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La Guaira: una tragedia desde la soledad y el silencio de la oscuridad (+Fotos)

por Mariana Duque
08/07/2026
La Guaira: Una tragedia desde la soledad y el silencio de la oscuridad  /  Fotos: Carlos Eduardo Ramírez

La Guaira: Una tragedia desde la soledad y el silencio de la oscuridad / Fotos: Carlos Eduardo Ramírez

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**Estar de noche en La Guaira después de los terremotos del pasado 24 de junio, es entender la magnitud de la tragedia desde la soledad y el silencio de la oscuridad. Diario de Los Andes recorrió sus calles, conversó con sobrevivientes y voluntarios. El dolor no pasa, queda en los corazones de quienes aman a Venezuela y luchan por reconstruirla de las cenizas que dejaron los movimientos telúricos de magnitud 7.2 y 7.5.


 

Mariana Duque Omaña

Fotos: Carlos Eduardo Ramírez / Mariana Duque

El corazón latía con fuerza y la respiración se entrecortaba al ingresar al segundo túnel que da paso a La Guaira. El cielo cambió de color, el aire se tornó denso y costaba respirar. Ya no se definía el olor a playa, característico de la zona, lo que percibía el olfato era una fragancia ácida, mezclada con tierra, pescado y quemado. Los ojos buscaban de un lado a otro de la carretera las secuelas de aquel 24 de junio de 2026, cuando la tierra tembló con tanta fuerza que estremeció el alma de venezolanos y extranjeros.

Eran las 7:15 p.m., del martes 30 de junio de 2026 cuando aparecieron las letras de Vargas y La Guaira al lado izquierdo de la vía, mientras que al derecho las luces de navidad entre los árboles rememoraba lo que apenas pocas horas antes era este estado costero, uno de los lugares turísticos más bellos del país. Al fondo, un atardecer hermoso, pero entristecido, se ocultaba de forma paulatina.

Cinco minutos después aparecieron los vehículos oficiales. Allí estaban los Silos de La Guaira, lugar a donde trasladan los cadáveres de las víctimas del doble terremoto. Los funcionarios entraban y salían, mientras los ciudadanos esperaban a las puertas por una respuesta sobre sus seres queridos.

A las 7:30 p.m., se observaron las primeras máquinas estacionadas a un lado de las ruinas de un edificio. De lado y lado había estructuras que, aún en pie, eran cascarones vacíos, con pocas paredes y sin ventanas; parecía el rastro de una guerra que se perdió y de la que sólo quedaba la oscuridad y el asombro de quienes pasaron más de 20 horas en carretera desde el estado Táchira para llevar ayuda humanitaria.

Mientras tres camiones cargados con alimentos, ropa, medicinas, pañales, kits para niños, colchonetas, herramientas de trabajo y productos de higiene personal, junto a tres camionetas con voluntarios, avanzaban en el recorrido, surgieron las ruinas de las residencias Sol Mar, cuyo nombre quedó escrito al estilo grafiti en una pared que resistió el impacto. No había electricidad en la zona, tan sólo las luces de los carros permitían ver entre las sombras de la noche.

Montañas de escombros continuaban en el camino. En la mayoría de ellas trabajaban voluntarios, venezolanos y extranjeros, con y sin experiencia, que buscaban vida entre el cemento, provistos de linternas o de paneles solares que alguien, con mejores posibilidades económicas, llevó para intentar recuperar a sus familiares.

El golpeteo de las palas de trabajo, el rugir de las motocicletas, el sonido de unas plantas eléctricas y las cornetas de los vehículos era lo único que se escuchaba en medio de la desolación. Mientras tanto, quienes apenas descubrían cómo quedó La Guaira después del terremoto, no dejaban de lamentarse y de pedirle a Dios por las personas que seguían bajo los escombros.

A las 7:43 p.m., se registró el ingreso a Los Corales, donde viviendas grandes mostraban sus paredes quebradas, inclinadas, con cintas de peligro y marcas con la «D» de demolición y la «R» de revisado escritas en rojo, tras las inspecciones de los organismos de rescate y salvaguarda. Las más afectadas tenían a un lado los escombros de sus paredes, mientras que en una esquina, los vecinos pernoctaban al frente de sus casas porque temían el saqueo de lo poco que quedó en pie.

A las 8:00 p.m., desde uno de los camiones que transportaba la ayuda humanitaria procedente de Rubio, municipio Junín del estado Táchira, comenzó la descarga de mercados, kits para niños y medicamentos. Los habitantes de la zona se ubicaron al frente y formaron una fila en absoluto silencio. El bullicio característico de los venezolanos cuando se unen en un espacio desapareció, la tristeza invadió a todas las familias. Unos lloraban la muerte de sus seres queridos, amigos o vecinos; otros lamentaban la pérdida de sus hogares y ver que su terruño, La Guaira, estaba de nuevo bajo las ruinas.

