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LAS MUJERES QUE SON NADA | Por: Valeria Ospina

por Redacción Web
08/03/2026
Reading Time: 9 mins read
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Valeria Ospina

«No soy una mujer atrapada en un cuerpo; soy un cuerpo que narra una historia

que el mundo aún no sabe leer.» — Eli Clare

 

En algún lugar de Latinoamérica en el que viví, un doctor puso sobre la mesa la posibilidad de hacerme una histerectomía no solo por mis problemas en los ovarios, sino también porque, al ser una mujer con una discapacidad de nacimiento que me modifica el modo de vivir y convivir, era más propensa a no poder defenderme en casos de agresión sexual; entonces la histerectomía. El retiro de mi útero —que es la señal biológica de lo que soy— se me quiso vender a los 16 años, sin yo tener ni un mínimo interés en la planificación familiar, el renunciar a una parte de mí como un método de control del daño, estar vacía era opción ante una violencia masculina sistemática que lleva años y que, conforme avanzamos como sociedad, se nos sigue saliendo de las manos y que, siendo suficientemente racionales, siempre existirá; la violencia es casi un impulso natural humano y poco sabemos de cómo se erradica por completo, para mi, ya no era raro que el sistema que me ve como semiutil y defectuosa, me pidiera cambiar, si no me lo pedia la discapacidad, me lo exigen por el género

Aquello no quedó más que en una propuesta chocante y un sabor agridulce en la boca que, después de procesado emocionalmente a través de la sorpresa, la incomodidad y la impotencia, creó un pensamiento que hasta hoy, que han pasado varios años, me hace eco en la cabeza: “Hay que enseñarnos como sociedad el poder femenino completo, no por partes; hay que enseñarnos como mujeres a ser mujeres, a ser completas, no rotas ni por piezas, hay que enseñarles a todos el poder ser nada”. Y que esto te lo diga una mujer con discapacidad es el sobreentendido de que esto no se trata solamente de, literalmente, defender la integridad de su cuerpo y su biología; se trata de defender la integridad de su ser. Que su capacidad espiritual, álmica y de razón no se vea empañada por el género, no la determine un órgano o la forma de su cuerpo que se cubre con cierta ropa, que no esté su potencial guiado bajo cierto rol específico que cumple ante el grupo en el que se desarrolla.

Empezar a vernos como iguales, considero yo, no es cosa de ver quién tiene mejores o peores condiciones y debido a qué las tiene o qué puede hacer con ello. Me atrevería a asegurar que empezar a vernos como iguales es una cosa más de conciencia espiritual, de ver desde cualquier prisma de la cosmovisión y las creencias que todos somos la misma “cosa enigmática” interna viviendo una experiencia humana externa por alguna razón que algunos quieren llamar “Dios”, pero que nadie conoce, somos un nada queriendo saber todo.

Encontrar las razones de lo que es más allá de nuestra conciencia nos ha quitado tanto el poder de valorar la experiencia y lo que se percibe con la humanidad de la carne… Como si, en serio, no fuéramos enviados con la sentencia de que esto que tenemos algún día caducará o nosotros lo haremos primero. Sin embargo, saber que nuestra experiencia de vida, aunque se parezcan unas a otras, no se repite, no nos exime de la responsabilidad que tenemos al accionar en la vida de otros; y tratando de manejar esa responsabilidad es que nos organizamos como sociedad. Naturalmente nos necesitamos unos a otros; incluso en los momentos de soledad, nuestros pensamientos —que son lo más íntimo de nuestro ser— son las palabras que alguien nos dio para construir la realidad que nos permite la experiencia de vivir

Es esa “corresponsabilidad con el otro” lo que nos organiza como masa; entiendo que es necesario y que así ha sido siempre, que seguirá siendo, pero no nos damos cuenta de que cuando la sociedad te organiza, te cobra algo a cambio: tu tiempo, tu energía, tu intimidad o cualquier cosa que sea útil para la masa y el bienestar compartido.

