Recientemente se realizó el evento de presentación de los resultados del estudio “Cúcuta:¿cómo vamos?” en donde, desde el 2014 hasta el 2025, anualmente se han evaluado los ejes de mercado laboral, pobreza, educación, seguridad, movilidad, salud, medio ambiente y percepción ciudadana.
Cinco han sido los hallazgos recurrentes y crónicos en esta investigación en todas sus publicaciones: la alta tasa de informalidad y desempleo en la ciudad, la dependencia de la dinámica política y económica que ocurre en Venezuela, un tejido empresarial industrial débil, la percepción negativa sobre el tema de la inseguridad y, finalmente, el pesimismo sobre el rumbo futuro de la ciudad.
¿Algo ha cambiado? No. Desde el 2014 se ha hecho un importante proceso de diagnóstico pero esto no ha sido correspondido con acciones de mejora porque los problemas siguen siendo los mismos. La sociedad cucuteña, su dirigencia política, sus instituciones no han logrado construir una estrategia coherente que permita pasar del dicho al hecho.
Aquí un elemento clave: las transformaciones profundas reales en sociedades partieron de convertir buenos diagnósticos en un compromiso de la mayoría (un relato futuro) hacia la movilización y la acción colectiva. A Cúcuta le hace falta un proyecto común, un destino concertado.
Pero esto no es un fenómeno atinente a realidades o procesos recientes. Más bien parece algo marcado en el ADN generacional de la ciudad desde hace 151 años. Partiendo como hito de análisis el terremoto de 1875 que, a la par de la destrucción de Cúcuta, significó una oportunidad para recrear una ciudad moderna y menos rural. Un reinicio, literalmente, desde las ruinas.
La llegada de la bonanza cafetalera a la ciudad (1880-1910), que también atrajo a inmigrantes (sirio-libaneses, italianos, alemanes y otros) con ideas y prácticas comerciales innovadoras, una incipiente acumulación de riqueza, la creación de instituciones cívicas de acción colectiva,el desarrollo de una élite de importadores y exportadores que discutían ideas de progreso, un ecosistema de medios de prensa que fomentaban el debate político y una identidad regional que se consolidaba auguraban el éxito como sociedad.
Eran las condiciones mínimas para una “masa crítica social” que convertirían la ciudad en uno de los principales ejes de desarrollo del país. Pero, al final, eso no ocurrió.
Cúcuta: el “bucle” permanente
No se inició el proceso, fundamentalmente, por cuatro razones: en primer lugar regía un proyecto modernizador y de desarrollo diseñado por las élites para las élites, que no abarcaba ni comprometía a otros sectores de la sociedad. En segundo lugar, la violencia generada por la Guerra de los Mil Días que asoló duramente a la ciudad. Además, la dependencia estructural de Venezuela y el péndulo entre la bonanza y la pobreza de ambas fronteras. Finalmente, el aislamiento frente a los centros de decisión política (Bogotá) que le impidió transformar el ciclo económico de 1880-1899, en influencia política efectiva.
Además, hay que agregar la condición de Cúcuta como ciudad demográficamente pequeña, la ausencia de encadenamientos productivos internos y la división y fragmentación del liderazgo político.
Otra oportunidad se truncó en los años 20 con el auge petrolero venezolano (1920-1929) que, al principio, permitió consolidar la base comercial y una pequeña industria que se fracturó cuando la Gran Depresión contrajo la economía venezolana. La ciudad evidenció uno de sus más grandes fallos estructurales: la dependencia del mercado de consumo vecino.
La mayor oportunidad histórica de la ciudad de Cúcuta para dar su salto al desarrollo pleno fue en su siguiente ciclo (1940-1965) cuando surgió una red de industrias diversificadas en el campo de los textiles, calzado, alimentos, materiales de construcción, química ligera, entre otras. Sin embargo, factores como el centralismo económico colombiano, la debilidad en infraestructura de conexión y la creciente dependencia del vaivén del mercado venezolano impidieron que esta base productiva evolucionara hacia un modelo de desarrollo sostenido. Tuvo en sus manos tres elementos clave que coincidieron: producción local, diversificación y un mercado ampliado. Faltó escalar e institucionalizar esto como estrategia regional.
El cuarto ciclo identificado vino nuevamente desde Venezuela. Entre 1970 y 1985 se vivió el llamado boom petrolero venezolano que convirtió definitivamente a Cúcuta en centro de comercio o vitrina comercial de Colombia al mercado del vecino país. Básicamente una economía de comercio informal y con mentalidad extractiva.
Fundamentada en el diferencial cambiario esta bonanza no construyó valor agregado a la producción local, no trajo innovación, no formaba capital humano especializado. Languideció cuando el modelo económico venezolano entró en crisis con la devaluación del bolívar.
Entre 1990 y 1998 con la apertura económica del gobierno Gaviria (que continuó con Samper), en Cúcuta renació la esperanza ante la posibilidad de transformarse en un nodo de comercio internacional con Venezuela y el Caribe. En ése momento confluyeron la inversión en infraestructura, el crecimiento del sector servicios, expansión universitaria que trajo más profesionales, conciencia cívica y una visión de largo plazo que, a diferencia de la bonanza cafetalera de finales del siglo XIX, era socialmente incluyente.