Entre ellos se encontraba Juan Morón Arreaza, un hombre de más de 70 años de edad que tenía vendado el tobillo derecho, debido a que una pared de su casa cayó sobre él durante los movimientos telúricos. Sobrevivió al terremoto de 1967, a la vaguada de 1999 y ahora al doble terremoto de 2026. En esta oportunidad, una de sus hijas, su nieta y su yerno perdieron la vida cuando se derrumbó el edificio donde residían en el Club Residencial Caribe, a tan sólo seis cuadras de su hogar.

Juan no recibió apoyo del Gobierno para el rescate. Con la ayuda de sus hijos, vecinos y voluntarios, sacó los cuerpos de las ruinas y los trasladó al Puerto de La Guaira, lugar donde posteriormente se le extraviaron. Pasó cinco horas buscándolos entre cadáveres descompuestos que yacían en el suelo, hasta que dio de nuevo con ellos para sepultarlos en una fosa común.

“Estaban todos en el piso, pero no totalmente clasificados y numerados, por eso es que sucedió esto. Hay muchos familiares que buscan y lo más triste y lo más traumático para nosotros fue tener que revisar cadáver por cadáver, lo cual no es nada fácil porque eso perturba a cualquier ser humano”, relató.

Con un mercado a su lado y cajas de medicamentos, Juan Morón agradeció al equipo de una alcaldía del estado Táchira que se desplegó en la zona, por viajar desde tan lejos para brindarles apoyo, pues reiteró que las autoridades nacionales, regionales y locales los abandonaron: “Aquí no hemos tenido la ayuda del gobierno nacional. Aquí no han traído agua, no han traído alimentos, estamos totalmente desasistidos”.

A las 8:26 p.m., avanzó la caravana con la ayuda humanitaria. Los carros hacían su recorrido con lentitud, lo que permitía observar, como en cámara lenta, más edificios derrumbados uno tras otro, las labores de rescate en la penumbra, vehículos aplastados por muros de concreto, los restos de las Residencias Coral Bella, del restaurante El Yaque y, en una esquina, un ascensor que quedó intacto en medio de la destrucción total de la estructura de la que formaba parte. Una imagen tenebrosa en medio de la oscuridad de aquella noche.

Foto Mariana Duque

El campo de golf de La Guaira

Una de las paradas para la entrega de suministros se efectuó en el campo de golf de La Guaira, ubicado en Caraballeda. Lo que hasta las 6 de la tarde del 24 de junio de 2026 representaba un símbolo de opulencia, se convirtió en un refugio para familias damnificadas. Para el 30 de junio, el lugar albergaba a unas 500 personas. A su alrededor sólo se veían estructuras colapsadas o a medio caer, mientras se escuchaba el eco de las máquinas que retiraban los escombros.

Un efectivo del Cuerpo de Bomberos acompañó a la caravana tachirense en las entregas. Para controlar el orden se presentaron dos efectivos del Ejército, quienes se limitaron a preguntar de dónde provenían los voluntarios y contemplaron inertes la distribución.

 

Hombres, mujeres y niños conformaron una hilera. Todos vestían shorts, franelas, franelillas y cholas. En sus rostros se reflejaba el agotamiento y la ansiedad por recibir con rapidez lo que transportaba el camión. Primero obtuvieron kits de higiene personal, y posteriormente ropa, mercados y juguetes, aunque no todo pareció interesarles. Varias bolsas con ropa terminaron rotas y las prendas quedaron abandonadas sobre la tierra del campo de golf, como si hubiese pasado un huracán.

En la fila, dos mujeres de más de 40 años conversaban entre sí. Al preguntarles sobre los sismos, una de ellas, quien prefirió no dar su nombre, indicó que vivía en el edificio OPPPE 26, residencias construidas por la Gran Misión Vivienda Venezuela (GMVV), en donde permanecían nueve de sus familiares bajo los escombros. Ambas afirmaron que carecían de ánimo para relatar lo ocurrido, pues su mente y corazón se concentraban en el dolor de haberlo perdido todo y, de forma primordial, a sus seres queridos.

El panorama cambió con los juguetes. El rostro de los niños reflejó la alegría propia de su inocencia al ver peluches, muñecos y carritos. Una niña de 10 años que acompañaba a su hermanito —ambos huérfanos a causa de la tragedia—, tras recibir ropa, zapatos, kits de higiene y juguetes de manos de una voluntaria tachirense, sacó de su cartera unos caramelos que le habían regalado para entregárselos en señal de agradecimiento. Gesto que dejó marcada la mente y el corazón de quienes estaban.

