Por: Antonio Pérez Esclarín
Resulta evidente que la profunda crisis política, económica, educativa y social que estamos viviendo tiene su origen, su sustento y razón principal en la profunda crisis moral que corrompió vidas y conductas, exacerbó la ambición, la deshonestidad y la inmoralidad, e hizo de la ley y de la constitución algo inútil porque, si bien todos la invocaban, muy pocos la cumplían. Las ambiciones y ansias desmedidas de poder fueron asfixiando la ética y acallando la voz de la conciencia, hasta el punto que cada uno , de acuerdo a su poder, decidía lo que se podía hacer o no se podía hacer, lo que era bueno y lo que era malo. El fin justificaba los medios. Todo parecía y era lícito si producía poder o dinero, que pronto se convirtieron en los valores esenciales. Para obtenerlos se sacrificaban vidas y personas, se engañaba sin el menor pudor, y arropándose en una retórica pacifista y patriotera, se recurría sin el menor escrúpulo a la violencia para mantener el poder y la ambición. Por ello, cada día fueron ganando más y más terreno las llamadas economías subterráneas como el sicariato, la corrupción, la delincuencia, el secuestro, la prostitución de adultos y de niños, la pornografía, el bachaqueo, la especulación abierta y descarada, la mordida, el tráfico de drogas, de armas, de medicinas y hasta de personas. El llamado de Jesús “Amaos los unos a los otros”, lo fuimos traduciendo en “Armaos los unos contra los otros”, lo que supuso la generalización de la violencia y el imperio de los más violentos. Por otra parte, propuestas moralizantes y discursos con fervientes llamados a la ética, ocultaban con frecuencia, la manipulación, el ansia de poder, la corrupción, el engaño, la mentira. Algunos se acostumbraron a mentir tan descaradamente que no permitían que salieran a la luz las verdades más evidentes, como el resultado de las elecciones de Julio de 2024. Al matar el valor de las palabras y mentir sin el menor pudor, al perseguir con crueldad a los que buscaban que la verdad saliera a la luz,. entramos en un laberinto asfixiante donde era imposible comunicarnos y entendernos. Algunos pretendieron ideologizar sus mentiras alegando que se trataba de construir un mundo nuevo y mantener una revolución redentora, a favor de los más pobres y excluidos, sin importar que los hundían cada vez más en la miseria, mientras ellos llevaban una vida muy ajena a la situación y el sufrimiento de las mayorías..
Por ello, y para la reconstrucción profunda del país necesitamos volver a la ética y a los valores humanos esenciales como propuesta de toda la sociedad. Esto va a exigir, entre otras muchas cosas, fomentar una educación integral, que forme y no sólo informe, que se oriente a gestar personas amables y respetuosas y ciudadanos honestos, responsables y solidarios, preocupados por el bien común, defensores de los derechos de todos y cumplidores de sus deberes y obligaciones. Y esta debe ser la principal tarea no sólo de los educadores, sino también de las familias, del Estado y de la sociedad en general. Resulta de un gran cinismo pedir a los educadores que eduquen en unos valores que vemos cómo son pisoteados todos los días. ¿Cómo es posible que personas que ocupan altos cargos o se consideran líderes, y en consecuencia, deberían dar ejemplo de honestidad, buena conducta, respeto y tolerancia ofendan, mientan, insulten y amenacen a cada rato?
Para ello, es urgente que la política se cimente sobre la ética, y que padres y maestros, vuelvan a reencontrarse y a proponerse vivir tanto en la casa como en la escuela aquellos valores que consideran esenciales para el pleno desarrollo personal y la sana convivencia. Los políticos deben ser, parecer y actuar como ciudadanos ejemplares, y padres y maestros deben plantearse con humildad y con responsabilidad, ir siendo modelos de vida para sus hijos y alumnos, de modo que estos los vean como personas seriamente comprometidas en su continua superación. No olvidemos que todos educamos o deseducamos más que con nuestras palabras, sobre todo con nuestra conducta y nuestra vida. En consecuencia, debemos aprender a escuchar no sólo las palabras, sino sobre todo la vida de las personas, especialmente de los que ocupan cargos públicos o aspiran a ellos, porque algunos deshacen con su actuación lo que proclaman y proponen. El ruido de sus acciones y conductas impide escuchar lo que predican. De ahí la necesidad de que las vidas honestas, respetuosas, sencillas y serviciales de los dirigentes y de los que pretenden serlo, sean su mejor discurso y su principal currículo, que debe ser analizado y valorado sobre cualquier otro insumo, por los electores.
@antonioperezesclarin
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