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Tortura

por Antonio Pérez Esclarín
05/11/2019
Reading Time: 3 mins read
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          Hacia las siete de la tarde, mi esposa empieza a manifestar su angustia: “¿A qué hora nos quitarán hoy la luz?”. Yo levanto los hombros y le respondo con un gesto de duda e ignorancia.  Pero ella parece animarse: “Puede ser que hoy no nos la quiten en la noche, pues nos la quitaron en la mañana cinco horas”. Yo sonrío y trato de animar su ilusión y hasta me atrevo a añadir: “Sí,  tal vez hoy  tengamos electricidad toda la noche como el día 23 que no nos la quitaron”.    No me atrevo a añadir que posiblemente   se debió a que estaban programadas marchas al día siguiente, día de Rafael Urdaneta, hacia Corpoelec en protesta por el pésimo servicio, y quisieron quitarle fuerza a la razón de la protesta.   

A las 8,03 cuando estábamos viendo una serie de televisión, llegó el apagón. Previendo la situación, habíamos dejado el aire del cuarto prendido para que se enfriara y nos apresuramos a irnos a acostar. Puede ser que logremos dormir una hora, mientras se mantenga el fresquito.  En efecto, consigo dormirme un rato, me despierto sudando, miro el reloj y son las 9,38. Abro las ventanas para ver si entra un poco de brisa, pero no hay brisa y quienes entran son los zancudos y las voces de los vecinos que suelen pasar la noche conversando  bajo mi ventana, pues  no se acuestan  hasta que regrese la luz.

Empieza la larga tortura de intentar dormir un rato, dar vueltas en la cama, procurar poner la mente en blanco, pararme a beber agua que todavía está fresca, tumbarme un rato en el mueble de la sala, orar, revisar el celular, prender la laptop e intentar trabajar un rato,  volverme a acostar… El calor resulta asfixiante y la noche se va alargando  con una lentitud espantosa: 11,05, 11,34, 12,08… A partir de esta hora, el mayor tormento es la duda de cuándo volverá. Uno se aferra a la ilusión de que, por un tiempo, solía volver a las cuatro horas, y por eso, uno no descansa chequeando el reloj, contando los minutos que faltan para que vuelva,  viviendo el estrés de que no vuelve, y hasta temiendo que sea un nuevo apagón general que dure muchas horas y hasta días.

Por fin, a las 3.15 de la mañana, siete horas después de que nos la quitaran, vuelve la electricidad. Si sumamos las cinco de la mañana, estuvimos doce horas sin electricidad. A cerrar las ventanas, prender el aire e intentar dormir un rato pues hay que madrugar ya que en la oficina por las mañanas suele haber electricidad, y con suerte, hasta internet (en mi casa llevo años sin internet y teléfono pues se robaron los cables de la zona y nos dicen que no hay presupuesto para reponerlos).

Me levanto a las seis, me baño con medio tobito de agua pues no hay agua por tubería, desayuno algo apresuradamente y me dirijo al trabajo. En el camino presencio con angustia las colas kilométricas de carros frente a las bombas. Veo que sólo me queda un cuarto de tanque y empiezo a preocuparme: Las últimas dos veces mi hijo hizo por mi colas de hasta ocho horas…

En la oficina hay luz pero no hay internet. Llega un rato pero con una lentitud  estresante y se vuelve a ir. Así se me va la mañana intentando bajar unos archivos y enviar unos correos. Cuando al mediodía se va la luz, tengo la impresión de haber perdido la mañana.

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Tags: Antonio Pérez EsclarínOpiniónTrujillo
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