Luis A. Villarreal P.
Tanta agua ha corrido bajo el puente y esta magna efeméride patria nos toca el hombro, nos detiene —aunque un instante— y nos invita a reflexionar más sobre esta fecha que hasta los momentos sigue siendo supremamente significativa y no un número más en el calendario para celebrarse como cualquier otro día de asueto.
Desde su origen, la fecha nos indica que es un hito trascendente, la referencia de haber decidido comenzar a vivir bajo términos políticos diferentes; o sea, de otro modo, como nación independiente; a la inversa de la costumbre de dominación colonial, con más derechos que deberes.
Fue el 19, el día de abril más brillante de nuestra primavera tropical —cual épico poema en flor—, pero también el más comprometedor; porque es el desate de una verdadera revolución que también traía en sus alforjas sangre, sudor y lágrimas.
Aun así, llegó para quedarse por más de una década en Venezuela; proyectando mayor significación y apoteosis en las luchas que la siguieron y vendrán, inspirada en otras revoluciones ya en el proceso de sanación de sus heridas, adentrándose estas en la singular y titánica tarea de transición del colonialismo monárquico a la instauración y desarrollo de las incipientes repúblicas cada día buscando mayor libertad, soberanía e independencia.
…
19 DE ABRIL
Tuvo que ser abril,
mes de la bondadosa primavera
y enhorabuena lid
de retos y de afrentas
en un magno cabildo que se arriesga,
se confiesa y comulga
en clara rebeldía contra el rey,
zanjando la ruptura
irreversible aquel
día feliz del antes y el después.
Con la Junta Suprema
de Caracas —Indulgente y pro
[autónoma
cautelosa, dispuesta
a salvar la Corona]
a ejercer unánime acción patriótica.
Preludio de la guerra
y de separación inevitables,
Izando la bandera
mirandina, legándole
a nuestra independencia sin
[ambages,
¡con euforia!, el acta
emancipadora. Luz de la
[inmensa
patria venezolana,
esplendorosa fecha
¡para emularla ahora y dondequiera!
L A V P
…
La Independencia de Estados Unidos [1776], seguida de la Revolución Francesa [1789], fueron auge de los movimientos revolucionarios hispanoamericanos. La primera, con el propósito de quitarse el yugo colonial de sus congéneres anglosajones y sus consabidas imposiciones sociales, económicas y tajantemente políticas, en términos de libertad e independencia. La segunda, en su determinación de pasar factura a la monarquía imperante y a sus cuadros de nobleza, de cuyo desempeño como potencia mundial llevó a los franceses a vivir los desmanes y calamidades de una nación fatalmente estratificada [antes y durante la revolución], en la que convivía la ostentación y la miseria, los privilegios y la indefensión, incluso en el clero y sus órdenes monásticas.
En el caso francés, quienes asumieron la lucha antimonárquica imbuidos e influenciados en y por ideas de la Ilustración ascendente y universalista —agrupados en las facciones jacobinas y girondinas, burguesas y del pueblo llano—, no pudieron evitar los traspiés de la revolución, sus desafueros y desquicios, convirtiéndose esta en una guerra de terror fratricida, aunque sus comprensibles puntos cardinales fueran: Liberté, Egalité y fraternité, dibujados en la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano.
Ambas revoluciones, principalmente, causaron el efecto dominó independentista y republicano en la emancipación hispanoamericana, y en todas ellas gravitó la influencia del movimiento de la Ilustración
Tales circunstancias en gran medida influyeron en el hervidero latinoamericano ansioso de independencia y libertad, cuyo precursor e iniciador fue Francisco de Miranda con la expedición a Ocumare y La Vela de Coro en 1806. Esta acción libertaria aceleró el proceso de ese trabajo peligroso, de contactos entre líderes latinoamericanos, moviéndose en sus respectivos territorios y llevando a cabo respectivas diligencias ante las potencias del orbe en búsqueda de un apoyo basado en la rivalidad entre las mismas, cuyos intereses geopolíticos colindaban en el marco de las ambiciones sobre la posesión de territorios y mejores condiciones de explotación e intercambio comercial en el continente americano.