—Este texto no va de fomentar un desinterés por el otro, quiero decirlo literalmente— que a veces raya en el sacrificio, en estar quemado, agotado y cansado o preocupado. A veces, incluso para la masa es conveniente el individuo quieto y distraído ante los grandes cambios; y cuando se es mujer, estás demasiado ocupada intentando encajar en tu lugar social; desde tu individualidad y tu género, no por convicción, preferencia, comodidad o facilidad, sino por supervivencia; porque en esa fila de organización, durante siglos, han estado primero los hombres, a veces hasta dejando aplastada entre sus cuerpos la existencia femenina.

Siendo arrolladora como una estampida animal que te lesiona y simplemente no te deja caminar para avanzar hacia un lugar tú misma: tienes que ser madre antes que esposa, y esposa antes que mujer, cuando la realidad es que para nosotras no hay nada antes de ser mujer, porque con eso nacimos y con eso moriremos… Y sé que muchos de ustedes, lectores, dirán que el mundo moderno ya no es tan así, que las mujeres tienen más poder de decisión y, aunque negar los avances sería invalidar años de lucha, no hay que olvidar que nuestra violencia natural no se puede ni se podrá erradicar del todo: hoy, la violencia tiene nuevos blancos, nuevas formas de emerger tan sutiles pero dolorosas como una aguja, que muchas de nosotras están volviendo a aspirar a la violencia tradicional —perdón— a los valores tradicionales, porque, pues, sencillamente es mejor un malo conocido que sabes cómo tratar, a un malo por conocer que no sabes qué es lo que puede hacer contigo. Antes no estábamos mejor; simplemente todo era menos peor.

A las mujeres que rompieron la fila y eligieron un lugar gracias al avance social también se les apedrea, solo que de formas modernizadas: la que eligió no ser madre, pero sí profesional, tiene que ser la mejor porque ese es el pago de dejarla ser; la que eligió ser inteligente no puede ser también bonita, porque ese es el pago de dejarla ser; la que eligió ser novia sin ser esposa no puede aspirar a mucho, porque ese es el pago de dejarla ser; la que eligió el arte solo puede ser sensible y dulce, porque ese es el pago por dejarla ser; la que eligió ser empoderada no puede no querer poder sola, porque estar sola fue el precio para dejarla ser.

La que solo recibe las piedras es víctima; la que las lanza de regreso es victimaria; y la que construye algo con eso es una mujer de admirar que está en un pedestal inamovible. Todas renunciaron a algo: a la calma, a la paz, a la posibilidad de equivocarse

La mujer siempre ha estado renunciando a partes de sí por encajar, y quejarse en el proceso de elegir no es válido porque al final del día está el uso de un privilegio; pero incluso en los privilegios hay incomodidades que no dejan de arder: a veces arde usar un privilegio enfrente de otros, incluso. Pero las redes sociales y el sistema solo saben etiquetar y archivar para juzgar y mostrar lo que hicieron del individuo.

¿Qué tal si le enseñáramos a las niñas la libertad de ser nada? La libertad que ellos nos están otorgando al reducirnos a prácticamente nada —porque las sociedades son demasiado pequeñas en comparación al universo— es que en la nada cabe el todo; cabe una mujer completa que, aunque esté rota por los daños, puede quedarse completa siempre.

Quizá así podamos tener mujeres que no tienen que elegir, solo tienen que vivir; y podamos tener hombres que entiendan que no tienen que violentar para obtener, solo tienen que dar libertad. Y eso, a ambos, dará frutos. Cuando entendemos que la madre del amor es la libertad —porque amar no es halar ni empujar, sino sostener en el aire y mantener las condiciones para la vida—, quizá todo cambie. Aunque pensar en que lo lograremos es utópico y hasta ridículo, alguien tiene que decirles a las mujeres que cuando por años les dijeron que no son nada, les estaban dando la clave de vivir.

