Navidad y los símbolos de Nochebuena

El Ángel

Envuelto en los mantos de neblina, el paisaje de Judea  virtuoso por los destellos del ángel en oro y azul. Había descendido el enviado del Señor de aquel cielo nocturno para apaciguar la cólera de José, víctima de los tristes pensamientos de amor. Horas antes el carpintero había repudiado a la dulce María, porque sin conocer la miel Virgen, el jardín cercado de la amada, creyó por el volumen de aquel hermoso vientre en la amargura de la violación   por algún desconocido para ese reino que le pertenecía.

Más el Ángel con su música maravillosa confortó su corazón desolado y entre los perfumes de las flores y árboles silvestres de aquel sueño, díjole: «José, hijo de David, no temas recibir en tu casa, a tu esposa, pues lo concebido en ella es obra del Espíritu Santo. Darás a luz un niño a quien pondrás por nombre Jesús, salvará a su pueblo de pecados. Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que el señor había anunciado por el profeta, que dice: He aquí que una virgen concebirá y parirá un hijo y se le pondrá por nombre «Enmanuel» que quiere decir «Dios con nosotros».

El Ángel de la Anunciación vio sonreír -a José- como manifestación de felicidad de la buena nueva, entonces recitando trozos del Cantar de los Cantares: levántate ya, amada mía, hermosa mía, y ven, que ya se ha pasado el invierno y han cesado las lluvias. Ya se muestran en la tierra los brotes floridos, y ha llegado el tiempo de la poda, y se deja oír en nuestra tierra el arrullo de la tórtola. Paloma mía que anidas en las hendiduras de las rocas, en las grietas de las peñas escarpadas, dame tu rostro, hazme oír tu voz. Que tu voz es dulce, y en encantador tu rostro.

Y dice el Evangelio de San Mateo que al despertar José de su sueño, hizo caso al ángel del señor, recibiendo en casa a su esposa, la cual, sin que él antes la conociese, dio a luz un hijo, y le puso por nombre Jesús.

La Estrella

Inmensa la estrella, afirman, los narradores de ese tiempo, que era Venus, y cubría con sus destellos todo el cielo del Oriente y regaba con su oro el desierto, los campos, las ciudades y las aguas nocturnas.

Los viajeros, que devoraban las peligrosas rutas, dialogaban bajo su luz. Los nómadas, lo errantes por las arenas, desafiantes del simún, recibían con alegría aquella diafanidad proveniente del astro centelleante. Y cuantos y coros de salmos esparcíase ante esa maravilla por los caminos, bosques, tierras secas y umbrosas desde Persia hasta Jerusalén.

La estrella caminaba y caminaba en el cielo y la gente se preguntaba: ¿HacIa dónde va ese inmenso astro que semeja una inmensa nave surcando los aires de la bóveda celeste? Y alguien, respondió: Esa gigantesca barca de luz que irradia amor entre los hombres y mujeres, que guía a los viajeros ungidos por Dios para dar la buena nueva del milagro, va hacia la cuna de David, en tiempo del invierno del  jardín más cautivante de la Tierra.

Y la estrella que había hecho aquel recorrido sorbiendo la fragancia de los perfumes el Líbano, las flores de Persia, los néctares de Babilonia, se estacionó en un pueblo de Palestina, señalándoles a tres viajeros que solían decirle a los habitantes que les abrían las puertas de las ciudades, que eran reyes, y magos, que allí en ese lugar llamado Belén, había nacido a cielo descubierto el rey de los judíos.

Desde ese entonces la humanidad ama poéticamente a la estrella de Oriente que sirvió de guía para señalar el nacimiento del más puro amor sobre la tierra.

Los Reyes Magos

Eran reyes, hechiceros y astrólogos. San Mateo los pinta en su Evangelio como sabios que venían de Oriente para adorar a Jesús. San Beda “El Venerable” los bautiza como Melchor, Gaspar y Baltazar y los enlaza como viajeros que representan a Europa, Asia y África, portando oro, incienso y mirra.

Pero la leyenda los abriga con el manto de la poesía, unidos por la estrella en aquella ruta que los lleva a Belén a postrarse ante el Niño Dios.

