
Por: María Sara Vivas Araujo
“De los diversos instrumentos del hombre, el más asombroso es, sin duda, el libro. Los demás son extensiones de su cuerpo… Pero el libro es otra cosa: el libro es una extensión de la memoria y de la imaginación”.
Jorge Luis Borges
Evocar el libro en su día, es recrearnos en sus orígenes y, de una vez, remontarnos a las antiguas civilizaciones para visualizar sus subjetividades y sus desafíos. Unidos desde el principio, hombre y mujer, cual yunta en armonía, labran su mundo de posibilidades avanzando sincronizados y fortalecidos. En este contexto los libros a nuestro alcance nos revelan que, el medio de comunicación fue exclusivamente oral, es decir, el verbo y la simbología, expresiones logradas a través de dibujos en paredes y cuevas. Y, así les iba, hasta que, surgió la agricultura y la ganadería, nuevos sistemas de notaciones, de escritura, innovaciones que cobraron un flujo mayor en la comunicación.
Celebrando el libro como el más fecundo invento del ser humano. Es un convencimiento de que, el libro funciona como la memoria escrita de los adelantos y evolución, heredad de la civilización. Nuestro ilustre pensador, Mario Briceño Iragorry, político, ensayista, humanista; Maestro, hijo de Trujillo, “Tierra de María Santísima”, escribió, Alegría de la Tierra, Pequeña Apología de Nuestra Agricultura Antigua, texto que salió a la luz en 1952; contentivo de una serie de artículos, los cuales, habían sido publicados en la prensa. Esta maravillosa compilación de admirables odas, ennoblece los productos cultivados en el campo venezolano. Don Mario, en un despliegue de virtuosismo escritural, nos conversa con orgullo y, también, con inquietud acerca de la actividad agrícola en Venezuela. Comprensible su “angustia ante la incapacidad de Venezuela para enfrentar los retos de la modernización”.
Don Mario advertía con ímpetu que la agricultura era presa de las importaciones, actividad que en la actualidad enfrenta, a pies juntillas, los desafíos estructurales que impactan en negativo al agro, por esa misma razón, y otras más complicadas, todavía. Pasado y presente, en detrimento del crecimiento, la prosperidad. Los agricultores se erigen con su bondad y alegría, plenos de integridad, recio carácter y personalidad ante situaciones tan desdeñadas. No prestarles atención es negarle a la mesa de cada familia venezolana, una alimentación balanceada.
Don Mario, en Alegría de la Tierra describe y acompaña con sus comentarios agudos, los cambios insensibles, sufridos de manera gradual en los diferentes ámbitos de la sociedad y que él, estaba experimentando con honda preocupación. Así nos cuenta, de su añorada pulpería trujillana que “lucía el barril de guarapo, aderezado con conchas de piña. La gente del pueblo y los muchachos tomábamos guarapo y acemita como reconfortante puntal de media tarde, (Yo pedí guarapo en una pulpería de Trujillo, y me ofrecieron “Coca Cola”)”. (p. 120)
Convencidos de su singular expresión, puesta de manifiesto en su escritura deleitable por ser hermosa y también aleccionadora, dejó en la amplitud de su obra para las generaciones venideras, propuestas, vivencias y experiencias. En Alegría de la Tierra, así:
“Elevemos a nuestro campesino y agrandemos, con su elevación nuestra huerta nacional demos al hombre rural la oportunidad de que realice su alta misión creadora. ¡Que no sea el campo ‘la rama seca’ del gran árbol de la República! A él, al campesino, productor agrícola le corresponde el crecer y el verdecer para que sea mayor el sombraje y la Alegría de la Nación. La alegría de la República necesita el verde mensaje de los campos floridos”. (P. 95).
Un mandato sublime, en un elogio y defensa a la tierra generosa, incansable e inagotable, maná de frutos, pan de cada día. Alegría de la Tierra con sus mejores letras, colma de amor y admiración a las mujeres y hombres que libres cumplen con su bucólica misión. El noble campesino con su piel tostada por el ardiente sol y, sonrojada por los neblinosos saludos desbordados de susurros parameros. Tatuajes de un trabajo arduo, con el regocijo de la dignidad y gozo por los frutos nacientes y el florecer de la tierra fecunda.