El ‘desacierto’ de Miranda en 1806, tuvo dos significados para las apetencias independentistas hispanoamericanas. Uno, la de extrema cautela para no repetir intentos abortivos. Dos, considerar la expedición como aliciente precursor para futuras incursiones.
También destaca e inspira la temprana revolución haitiana. Haití se independizó de Francia en 1804; futuro aliado de líderes pro independentistas venezolanos, y primero en reconocer de facto la independencia de Venezuela en 1816. Sin perder de vista que en jurisdicción haitiana nació el tricolor mirandino que hoy honra Ecuador, Colombia y Venezuela, países que conformaron la Colombia fundada en Angostura 1819, remanente de la Colombeia cuasi continental del Generalísimo.
La expansión del imperio napoleónico facilitó la gran oportunidad independentista para atreverse sin retorno a entregar —en un todo o nada— la vida por la conquista de la verdadera Patria convertida en república
En las campañas napoleónicas contra las monarquías, buscando el dominio continental europeo, luego de la acción sobre Polonia y Rusia, provino la incursión hacia la Península Ibérica, en voz alta pensando en Portugal pasando por España, señuelo en el que la ‘Madre Patria’ sucumbió entre bamboleos abdicantes de Carlos IV y Fernando VII, ocasionándose el ambivalente vacío de poder y la ‘usurpación’ del mismo con la asunción de José Bonaparte en 1808, como José I, hasta 1813. De manera que España se vio envuelta en su propia independencia ante la dominación imperial napoleónica.
Esta situación fue aprovechada por los movimientos independentistas para generar la proliferación de Juntas de Gobierno Autónomas —sin excluir paralelos y marginales devaneos con los franceses— en los dominios españoles de ultramar. Bajo esas circunstancias brilló con intensidad —y no ha dejado de hacerlo— el 19 de abril de 1810 y en inmediata consecuencia la Junta Suprema de Caracas, conservadora de los derechos de la Corona española.
El simple recuerdo, su eclipse, la tendencia a solo ‘mitificar’ la magna fecha que hoy nos ocupa en nuestra Venezuela, es simplemente inexcusable; porque es colirio esclarecedor en el desempeño de la ciudadanía venezolana para continuar de manera perseverante y sostenida, en el ámbito de la resistencia democrática, haciendo lo posible para llegar a encauzar y fortalecer nuestro sistema de libertad, justicia y Estado de derecho.
Se habla de que estamos en un gobierno pre transicional de tres fases, con apenas una de ellas —la de estabilización— cumplida. Sin que hasta ahora hayamos visto elementos de cambio sustanciales
El país desea constatar las verdaderas modificaciones y reemplazos que nos lleve a pensar que los obstáculos están siendo superados satisfactoriamente, que mecanismos y habilitaciones estarán listos en las próximas semanas y podamos sentirnos en la antesala de la susodicha transición; ordenada y en sana paz [aunque las posturas antagónicas sigan sin poner énfasis en la llamada ‘reconciliación’] por parte de la fuerzas políticas, partidos y gremios movilizados ante las puertas abiertas de los medios de comunicación y los órganos de poder confiables y autónomos [CNE TSJ].
Ampliándose el vacío de poder o multiplicando las lagunas constitucionales, el escepticismo y la desconfianza popular; observamos la no liberación de los presos políticos, y presenciamos solo enroques en el tablero oficialista, que más le garantizan un ganar-ganar tiempo en sus cálculos y reacomodos electorales.
En este paso que se hace largo y calamitoso, de angustia e incomodidad nacional, es donde se debe revivir y reivindicar el espíritu y tenacidad del 19 de abril de 1810. Por nuestra libertad e independencia, en absoluta democracia.
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