Vida Universal / Más cerca de Dios en ti

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La palabra del Cristo de Dios, dada a la humanidad en agosto del 2.005, a través de su profetisa y mensajera Gabriele, para todos los seres humanos que tienen añoranza de Dios y de una vida plena, feliz y en libertad. En esta percepción interna también se encuentra la certeza de cómo puedo ayudar a mi prójimo, qué es lo que le puedo decir y qué ayuda externa o interna necesita. Ahora habrá que preguntar: ‘¿Cómo llego yo a tener esos sentidos finos y sutiles, que con el tiempo impregnen mi modo de ser y hagan posible una percepción interna?’ También en este caso es decisivo aplicar la regla de oro para la vida, de que aquello que no quiero que se me haga a mí, tampoco se lo hago yo a mi prójimo, y viceversa: captar cada vez más qué es lo que mi prójimo necesita para también dárselo, de modo que eso sea una verdadera ayuda para él.

Podemos comenzar analizando nuestros sentimientos. Si veo algo que no me gusta, a continuación pienso de forma correspondiente, con el resultado de que desprecio a mi prójimo o valoro de forma negativa lo que veo. ¿Cómo sería si en ese momento nos dijéramos que ahora es el momento de cuestionarme y preguntarme? ¿Qué es lo que me importa ahora de mi prójimo? No le puedo llamar la atención al hecho de que lo que está haciendo es un error, si yo también lo considero un error. En el caso de que me altere por eso, puedo preguntarme a mí mismo: ‘¿Qué motivo tengo para alterarme? Si esto lo purifico, la próxima vez que perciba algo parecido no juzgaré del mismo modo, como hasta ahora había sido el caso’.

Pensemos en el sentido del oído. Escucho esto y lo otro. ¿Y qué pasa? Pensamos y normalmente de inmediato emitimos un juicio. ¿Por qué es esto así? Porque no reflexionamos sobre nosotros mismos y porque siempre estamos evaluando al prójimo y no vemos nuestra parte. En realidad, porque no aplicamos la regla de oro. La regla de oro significará siempre: ‘¿Cómo me sentiría si otra persona me juzgara así?’ Una persona joven, por ejemplo, podría decir ahora: ‘¡A mí me da igual!’ Un joven puede decir esto con toda tranquilidad, pero ha de tener claro que con ello solo se hace daño a sí mismo y que con ello no va a lograr la verdadera percepción profunda, sino que solo va a juzgar y condenar siempre a través de sus sentidos externos.

Refinar los sentidos significa, por tanto: ‘Lo que veas o escuches y te altere, analízalo y purifica tu parte, pues toda alteración pone de manifiesto una analogía. Lo que me altera de otros, concuerda con mí ser, con mi carácter. Si cambio esto, también cambiará positivamente mi forma de ser. Lo mismo vale para lo que olemos, saboreamos y tocamos. Quien refine los tres primeros sentidos -vista, oído y olfato-, con el tiempo tampoco comerá más alimentos que contengan carne. Se distanciará del placer llamado “carne”. ¿Por qué? Porque esto ya no se corresponde con su forma de ser, transformada en sentido positivo.

Si no aspiramos a este desarrollo de nuestra forma de ser, ¿qué sucede con nosotros? Nos volveremos cada vez más insensibles. Esto lo podemos observar en todas partes: el ser humano se vuelva cada vez más ordinario, cada vez más brutal. No es casualidad que en la actualidad la brutalidad y la violencia predominen en el mundo, lo que significa que estas características negativas chocan cada vez más entre si, también en el entorno más cercano y en pueblos enteros.

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