Consultorio para el alma / La familia

“Y si somos hijos, somos también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo.” Romanos 8:17a (RVC)

Aunque Jesús es nuestro Dios, cuando nos convertimos en hijos de Dios entramos en una relación fraternal y de co-herederos con Él y aunque eso no nos hace iguales a Él, Cristo no se avergüenza de llamarnos Sus hermanos.
Una de las grandes tragedias de nuestra generación es la cantidad de niños que no conocen a sus padres, o los niños que han sido lastimados por un padre. Pero incluso aquellos con padres presentes y amorosos saben que incluso el mejor padre tiene defectos. Los cristianos, sin embargo, tienen otro Padre además del humano: Dios mismo. Nuestro Padre celestial quiere que le llamemos con un muy cariñoso «Abba, Padre». Él es nuestro «Papá» tierno y compasivo, nuestro proveedor y protector (Romanos 8:15).

Dios el Padre nos cuida perfectamente, dándonos todo lo que necesitamos, aunque no entendamos cómo Él está trabajando en nosotros. Como hijos de Dios, podemos esperar ser disciplinados si erramos. Y no debemos desanimarnos cuando esto sucede porque esa disciplina demuestra que Dios nos ama y que realmente le pertenecemos (Hebreos 12:5-8). Así como los buenos padres enseñan a sus hijos a no hacer cosas que les lastimen, así nuestro Padre en el cielo nos enseña lo que es mejor para nosotros (Hebreos 12:9-11).

Hijo

Un error común hoy día, es creer que todas las personas nacen como hijos de Dios. Aunque cada ser humano es una creación única y maravillosa de Dios, es solo cuando elegimos poner nuestra fe en Jesús para la salvación, que nos convertimos en hijos de Dios. Entonces nacemos en su familia por medio del Espíritu Santo (Juan 1:12-13; 3:5).

La Biblia también dice que Dios nos adopta, pasando de ser meras creaciones a ser Sus hijos, ¡dándonos acceso total a su amor y riqueza! (Efesios 1:3-5) La adopción es costosa, y Dios nos deseó tanto que pagó nuestro precio de adopción con la vida misma de su único Hijo, Jesús. ¿Nos olvidará, ignorará o abandonará después de todo ese esfuerzo? ¡Nunca! (Romanos 8:31-32)

“Si realmente quieres entender a alguien”, dijo el presidente George W. Bush, “debes mirar a la familia donde se crió”. Con este razonamiento, ¿qué podemos aprender acerca de Jesucristo, el Hijo de Dios? La Biblia dice que Jesús (Cristo) es «la imagen visible del Dios invisible» (Colosenses 1:15). Esto significa que el Hijo es plenamente Dios; todas las cualidades de Dios el Padre se manifiestan en Él: amor, justicia, rectitud y santidad. Dios el Hijo era completamente humano también, «Jesucristo hombre» (1 Timoteo 2:5 NVI).

Mientras Él estuvo en la tierra, Él compartió nuestras experiencias: tentación, hambre, fatiga, dolor y muerte. Y como pertenecemos a Dios, nosotros ahora tenemos el privilegio de ser “hijos de Dios” (Romanos 8:14-15). En muchas culturas, los hijos son favorecidos y reciben la mejor herencia. Como «hijos» de Dios, nosotros recibimos una herencia espiritual invaluable y todas las bendiciones que vienen con ella. Las mujeres también son “hijos” de Dios porque, en Cristo, cada creyente conserva esta posición privilegiada sin importar su género.

Hermanos

Los hermanos mayores, los hermanos de sangre, todos implican una relación caracterizada por la calidez y la similitud de carácter. En la Biblia, hermano puede referirse tanto a los hermanos naturales como a los «hermanos en Cristo», todos los hermanos en la fe, tanto hombres como mujeres. Jesucristo dijo que cualquiera que hace la voluntad de Su Padre es su hermano (y hermana y madre) (Mateo 12:50).
Aunque Jesús es nuestro Dios, cuando nos convertimos en hijos de Dios entramos en una relación fraternal y de co-herederos con Él (Romanos 8:17). Aunque eso n nos hace iguales a Él, Cristo no se avergüenza de llamarnos Sus hermanos (Hebreos 2:11).

Disciplina

Los padres se dan cuenta cuando sus hijos van por el mal camino y es su responsabilidad guiarles en la dirección correcta. La Biblia enseña que los padres deben disciplinar a sus hijos para capacitarles correctamente. Esa capacitación debe tener en cuenta que el Señor creó ese niño y no debe amargarles o exasperarles (Proverbios 22:6; Efesios 6:4; Colosenses 3:21).

A nadie le gusta experimentar el dolor, las dificultades o la decepción que se producen como consecuencia de los errores. Pero la Biblia es muy clara en que, aunque la disciplina de Dios no es algo que deseemos, siempre proviene de su amor por nosotros. El propósito de la disciplina es la corrección (Proverbios 5:23).

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