Dejemos que la elegante prosa bíblica de San Mateo nos lleve hacia la magia de ese milagro: «Nacido, pues Jesús en Belén de Judea, en los días del rey Herodes, llegaron de Oriente a Jerusalén unos magos, diciendo: ¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Porque hemos visto su estrella al Oriente y venimos a adorarle.

Al oír esto el rey Herodes se turbó, y con él todo Jerusalén, y reuniendo a todos lo príncipes, sacerdotes y escribas del pueblo, les preguntó dónde había de nacer el Mesías. Ellos contestaron: En Belén de Judá, pues así está escrito por el profeta: “Y tú, Belén, tierra de Judea, de ninguna manera eres la menor entre los clanes de Judá, pues de ti saldrá un caudillo que acompañará a mi pueblo Israel”. Entonces Herodes llamando en secreto a los magos, les interrogó cuidadosamente sobre la aparición de la estrella, y enviándolos a Belén, les dijo: Ustedes han informaos exactamente sobre ese niño, y cuando lo halléis, comunicármelo, para que vaya también yo a adorarlo”.

“Después de haber oído al rey, se fueron, y la estrella que habían visto en Oriente les predecía, hasta que vino a pararse encima del lugar donde estaba el niño. Al ver la estrella sintieron grandes gozo, y, llegando a la casa, vieron al niño en María, su madre, y de hinojos le adoraron, y, abriendo sus cofres, le ofrecieron como dones, oro, incienso y mirra. Advertidos en sueños de no volver a Herodes, retornaron a su tierra por otro camino”.

Nochebuena

Cuando la estrella se colocó enseñando el lugar donde la Virgen acariciaba a su hijo, éste contaba apenas con 13 días, desde la noche de la natividad que con el correr de los años y siglos se convertiría en la más fragante y jubilosa Navidad.

La medianoche del 24 de diciembre, según el Evangelio de San Mateo, aseguró que aquel Ángel de la anunciación que en sueños hizo exiliar el rencor y el dolor que ahogaba a José, quien había repudiado a María, se presentó con un coro de ángeles para llenar el cielo de Belén de la más sublime música y de cánticos poéticos.

En aquel lecho de paja de la rústica casa del carpintero, junto a una mula y un buey, nacía el Niño Jesús. La Virgen ruborizada le miraba el bello rostro, radiante por los destellos de la estrella de Oriente. Y desde los huertos cercanos penetraban el olor de las flores de invierno.

Y desde entonces aquella noche fue Nochebuena, noche de amor, de noche de paz, noche de hermandad y regocijo para toda la humanidad.

La Adoración

Pocos fueron los pastores y sus mujeres que vinieron a conocer el fruto hermoso de María, pues todavía en la comarca de Belén, se dudaba del Ángel que en sueños se le apareció a José anunciándole el milagro. No obstante los vecinos fueron convencidos por los destellos de las estrellas, de que había acontecido algo extraordinario, lo que los hizo acudir a la Adoración.

Doce siglos más tarde, en una aldea para ese tiempo de umbría, San Francisco de Asís representaba por primera vez, simbólicamente, aquel nacimiento que en base al lecho de paja y a los animales llamaría pesebre.

Y junto a la creación del fundador de la orden Franciscana, los más grandes pintores como El Grotto, Cimabue, Rafael Leonardo, Della Francesca, Beccafumi y Van der Werden, rendirían en sus obras plásticas la adoración al Niño Dios, y a su madre, la Virgen María.

Noche de Navidad

Como decíamos en la anterior entrega, en la Navidad de otros, el recatamiento llega a los hogares en la noche de Navidad. En las casas pueblerinas se respira la fragancia del paramito, se habla entre tragos de aguardiente de aquella serena y milagrosa hora de Belén. Los crédulos miran el cielo con el afán de divisar la estrella y cuando se calcula que son las doce se pone el niño en el pesebre y surgen las oraciones, se desprende el hálito de ternura, se recitan dulces salmos, nace el mensaje fraterno de amor, el remanso de paz, el desborde la alegría y la felicidad.

En la ciudad, los bailes modernos destrozan el espíritu navideño, la tradición persiste en las hallacas, en el manto de solidaridad que comunica ese «torrente mágico”, en la sublimidad que brota de la antigua canción germana «Noche de paz».

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