Cuando no esperas nada, todo lo que recibes es bueno; cuando no eres nada, puedes ser lo que sea. Cuando un hombre no ve nada en una mujer —ni un objeto, ni un rol, ni un beneficio, ni la ropa, ni el título, ni el deseo, ni como parte de sí—, puede verla como una mujer completa. Y aunque ellos crean que esto no los beneficia, la realidad es otra: si las mujeres incompletas han construido todo un mundo, imagínense lo que harán las mujeres completas; si las mujeres incompletas han amado desde la necesidad de sobrevivir, imaginen lo mucho que aman las mujeres libres y cuánto hacen por ello.

El feminismo de la nueva era no va de odiar a los hombres, ni de pasar la vida entera explicándoles sobre lo que nos hacen; es hacerles entender —a todos y todas— que la violencia se nos cuela por rincones chiquitos y nos apresa. Pero si elegimos la libertad por encima del ego, la comodidad y la competencia, todos ganamos. Gana el ser humano por encima de la sociedad y se sostiene una mejor comunidad. Cuando el hombre no elige desde el rol, su cerebro también es un poco más libre y entonces tiene el alma despierta para retribuir todo lo que puede dar una mujer completa. Contrario a lo que nos dice el sistema, no todo es desigualdad y transacción; a veces, la salvación de todos está en la sintonía. No todo es utopía, claro; la base de la construcción es, a veces, la destrucción y, en ese sentido, una utopía es inalcanzable: jamás será exactamente lo que queremos. Pero tampoco habrá un mesías. Solo conocemos esta vida; solo nos queda intentarlo nosotros.

Como los humanos son nada, pueden serlo todo por voluntad, incluso ser el apoyo de otro por el gusto de serlo. Esto no va de odiarnos unos a otros, ni de entendernos siempre; va de saber sostenerse aun cuando tienen la libertad de irse, de confrontarse… Se nos olvida que el 8 de marzo se conmemora por un deseo reprimido de libertad para huir de un incendio que trajo consigo humo morado, como diciéndole al viento —la presencia tangible de la libertad— que no se olvidara de pedirnos ser libres en más de un modo; porque tampoco se trata de volver a juzgar el modo en como una de nosotros decidió ser libre.

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Se nos olvida que Virginia Woolf habló de libertad cuando dijo: “Escribid, mujeres, escribid, que durante años os fue negado”. Hoy, desde mi libertad, les digo: “Vivan, mujeres; vivan como les nazca, vivan 5 vidas en una, si pueden y quieren, obtengan lo que su deseos quieren, que nacer no es vivir y les será quitado. La violencia no se irá, pero vivir y no resistir es su destino, estar completas es la meta”.

Si te hace sentir completa ser madre, que lo seas; si te hace sentir completa ser esposa, que lo seas. Que seas profesional y bailarina; que seas muchas caras en un cuerpo, porque no estás bajo el grillete de la supervivencia, sino sujeta a la brújula de la vivencia. Ser libre es elegir ser la mujer feliz más que la resistente, porque la felicidad trae su propio sufrimiento: la felicidad es sentir paz a pesar del sacrificio. No viene atada a roles, etiquetas o apellidos. Quiero y deseo que sepas verlo para que no sacrifiques cosas por encontrar la felicidad; no es un destino ni hay paradas o peajes en el camino

No tienen que ser la tendencia, ni la influencer, ni el número; tampoco la ‘vinculada a’, ni la mejor en algo, ni parte de un grupo. No son su diagnóstico, ni su identidad digital, ni su ropa, ni la víctima de, o si quiera eres lo que hiciste. Al que las vea como ‘nada’, denle la razón… y séanlo todo, pero su propio todo, no te tienen que elegir, ni tu tienes que elegir, solo ser, solo suceder y sucederle a los otros, existir es revolucionar y bien lo sabe el cuerpo de tu madre que para parirte hombre, que para parirte mujer tuvo que cambiar.

No permitas que te vacíen; mejor habita tú el vacío y llénalo, que siempre podrás.

 


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Tags: Día de la MujerFeminismoValeria Ospina
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