Reflexiones | Por Eduardo Fernández  

Una de las ventajas que produce el acuartelamiento al que nos ha reducido la pandemia del coronavirus es que nos deja tiempo para la reflexión.

Pensar, por ejemplo, en la importancia de las virtudes teologales: fe, esperanza y caridad. Lo importante y consolador que resulta la fe en Dios, en su divina providencia. Lo importante y consolador que resulta la esperanza. La esperanza en un mundo mejor, en un tiempo mejor, en una vida mejor. ¡Qué importante resulta no dejarnos arrebatar la esperanza!

Y la mayor de las tres virtudes teologales: el amor. El Papa nos llama a trabajar por construir una civilización fundada en el amor, el respeto, la tolerancia, la solidaridad y la fraternidad.

¡Qué distinto sería el mundo si en lugar del odio, la avaricia, el egoísmo, prevaleciera el amor! ¡Qué distinta sería Venezuela si pudiéramos hacer que prevaleciera el amor! Tiempo para reflexionar en que las cosas a las que les atribuimos una importancia enorme no son tan importantes. En cambio hay otros asuntos fundamentales a los que no les prestamos suficiente atención.

Reflexionar sobre que siempre hay algo espiritual detrás de todo lo que ocurre, como dice Bill Gates.  Siempre hay algo bueno aún detrás de lo que consideramos como muy malo.

Reflexionar en el factor democrático que acompaña a la pandemia. Frente a ella todos somos iguales. Ataca por igual a los grandes personajes y a la gente más humilde. Nos obliga a recordar que todos somos iguales. En la doctrina cristiana, todos somos hijos de Dios y, por lo tanto, hermanos y, además, dotados de una dignidad muy elevada.

Reflexionar que el mundo, con todo lo grande que parece, es uno solo y que frente a la pandemia no hay fronteras que valgan, ni se necesitan pasaportes. Estamos todos conectados y lo que ocurre en China repercute en el universo entero. Las fronteras artificiales que han inventado los hombres tienen muy poco valor frente a un acontecimiento como el que nos ocupa.

Reflexionar sobre la importancia de la salud que tenemos que cuidar y proteger celosamente. La propia salud y la salud de los que nos rodean, de la familia, de los vecinos, de todos.

Reflexionar que la vida es muy corta y tenemos el deber de disfrutarla intensamente y no hay mejor manera que practicando el amor. Amar a Dios sobre todas las cosas y al hermano como a ti mismo. Allí está el secreto de la felicidad.

Seguiremos conversando.


Eduardo Fernández
@EFernandezVE

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