Hace un par de meses tuve la oportunidad de acercarme a la obra de Diego Garrocho – filósofo, escritor y profesor universitario español- y, además, compartir con él en un círculo de lectura organizado por Efrén Rodríguez, quien lidera la comunidad OcioMAD en Madrid.
La conversación giró alrededor de una palabra que, confieso, nunca había ocupado demasiado espacio en mis reflexiones: moderación.
Durante mucho tiempo asocié la moderación con algo parecido a la tibieza. Con posiciones cómodas y una cierta dificultad para tomar partido.
Mientras escuchaba a Garrocho y conversábamos sobre su obra, empecé a mirar esa palabra desde otro lugar.
Moderarse, más que disminuirse, tiene más que ver con sostener la complejidad y resistir la urgencia de reaccionar inmediatamente.
Con permitir que dos ideas aparentemente opuestas convivan el tiempo suficiente como para que aparezca una comprensión más profunda.
Eso me tocó un lugar inesperado. Muchos años antes de dedicarme al mundo organizacional, estuve vinculada a lo público y a la actividad política. Y si hubo algo que me atrajo entonces de una determinada forma de entender la acción pública fue precisamente esa búsqueda de integración.
La posibilidad de no tener que elegir necesariamente entre extremos. La intuición de que existía un espacio donde podían convivir libertad y responsabilidad, transformación y cuidado, individuo y comunidad.
No quiero hacer aquí una reflexión política ni ideológica, pero sí reconocer algo que hoy aparece con fuerza para mí y es que, tal vez, hemos subestimado el valor de la moderación. Especialmente en tiempos que parecen premiar la contundencia antes que el matiz.
Moderación ≠ tibieza
Creo que parte del problema está en que hemos confundido moderación con ausencia de posición. Con indecisión, con comodidad, con neutralidad, con “guabineo” como diríamos en mi Venezuela natal.
Y creo que ahí hay una injusticia. Moderarse no necesariamente implica querer quedar bien con todos, ni ubicarse siempre en un punto medio o evitar el conflicto.
Moderarse puede exigir muchísimo coraje.
El coraje de escuchar antes de refutar, de sostener una conversación cuando sería más fácil retirarse, de reconocer que el otro puede tener una parte de verdad sin que eso invalide la propia.
Mientras participaba de esta conversación y seguía pensando en ella después, me di cuenta que esta idea me resultaba más familiar de lo que creía.
Empezando la universidad, hubo una forma de entender el mundo que me marcó. Como cosmovisión -incluso más que como adhesión partidista- me sedujo una tradición de pensamiento inspirada en la Doctrina Social de la Iglesia que proponía una mirada distinta a la lógica de los extremos. Me fascinaba descubrir que era posible imaginar una vía diferente al enfrentamiento permanente. La dignidad humana, la libertad y el principio de subsidiariedad podían dialogar entre sí.
Hacer sociedad exigía algo más difícil que elegir entre polos opuestos. Pasaba por comprender cómo mantener tensiones, integrar perspectivas y generar alternativas.
Por eso me gustó tanto encontrarme nuevamente con esta idea a propósito del libro Moderaditos de Garrocho.
La moderación hoy empieza a parecerme una capacidad que puede desarrollarse.
Una que no implica renunciar a la fuerza con la que vivimos, sino aprender a no quedar atrapados en el impulso inmediato y dejar espacio para las sutilezas que una realidad más compleja que los eslóganes demanda.
En tiempos donde todo parece empujarnos hacia la contundencia y las posturas radicales, quizás eso sea mucho más revolucionario de lo que parece.
La mala fama de los moderados
En estos tiempos que vivimos parece que la moderación perdió prestigio.
Como si hubiera quedado asociada a falta de convicción, al exceso de prudencia o a una cierta incompetencia para comprometerse. En cambio, admiramos la firmeza.
Premiamos la velocidad para opinar y celebramos la habilidad para tomar posición rápido y sostenerla con seguridad.
Sin darnos cuenta, empezamos a mirar con sospecha a quienes hacen preguntas, puntualizan o necesitan tiempo para pensar. Decimos que alguien “se quedó en el medio”, que “no se define” o “le falta carácter”.
Me pregunto si no estaremos confundiendo claridad con rigidez. O intensidad con radicalidad.
Moderarse es algo exigente. Es complejizar el pensamiento y aceptar que una misma realidad puede tener contradicciones aparentes sin responder necesariamente a una lógica binaria. Que las personas no caben completas dentro de etiquetas. Alguien puede pensar muy distinto a mí y seguir siendo alguien de quien aprender.
La moderación dialoga, aunque no sea exactamente lo mismo, con una idea que siempre me ha resultado atractiva: el eclecticismo.
Por años pensé que ser ecléctica consistía en tomar lo mejor de distintos mundos. Y sigo creyendo que hay algo valioso en esa disposición, pero empiezo a descubrir algo distinto.
