de manos hermanadas que se estrechen y que defiendan lo suyo. Si no, el café venezolano, orgullo de muchas generaciones, se marchitará como vid seca en manos extrañas y ajenas al terruño. Menos mal, he visto a muchos jóvenes y muchachos, echándole pichón, y eso es lo más importante. Entonces, el futuro promete.

toribioazuaje@gmail.com

 


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