La tarde andina no solo traía neblina; venia junto a ella el peso de los siglos y la urgencia de los sueños inconclusos. El murmullo del rio Albarregas, que corría al fondo del Parque La Isla, no sonaba a lamento, sino a un llamado urgente.
Don Mariano Picón Salas permanecía inmóvil ante la corriente, con la mirada fija en el agua, como quien busca en el cauce los reflejos de aquella Mérida que el mismo definió como una geografía espiritual, una altiva torre de la inteligencia.
Fernando Chuecos Unda se acercó despacio. Sus pasos no hacían ruido sobre la hojarasca, pero su presencia vibraba con una audacia eléctrica. Bajo el brazo, los planos del Master Plan Albarregas Hubs emitían un tenue fulgor, un mapa de luz que desafiaba la penumbra del bosque.
Maestro, dijo Fernando, rompiendo el sagrado silencio con una voz que temblaba de respetuosa emoción. He venido a buscar al visionario. He venido a decirle que el sueño no ha muerto. Que la audacia de fundar el mañana sigue viva en este valle. Don Mariano se volvió lentamente. Su rostro surcado por los años y la sabiduría, se ilumino con una sonrisa melancólica.
Ay Fernando… los visionarios de este suelo siempre tuvimos una sensibilidad casi dolorosa por nuestra tierra. Soñamos una Mérida que fuese el faro de América, un claustro de mentes universales. Pero a veces me temo que el frio de las dificultades haya congelado la osadía de nuestra gente. Mira estas piedras, esta Casona…
Queda espacio para la audacia en un valle que parece haber aprendido a conformarse?
Fernando dio un paso al frente, con una determinación inquebrantable. Extendió el plano del ecosistema tecnológico sobre el viejo banco de piedra, y al hacerlo, las líneas digitales parecieron encender las raíces de los bucares circundantes.
Nosotros no nos conformamos, Don Mariano. Recogemos el testigo de su fuego. El Parque La Isla ya no será un simple recuerdo de la Mérida cafetalera; será el epicentro del despertar.
Vamos a intervenir este territorio con una sensibilidad sagrada, respetando cada árbol, curando las aguas del Albarregas, pero con la audacia implacable de los creadores del siglo XXI. Construiremos 9 pabellones de innovación bajo la consigna de aprender creando.
Es hora de que Mérida exporte soluciones al planeta entero!
Don Mariano se acercó al mapa de luz, fascinado. Rozó con sus dedos los trazos que dibujaban el Centro de Convenciones Mucucharasti, transformado en el gran Hub de negocios global, y las coordenadas del Cidiat integradas al tejido vivo de la ciudad.
Hablas con la vehemencia de los antiguos fundadores, muchacho, murmuro Picón Salas, y sus ojos brillaron con el reflejo de la tecnología humanizada.
Pero una transformación de esta magnitud requiere un orden, una fuerza que sostenga el milagro.
Como evitar que la burocracia marchite la belleza del sueño?
Con una nueva gobernanza, Maestro, respondió Fernando, y su voz adquirió la firmeza de un decreto; crearemos la Corporación de desarrollo, innovación y competividad. No será un ente de escritorios lentos, sino un motor ágil regido por un Ceo Urbano, un gerente con la mente en el futuro y los pies bien sembrados en nuestra identidad. Impondremos un Ordenamiento Territorial Inteligente que proteja este pulmón verde, mientras lo convierte en una Zona de Innovación Especial. Y sellaremos este pacto con una nueva marca ciudad: Mérida, el Valle del conocimiento.
Volveremos a ser competitivos, no por compasión del mundo, sino por la brillantez de nuestro propio talento.
Don Mariano cerró los ojos, respirando el aroma a tierra húmeda y neblina. En su pecho resonó el eco de Don Tulio Febres Cordero, de Caracciolo Parra Olmedo, de todos aquellos gigantes que alguna vez miraron estas mismas montañas y se atrevieron a diseñar el futuro desde el aislamiento de los Andes.
Sensibilidad para no olvidar quienes somos…y audacia para reclamar nuestro lugar en el mundo, dijo Don Mariano, y su voz ya no era un murmullo, sino un trueno contenido.
Si, Fernando. Eso es el arraigo. El verdadero sentido de pertenencia no es aferrarse con nostalgia a las ruinas del pasado, sino tener el valor de sembrar el porvenir en nuestra propia tierra, para que nuestros hijos no tengan que buscar mañana en horizontes ajenos.
El gran escritor levanto su mano y toco el plano digital. En ese instante, una chispa dorada recorrió los senderos del Parque La Isla.
Vayan, entonces. Despierten al gigante.
Que la Corporación sea el escudo y el Ceo Urbano la espada de esta cruzada del intelecto.
No tengan miedo de ser audaces; los viejos visionarios de este valle caminamos a su lado. Que Mérida le demuestre al mundo, una vez más, como el conocimiento es capaz de hacer amanecer en medio de la noche más densa.
La silueta de Don Mariano comenzó a difuminarse, transformándose en una ráfaga de viento fresco que soplo con fuerza hacia las cumbres.
Fernando sonrió, con el corazón encendido de una esperanza indomable. Recogió los planos de la nueva Mérida y miro fijamente la Casona: el viaje al amanecer había dejado de ser un plano en el papel para convertirse en el destino inevitable de todo un pueblo.
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