Mientras desde la óptica ecléctica ampliamos la visión y nos preguntamos ¿qué podemos descubrir e incorporar de distintas perspectivas?, la moderación agrega, desde una mirada curiosa puesta en la potencialidad, otra pregunta ¿cómo sostener una posición sin dejar de transformarnos?
Una amplía el mapa. La otra el espacio interior.
Aparece entonces una de las prácticas más difíciles de nuestro tiempo: convivir con la diferencia sin sentir que amenaza nuestra identidad y aprender a construir con y gracias a ella.
No convertir cada desacuerdo en una batalla moral, no asumir que escuchar implica renunciar, ni necesitar ganar siempre para sentir que existimos.
Esto vale para la vida pública y también para la vida cotidiana. Para las familias, las amistades y las organizaciones.
Cada vez que permitimos que una conversación se vuelva más importante que tener razón, que cambiamos de opinión sin sentir que traicionamos quiénes somos, que dejamos espacio para que aparezca algo nuevo entre dos posiciones distintas… estamos practicando ciudadanía. Y también una forma más profunda de libertad.
El problema de los extremos es que reducen y no solo que dividen. Y una vida reducida rara vez alcanza a contener toda la riqueza de lo humano.
Moderación en las organizaciones y en la vida cotidiana
Una de las razones por las que este tema siguió acompañándome después de aquel círculo de lectura es porque empecé a verlo por todas partes.
En la forma en que discutimos. En cómo elegimos nuestras batallas. En cómo reaccionamos cuando alguien piensa distinto e, inevitablemente, en el mundo organizacional.
Las organizaciones son mucho más que espacios de trabajo. Son lugares donde practicamos formas de convivencia y descubrimos qué hacemos con el poder. Cómo sostenemos desacuerdos. Cómo tomamos decisiones cuando distintas necesidades entran en diálogo.
Ahí la moderación adquiere una forma muy concreta. Aparece cuando un líder logra combinar firmeza con apertura. Cuando una organización escucha perspectivas distintas sin perder capacidad de decidir. Cuando un equipo puede tener conversaciones difíciles sin convertirlas en una lucha de posiciones. Cuando alguien cambia de opinión porque reconoció algo nuevo y no porque perdió.
También aparece cuando dejamos de ver la pluralidad como amenaza y empezamos a verla como posibilidad.
Convivir, más que pensar igual, exige desarrollar la cualidad de permanecer en relación aun cuando no coincidamos completamente. Esto, que parece sencillo, quizás sea uno de los grandes aprendizajes pendientes de nuestro tiempo.
La moderación no elimina el conflicto. El conflicto sigue siendo fuente de movimiento, creatividad y transformación.
Lo que cambia es nuestra relación con él. Desde la posibilidad de comprender y no desde la necesidad de vencer. De permitir que el desacuerdo amplíe la mirada en lugar de reducirla.
Ahí aparece ciudadanía. Cuando una organización crea espacios donde voces diversas pueden participar. Cada vez que dejamos de buscar adhesión absoluta y empezamos a buscar comprensión. Cada vez que una persona escucha de verdad antes de responder.
La democracia -ya sea en las instituciones, en las empresas y en la vida cotidiana- no se sostiene solamente con grandes principios.
Se entrena en conversaciones pequeñas, en desacuerdos cotidianos, en el ejercicio permanente de convivir con lo distinto sin dejar de crear juntos.
Mientras escribía este artículo me di cuenta que yo nunca me he reconocido especialmente moderada. He sido intensa, apasionada y profundamente comprometida con aquello que me importa. Solía asociar mi intensidad con vivir, pensar y sentir más fuerte.
Últimamente empiezo a preguntarme si existe otra posibilidad. Si moderarse no significara bajar el volumen de la vida, sino aprender a enfocar la energía más que a contenerla.
Esto me lleva a pensar que la moderación es una forma de cultivar lo humano. Nuestro cerebro está más preparado para reaccionar rápido, defender posiciones y buscar certezas que para detenerse, escuchar y sostener complejidad.
La moderación no es una disposición espontánea. Exige una decisión consciente y deliberada. Presencia. Un pequeño espacio entre el impulso y la respuesta.
Es una práctica a cultivar. Una manera de recordarnos que nuestras convicciones no necesitan convertirse en trincheras para seguir siendo profundas.
Hace poco, Carolina Jaimes Branger me compartió una idea que me quedó dando vueltas: incluso la moderación necesita moderarse. Aparece acá una paradoja interesante, porque tampoco se trata de convertirla en una nueva forma de rigidez ni en otra identidad desde la cual mirar al mundo.
Hay momentos que exigen contundencia, pasión y posiciones claras. La pregunta no es cuánto moderarnos, sino desde dónde elegimos conscientemente actuar.
Quizás el coraje de los moderados no está en sentir menossino en permanecer suficientemente abiertos como para seguir ampliando la mirada sin dejar de sostener aquello en lo que creemos.
“Todo hacer es un reflejo de un conversar, y todo conversar es siempre un convivir”
Humberto Maturana
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