Por: Francisco González Cruz
El pueblo soberano es lo que nos queda a los venezolanos en esta hora oscura de la historia nacional. Un pueblo mayoritariamente unido en torno a la idea de patria, paz, familia, trabajo y bienestar, pero que está harto de la miseria, la mentira y la corrupción. Ve con horror la cínica actitud de quienes administran la enorme riqueza nacional, sin que se resuelva ninguno de los problemas acumulados en estos ya largos tiempos de precariedad.
No obstante, la experiencia de estos años templó el carácter nacional y maduró la conciencia colectiva. La humillación inaudita de ver una nación soberana sin institucionalidad decente, bajo la tutela de un poder extranjero y viviendo cada día peor, ha obrado el milagro soñado desde la génesis de la República: la existencia mayoritaria de ciudadanos republicanos.
Frente a esta realidad, constatada por las encuestas, por las opiniones de los más calificados expertos —incluyendo el informe del Programa de las Naciones Unidas ‘Lo que nos une’— y por diversas investigaciones independientes, no queda otra alternativa que movilizarse sin cansancio para exigir la oportunidad de que el pueblo se exprese en unas elecciones libres, organizadas por un Consejo Nacional Electoral honesto y adecuadamente supervisadas por expertos internacionales calificados.
Ya no hay otra alternativa. La continuidad de la realidad actual es contradictoria con las legítimas y justificadas aspiraciones nacionales, pero además puede frustrar la ‘hoja de ruta’ de las tres etapas planteada por el gobierno norteamericano: estabilización, recuperación y transición. De lo contrario, se acelerará el colapso institucional y social, mientras continúa la corrupción y las necesidades básicas siguen sin satisfacerse. Las empresas serias no pueden hacer negocios en medio de esta grave ilegitimidad, por lo cual la apertura de un sistema de mercado moderno es imposible; la renovación de los órganos del Estado ha sido una burla y la Ley de Amnistía, una ofensa a la justicia».
No queda otra opción que agilizar la transición democrática mediante la renovación de las autoridades electorales y la convocatoria inmediata a elecciones libres, transparentes y bajo estricta supervisión internacional. Este paso permitirá delegar el control a un nuevo gobierno nacional. Contrario a las narrativas de conflicto, aquí no hay espacio para el desorden social ni nadie desea una guerra civil. La realidad es mucho más simple: existe una minúscula cúpula empeñada en enriquecerse a costa de los recursos de la nación, frente a una mayoría histórica e inédita que solo anhela la paz, la reunificación familiar y el derecho a trabajar para construir su propio bienestar.
Lo que nos queda a los venezolanos es el valor de un pueblo más unido que nunca, decidido a poner fin a esta larga pesadilla. Es la hora de los ciudadanos; es el “bravo pueblo” el que tiene la palabra y el derecho inalienable de decidir su propio destino.
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