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Tener o Ser

Carlota E. Egáñez M.

por Redacción Web
08/09/2019
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“Vivimos en una época sin esperanza. El hombre busca desesperadamente algo en que creer y acude a los nuevos gurús. Ni aún el hombre inteligente, de gran conocimiento, por desgracia, está a salvo de formas primitivas de espiritualidad. La fe apasionada, fanática en ideas y pronombres (sean cualesquiera) es idolatría. Se debe a la falta de equilibrio propio, de propia actividad, a la falta de ser. Lo mismo ocurre con el amor. Se convierte en idolatría cuando alguien cree que la posesión del otro da respuesta a su vida, le presta seguridad y se convierte en su dios. El amor no idolátrico a una idea o a una persona es sereno, no estridente; es tranquilo y profundo; nace a cada instante, pero no es delirio. No es embriaguez, ni llega a la abnegación, sino que nace de la superación del yo.

El hombre moderno tiene muchas cosas y usa muchas cosas, pero es muy poca cosa. Sus sentimientos y sus pensamientos están atrofiados, como músculos sin emplear. Tiene tanto miedo a cualquier cambio social que toda perturbación del equilibrio significa para él caos. Lo que uno tiene es propiedad suya. Como cada uno tiene su cuerpo, podría decirse que la propiedad se arraiga en la misma existencia humana. Pero este argumento, que parece bueno para demostrar la universalidad de la propiedad, no es cierto. Un esclavo no posee su cuerpo: su amo puede usarlo, venderlo o destruirlo a voluntad y capricho. La cuestión esencial es si la posesión fomenta la actividad y la vitalidad del individuo o si paraliza la actividad y favorece la indolencia, la pereza y la improductividad.

Quien no haya adquirido valor para la aventura encontrará espantoso el ser libre, en vez de tener seguridad; estará dispuesto a entregar su libertad si la coacción le viene disfrazada, si se pinta al déspota como un padre benévolo y se le hace sentir, no como una cosa poseída sino como un hijo amado al que se guía. Pero cuando no se hace esta ocultación, y el objeto de la posesión es consciente de lo que ocurre, su primera reacción es la resistencia, en todas sus formas y por todos los medios.

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La lucha contra la dominación, tome la forma que sea, tiene gran influencia sobre el que quiere dominar… La tentativa de poseer (tener) personas hace evolucionar forzosamente hacia el sadismo, una de las pasiones más repulsivas y pervertidas. El objetivo final del tener es tenerse a sí mismo. Tenerme a sí mismo significa que estoy lleno de mí, que soy lo que tengo y tengo lo que soy. El verdadero representante de este tipo es el narcisista cabal. Se llena sólo de sí mismo. Transforma el mundo entero en una cosa que él posee. No se interesa por nada ni por nadie fuera de sí mismo, a no ser como objeto que añadir a su conjunto de propiedades “Erich Fromm, Del tener al ser (1991).

 

Tags: Carlota EgáñezOpiniónTrujillo

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