¿Por qué son malos los malos? | Por: Carolina Jaimes Branger

 

Carolina Jaimes Branger

La cuarta suspensión de la audiencia de Rocío San Miguel; que el joven Wilder Vásquez siga preso casi seis meses después de haber cumplido una pena de cinco años de cárcel;  que Armando Sarmiento, miembro de Brolleros TV, haya sido detenido por funcionarios de la Policía Nacional (PNB) en Coro, porque su crítica a la gestión de Nicolás Maduro fue considerada como “instigación al odio” y, por último, la detención de Dignora Hernández, secretaria política de Vente Venezuela, acompañada de sus gritos de angustia e impotencia y la presencia de unos funcionarios dispuestos a llevársela “como fuera”, todo esto solamente durante la semana pasada, me puso a reflexionar -por enésima vez- sobre por qué existen seres humanos tan malos. ¿Qué factores influyen en la aparición de comportamientos maliciosos y destructivos? No es una pregunta nueva. Es un tema que ha sido objeto de debate y reflexión a lo largo de la historia.

Muchos filósofos, psicólogos y sociólogos han intentado dar explicaciones a este fenómeno que parece tan intrínseco a la condición humana. Los seres humanos somos capaces de los actos más sublimes, y a la vez, de los más viles. ¿A qué se debe esa dualidad? ¿Somos todos así, o hay algunos que por distintas razones son (o deciden) ser malos?

¿Cuáles son algunas de las posibles razones por las cuales hay individuos que actúan de manera malvada y perjudican a otros sin razón y lo peor, sin remordimiento alguno? Una de las explicaciones más recurrentes es la que alega que para la existencia de seres humanos malos, la influencia del entorno social en el que se desarrollan es vital. Aquí es imprescindible echar mano del trabajo del sociólogo Philip Zimbardo, autor del libro «El efecto Lucifer: el porqué de la maldad», basado en su famoso Experimento de la Prisión de Stanford, cuyo objetivo era investigar cómo la dinámica de poder y la situación de estar en roles de guardia y prisionero podía afectar el comportamiento de las personas. En el experimento, un grupo de voluntarios sanos y mentalmente estables fue asignado al azar para actuar como guardias o prisioneros en una simulación de una prisión ficticia. Los participantes se sumergieron completamente en sus roles asignados, con los guardias ejerciendo autoridad y control sobre los prisioneros, y los prisioneros siendo sometidos a diversas formas de humillación y abuso por parte de los guardias. Repito: todos los participantes eran personas “mentalmente sanas”. El experimento se detuvo prematuramente después de solo seis días, ya que los participantes comenzaron a mostrar signos de angustia emocional y comportamientos extremos. Los guardias se volvieron cada vez más sádicos y abusivos, mientras que los prisioneros desarrollaron síntomas de estrés, ansiedad y desorientación. La situación se volvió incontrolable. Tanto, que Zimbardo decidió poner fin al experimento para evitar daños psicológicos duraderos en los participantes. En el libro, escrito posteriormente, sostiene que “las situaciones poderosas y las instituciones fuertes pueden corromper la moralidad de la persona”. En otro sentido, Zimbardo contempla que también es posible que las circunstancias particulares en las que se encuentran algunas, que viven en entornos de extrema pobreza, en los que imperan la violencia y la falta de oportunidades, influyan en su comportamiento y los lleven a actuar de manera perjudicial hacia los demás. Pero sobre esta afirmación me quedan dudas, porque la mayoría de las personas en ese estado, no son malas. Más bien son víctimas resignadas a su situación.

Está también el estudio del psicólogo Stanley Milgram sobre “la obediencia a la autoridad”, que se basó en la realización de una serie de experimentos de psicología social diseñados para investigar hasta qué punto las personas estarían dispuestas a obedecer las órdenes de una figura de autoridad, incluso si esas órdenes implicaban infligir dolor a otros individuos. El experimento consistía en tres roles: el experimentador (quien indicaba las órdenes a seguir), el maestro (quien creía que estaba aplicando descargas eléctricas a un aprendiz) y el aprendiz (un actor que simulaba recibir las descargas). El maestro debía administrar descargas eléctricas crecientes al aprendiz cada vez que este respondía incorrectamente a una pregunta, aunque en realidad las descargas eran simuladas y el aprendiz no sufría ninguna consecuencia real. El objetivo de Milgram era investigar la disposición de los participantes (maestros) a seguir las órdenes del experimentador, incluso cuando se daban cuenta del sufrimiento aparente del aprendiz. Los resultados del experimento fueron impactantes, ya que la mayoría de los participantes continuaron administrando descargas eléctricas hasta el nivel máximo, a pesar de las súplicas y gritos de dolor del aprendiz. El estudio de Milgram reveló la fuerte influencia de la autoridad en el comportamiento humano y plantea importantes cuestiones morales sobre la obediencia ciega y la responsabilidad individual en situaciones en las que se presentan conflictos entre la ética personal y las órdenes de una figura de autoridad. Esto sugiere, lamentablemente, que las personas son capaces de cometer actos malvados cuando se encuentran bajo la influencia de una figura autoritaria.

Por supuesto, existen enfermedades mentales -psicopatías y sociopatías- donde dichos trastornos psicológicos o condiciones mentales afectan la capacidad de empatía y moralidad de los seres humanos. Sobre este tema escribió el psicólogo Carl Jung “la maldad no es solo una cualidad moral, sino también un trastorno psicológico que puede manifestarse de diversas formas en la conducta humana”.

Hannah Arendt, la famosa filósofa judía-alemana, exploró la naturaleza del mal en su obra «Un estudio sobre la banalidad del mal». Arendt analiza el caso de Adolf Eichmann, un oficial nazi responsable de la organización logística del Holocausto, y argumenta que el mal puede manifestarse de manera banal en individuos que actúan de forma rutinaria y sin cuestionar las consecuencias de sus acciones.

También están los estudios de Richard Dawkins, biólogo evolutivo y autor de «El gen egoísta», donde explora la idea de que la evolución puede favorecer comportamientos egoístas y malignos en los seres humanos, ya que la selección natural “premia la supervivencia y la reproducción de los individuos, sin importar el impacto de sus acciones en otros”. ¡Qué angustia!

La “triada de la maldad” fue definida por el psicólogo clínico canadiense Paul Babiak y el experto en psicopatía Robert D. Hare, quienes acuñaron el término en su libro “Serpientes en trajes: cuando los psicópatas van al trabajo”. En este libro, Babiak y Hare describen la triada como la combinación de tres rasgos de personalidad oscuros: el maquiavelismo, la psicopatía y el narcisismo. Estos rasgos se consideran socialmente negativos y pueden manifestarse en comportamientos manipuladores, insensibles y egocéntricos en individuos que exhiben esta combinación de características.

Estos son solo algunos de los autores que han abordado el tema de la maldad en los seres humanos desde diferentes perspectivas y disciplinas. Cada uno de ellos ofrece una visión única y valiosa sobre la naturaleza de la maldad y los factores que pueden influir en su manifestación en la conducta humana. Y ciertamente, no hay conclusiones absolutas sobre la psicología del mal. Maquiavelismo, narcisismo o psicopatía, todos terminan manifestándose como falta de empatía, manipulación, búsqueda de poder y control, superficialidad emocional y la tendencia a la impulsividad y la violencia. ¿Evolución o involución?

A mi modo de ver, en Venezuela vivimos una involución acelerada y, por desgracia, sin frenos. Y pareciera que no somos la excepción en el mundo. ¡A amarrarse los cinturones!

 

@cjaimesb

 

 

 

 

 

 

 

 

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