En esta oportunidad el factor obstáculo fue la escalada del conflicto interno en la región y la crisis económica colombiana de 1999. Adicionalmente la apertura comercial trajo otra consecuencia: el debilitamiento de la base manufacturera existente incapaz de competir con la producción nacional e internacional que aprovechó las ventajas del libre mercado para utilizar a Cúcuta como el centro de exportación al mercado venezolano a costa del sacrificio de los generadores de valor agregado de ámbito local.
El siguiente ciclo se inició con el auge, nuevamente, de la economía venezolana. Entre el 2003 y el 2013 los precios del petróleo se incrementaron notablemente por el boom de las materias primas lo que trajo otra ola de bienestar temporal a la ciudad. Crecimiento urbano (impulsado por compradores venezolanos) expansión del sector comercio y servicios, diversificación. Pero, cuando se inició el colapso de la economía venezolana en el 2013, esto también se trasladó a la ciudad. Con un añadido: la creciente ola migratoria informal de venezolanos que escapaban de la situación política y social en el territorio.
La ciudad, en los últimos 151 años, ha repetido el mismo ciclo: bonanza externa, aprovechamiento comercial sin transformación productiva, ilusión de desarrollo, choque externo o interno (factor que trunca), retroceso y, volver a empezar. Es un bucle.
Prácticamente por los mismos factores: la dependencia estructural de Venezuela ( en la prosperidad y en la pobreza) en donde no se ha visto la frontera como ventaja estratégica, mentalidad de corto plazo (ningún ciclo de prosperidad se convirtió en inversión productiva sostenida), la falta de encadenamientos productivos locales ( riqueza que circulaba pero no se sedimenta en industria local, tecnología o clase trabajadora especializada), factores de ruptura dramática de ciclos (un factor externo o interno que trunca), la debilidad institucional y del liderazgo político y la inexistencia de un proyecto a futuro ( el sueño común que una a la sociedad para dar el salto a la transformación).
Lo que demuestra la historia es que la economía de la ciudad se ha transformado en una economía de subsistencia, en donde el comercio (mayoritariamente informal) nunca ha sido suficiente motor de transformación productiva.
Otro factor que desalienta es la discontinuidad de políticas de fomento entre administraciones. Cúcuta carece de una política de Estado local.
Crear la “masa crítica”
Hace falta crear una “masa crítica” para el salto positivo que rompa el “bucle histórico”. Una “masa crítica” social representada por ciudadanos con capacidad organizativa, diversidad de actores, visión de largo plazo y determinación de sostenerse en el tiempo. Son aquellos que no están conformes con la Cúcuta que tenemos y tienen en su mente una ciudad ideal: un sueño de ciudad.
Considero que la razón fundamental por la cual la ciudad no logra despertar y viene arrastrando los mismos problemas es la ausencia de este sueño común. Una meta idealizada de ciudad o proyecto que una la mayor cantidad de esfuerzos hacia un objetivo y que trascienda el límite temporal de las gestiones políticas.
Charles Landry en The Creative City (2000) afirmaba que las sociedades de transformación exitosa desarrollan primero una “imagen de futuro deseado” reconociendo que esto es más que un plan técnico: es “una narrativa que la gente siente como propia”.
No basta con “soñar” una Cúcuta ideal: hay que ir construyendo paso a paso el futuro deseado, desde el presente hacia el futuro. Es lo que Michel Godet de la escuela francesa de prospectiva llama el futuro construido activamente (futur voulu o deseado).
Otra visión agrega soporte a lo expresado anteriormente: Simon Sinek, en sus reflexiones sobre la teoría del cambio y el propósito colectivo de su libro “Start with Why”, plantea que las comunidades y las organizaciones se movilizan más por un propósito emocional que por datos técnicos. Cúcuta necesita su propio “por qué” antes de definir el “cómo”.
Al unir estas tres perspectivas teóricas se entiende la razón por la cual luego de 11 años continuos de excelentes diagnósticos del informe “Cúcuta: ¿cómo vamos?” sus resultados principales siguen siendo los mismos. Tenemos que concertar en un proyecto común de ciudad, un sueño de lo queremos que sea esta ciudad en el futuro a partir del presente.
La ciudad necesita un centro de análisis prospectivo que recoja, dibuje y afine el sueño de la ciudad que queremos lo que le daría legitimidad y compromiso sostenido en el tiempo. Todo esto desde la participación amplia (academia, sociedad, sector empresarial, administración pública) y la innovación ciudadana.
Significa colocarle un destino claro a un mar de visiones. Este centro de análisis prospectivo superaría la visión del ¿cómo estamos? al ¿hacia dónde vamos? de forma participativa y con criterios claros.
Si nos vamos a la historia, Cúcuta vivirá un nuevo ciclo de expansión. Ya conocemos el bucle y queda en sus habitantes dar el salto. Parafraseando la revista Ciudad Sostenible, la diferencia entre una ciudad que se desarrolla y una que se estanca no siempre está en los recursos, sino en si sus ciudadanos comparten o no una imagen de lo que quieren ser.
Ya se ha avanzado mucho en los diagnósticos. Lo que falta es el sueño colectivo que se convierta en motor.