El Maestro insiste en el abismo que ante nosotros se expande cada vez más y que para allá vamos, hacia una fuerte crisis como sociedad, si no reparamos en volver hacia nuestras raíces, a redefinir con responsabilidad nuestra identidad, a revalorizar la tradición, poner en valor nuestras costumbres ancestrales, reciedumbre cultural. Se entra en sospecha para preservar nuestro patrimonio. Nos lo advierte, don Mario:
“Yo busqué en Trujillo la vieja pulpería de mi infancia, en espera de que no hubiera sucumbido por completo como ha sucumbido la pulpería de Caracas. Tenía una esperanza contenida de que la montaña más conservadora que la costa, hubiese defendido los derechos de la tierra nutricia”. (P. 121)
Su llamado es a cada venezolano a fecundar una genuina conciencia moral, acicalarse con la reflexividad, expandir valientes un pensamiento analítico, crítico, capaz de amar y valorar; sentirnos orgullosos de lo que somos, de nuestra polisemia cultural. ¿Qué es Venezuela?, ¿Qué somos los venezolanos?, ¿Cuál es el camino del cambio?, estas eran las preguntas que los jóvenes Briceño Iragorry y Parra León se planteaban en un medio universitario tan estrechamente vigilado y ante un país atemorizado, verbigracia, escenario actual venezolano. ¡Avancemos!
Ante la situación deprimente del agro por la falta de atención, capacitación y la desidia, un despertar debe estremecer almas, a partir de la universidad, en las carreras atinentes que involucren investigaciones para salir de esta crisis, en consecuencia. Si hubiéramos sido previsivos con el acto de escuchar, probablemente habríamos podido interpretar la advertencia de don Mario enfatizada en su anchurosa literatura, nos avisó esa “anticipada visión de la crisis moral colectiva que confrontamos” en esta cuadratura del siglo XXI y, más.
El campo venezolano con su rostro sufriente, por la ausencia de gente competente ante las actividades agrícolas, mano de obra cualificada para lo económico, tecnológico, innovaciones, conocimientos; conocer los nuevos avances en esta materia de cultivar la tierra con propósitos sustanciosos bien definidos como la producción de alimentos, materias primas, conocer la estrecha combinatoria entre la producción y la industria. Don Mario poseedor de una promisoria pluma y, tesitura en su sentido mensaje:
“Nosotros tuvimos desde la época de los indios nuestras buenas papas y nuestras ilustres batatas. Sus rubias pomas la patata educa, canta D. Andrés en su Silva maravillosa (…)
Pero, no. Nosotros preferimos la papa importada. Quizá para muchos resulte mejor negocio adquirirla del vendedor extranjero. (…). Sin embargo, en fecha muy reciente hubo una buena cosecha de papas en Trujillo, pero al llegar los camiones a Barquisimeto, hubieron de regresarse, porque la plaza estaba abarrotada a causa de una abundosa importación de papa americana hecha por una firma de Puerto Cabello. A cualquiera ocurre pensar que el permiso para importar productos de la tierra debiera consultar nuestras cosechas”. (p. 58).
Alinearnos con nuestra autoctonía, es no desplazarla, obnubilados por lo traído del exterior. Urge cumplir a cabalidad con las bases legales que rigen la protección agrícola y pecuaria; asimismo es de rigor crear políticas tocantes con la dinámica agraria, balance entre lo que se importa y los ciclos de cosecha. Proteger la producción, ya en lo local, ya en lo regional, ya en lo nacional garantizando la estabilidad integral de nuestros agricultores. Son dables los intereses como país, primeramente.
Que la agricultura sea sinónimo de crecimiento, desarrollo, producción, para ello la autoridad ministerial tiene que proyectar la economía rural con la vista puesta en lo urbano, posibilitar el acceso a créditos para los agricultores. Ser un ministro de agricultura es hablar de elevada idoneidad, sabedor e impulsador del desarrollo sustentable, conocedor de medidas profundas justificando que son necesarias para transformar la organización de lo social. Presente en perspectiva.
Que las letras palpitantes de Alegría de la Tierra sean de justicia y abundante prosperidad; en sentir de Rodó, el porvenir es en la vida de las sociedades humanas el pensamiento idealizador por excelencia. La gente del campo cultivadora y provocadora de vida, transforma la tierra para convertirla en alimento, nutriente para el cuerpo, mente y espíritu. Nos lo dice don Mario Briceño Iragorry en 1952, en el hermoso libro que hoy rendimos tributo: Alegría de la Tierra.

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