Visión de Frente: Exquisito y letal estupor

Por: Jorge Rosell y Jorge Euclides Ramírez

 

Colocados ante el cuadro estadístico que nos ubica como el país más pobre del planeta nos invade la humillación, la impotencia y sobre todo el estupor de que esto nos esté pasando y que el resto del mundo lo contemple impasible, porque esta pobreza que mata más que la pandemia es causada, no por causas naturales sino humanas, por un régimen que destrozo hasta sus cimientos la estructura socioeconómica de un país que fue uno de los más ricos de América.

Lo más grave del estado de ánimo que nos embarga al constatar que Venezuela es un desastre humanitario es ver que también es un desastre político porque la oposición se atomizó buscando cada quien salidas distintas, sin entender que la única vía que nos puede liberar del infierno pasa primero por la unidad social del pueblo, la cual por supuesto requiere de unidad partidista como instrumento operativo.

Producto de la dispersión de los niveles dirigentes también vemos una gran dispersión de los estratos ciudadanos organizados en sindicatos, gremios y demás agrupaciones civiles, una dispersión que sumada a la falta de objetivos claros se ha transformado en una apatía generalizada y un rechazo grande hacia todo lo que tenga que ver con el mundo político partidista.

De esta forma el estupor que nace de mirar la realidad infame que nos contiene, antes que conducirnos a una acción organizada se ha transformado en causa de aislamiento o distanciamiento sicológico y pasamos, en nuestra mente, de ser víctimas a ser espectadores y es bajo esta condición que establecemos criterio para respaldar propuestas para salir del régimen.

Entonces en papel de espectadores exigimos algo muy sencillo, natural, lógico y elemental, que se cumpla la Ley, olvidándonos de que la Ley es un producto civilizatorio que requiere de una plataforma republicana solida y estable para tener vigencia y nosotros vivimos en un país donde el régimen comparte dominio territorial con las bandas hamponiles, la guerrilla, los colectivos y cuerpos policiales que ni siquiera respetan las sentencias judiciales de su propia nomenclatura, donde se violan derechos básicos a capricho de los mandones y la justicia se administra según el bolsillo de las partes.

Así tenemos que el estupor ante lo dantesco se nos hizo un malestar ajeno sobre el cual asumimos un compromiso moral pero no vital. Estamos paralizados, petrificados ante el clima de muerte y barbarie que nos rodea y como respuesta solicitamos la piedad de la Ley a las huestes vandálicas que las quemaron en las hogueras de sus ambiciones. Es por ello exquisito y letal este estupor que nos distancia de las soluciones posibles. Pues el régimen se ancló en el mandato arbitrario que desecha la ley como orientación armoniosa para desarrollar órdenes justas y la sustituyó por el capricho irregular contra el cual se estrella cualquier petición que se le haga con base en el sistema legal. Perdemos nuestras fuerzas y caemos en la desesperanza si insistimos en pedir a la tiranía que se conduzca conforme a la Ley.

Cabe así la pregunta ¿Y si no exigimos la aplicación de la Ley que hacemos? La respuesta es complicada, pero existe. La ley contiene en sí misma la virtud del bien, mas allá de su hermenéutica Kelseniana la Leyes una flor de vida abonada por procesos históricos en los cuales la razón venció a la espada. Entonces hurguemos con inteligencia en sus raíces y busquemos allí las respuestas que con urgencia necesitamos. Pero tal decisión debe realizarse sin contar con los ilegítimos órganos que componen la infame administración pública. No podemos contar con una Asamblea Nacional producto de un fraude electoral, ni con un Poder Ejecutivo encabezado por quien usurpa esas funciones y aún menos con un Poder Judicial cuya cabeza fue conformada por designaciones violatorias de la Constitución y la ley y tribunales completamente subyugados por el oficialismo.

La ley busca la armonía, entonces procedamos a ponernos de acuerdo todos los actores democráticos. La Ley ampara y promueve las acciones libertarias, entonces analicemos cuáles son nuestras reales opciones para hacer algo dentro del entorno tribal en que nos encontramos. La Constitución nos insta a cumplir con el deber de colaborar con el restablecimiento de la debida vigencia de su texto, cuando éste pierda su efectividad por actos de fuerza, los cuales constatamos cotidianamente. Y entonces, ¿Qué esperamos?

Mas allá de las formas, mas allá de los textos, estamos retados a luchar por rescatar al país de sus actuales miserias. Es la bondad de nuestros propósitos al constatar la mísera existencia de nuestro pueblo, es la piedad que nos inspiran los millones de desplazados por la diáspora, es nuestra angustia por los presos políticos dignos de compasión por el brutal trato que reciben en las mazmorras del país, es en general la dolorosa visión de una nación destruida moral, institucional y económicamente lo que nos debe inspirar y guiar en busca de las soluciones adecuadas. Si en nuestros corazones aceptamos los dictados de la solidaridad y el amor a Venezuela no erraremos en el camino a tomar. Ante la ley del más fuerte debemos imponer la ley del más bueno.

Jorge Rosell y Jorge Euclides Ramírez

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