Estela Romero, voluntaria en el campo de golf, destacó que la mayor necesidad en la zona se centra en carpas, ponchos, colchonetas, agua potable y pastillas para potabilizarla, debido a que quienes quedaron damnificados duermen a la intemperie, sobre la tierra y expuestos a la inclemencia del clima. En medio de las carencias, agradeció la solidaridad del venezolano: “Estos días vimos la grandeza de los venezolanos, la solidaridad de la gente que se ayuda mutuamente”.

“La alarma me hizo correr”

A las 10:00 p.m., continuó el recorrido por Caraballeda. El estruendo de las plantas eléctricas guiaba hacia las zonas de rescate, donde los edificios colapsaron de forma inexplicable. Las pocas luces apuntaban con precisión hacia el punto donde los topos buscaban sin descanso entre placas gigantescas de cemento, rodeados de aires acondicionados que se desprendieron de las paredes, electrodomésticos, ropa hecha jirones, juguetes y toneladas de escombros.

Había estructuras sumidas en absoluta soledad. La noche, el silencio, la destrucción y el olor que flotaba en el ambiente daban cuenta de cuántos venezolanos dejaron allí su último aliento, de cuántos cuerpos seguían atrapados y de cómo esos espacios se transformaron en un camposanto dominado por el dolor y el abandono. La melancolía y el choque con la más cruda de las realidades llega directo al corazón de quienes observan este panorama.

La Guaira: Una tragedia desde la soledad y el silencio de la oscuridad / Fotos: Carlos Eduardo Ramírez

A las 12:30 de la noche, en la Casa Cultural, decenas de personas se agolparon alrededor de los camiones para recibir la ayuda. Lo mismo ocurrió en las Residencias Vista Caribe, ubicadas justo al frente del Aeropuerto Internacional de Maiquetía, cuyas estructuras, aunque sufrieron fracturas en algunas paredes, se mantuvieron en pie.

Dorian Castillo Rondón, habitante del sector, se encontraba en su taller mecánico en el punto cero de La Guaira cuando recibió la alerta de Google en su teléfono. Gritó ¡terremoto! y escapó del sótano del edificio en donde trabajaba. Su compañero de labores se quedó paralizado, incapaz de comprender lo que sucedía. Al salir, la fuerza de la tierra levantó a Dorian, quien cayó al suelo despojado del control de sus propios movimientos. En cuestión de segundos, todos los edificios circundantes comenzaron a desplomarse, a excepción del taller, por lo que su compañero logró salir con vida.

Ambos caminaron en busca de respuestas sobre la magnitud del desastre. Todo a su alrededor mostraba ruinas, gritos, llantos y quejidos. Frente a ellos caminaban personas heridas que pedían auxilio y gritaban los nombres de sus familiares. Unos corrían, otros permanecían en el suelo. “Era como una película de terror, no hay otra manera de describirlo”, afirmó.

La Guaira: Una tragedia desde la soledad y el silencio de la oscuridad / Fotos: Carlos Eduardo Ramírez

Dorian no dejaba de pensar en su esposa y en su hija de 19 años de edad, y aún le faltaba trayecto para llegar a Maiquetía. La familia de su socio residía en los edificios de la Gran Misión Vivienda Venezuela, al acercarse, notaron que varias torres se incendiaron y su compañero, en medio de la desesperación, corrió con la intención de salvar a los suyos. “Como pude lo detuve, era capaz de lanzarse a la candela. Por fortuna, su familia estaba bien”, relató.

Transcurrieron dos horas desde los terremotos hasta que Dorian Castillo pudo divisar las torres de su residencia en pie. En ese instante comprendió que su familia debía estar viva si se encontraban en casa, y así lo confirmó. Desde que logró abrazarlos y recuperar la calma, se dedicó a auxiliar a los damnificados, así como a recibir y canalizar los insumos. “El alcalde de aquí brilla por su ausencia. Apareció primero el alcalde de Rubio del estado Táchira que el de aquí, siendo que viene de tan lejos”, expresó.

La Guaira: Una tragedia desde la soledad y el silencio de la oscuridad / Fotos: Carlos Eduardo Ramírez

Eran las 3:00 a.m. del 1 de julio cuando el equipo de voluntarios tachirenses emprendió el regreso a Caracas. A esa hora, decenas de familias dormían a la intemperie en las calles de La Guaira; algunos en las maletas de los vehículos, otros sobre las aceras, con carpas o sin ellas. La estela del terror, el dolor, la esperanza y la solidaridad no quedó atrás: se mantiene viva en los corazones de quienes acuden a este lugar para no olvidar jamás a quienes quedaron bajo los escombros.

 

La Guaira: Una tragedia desde la soledad y el silencio de la oscuridad / Fotos: Carlos Eduardo Ramírez

La Guaira: Una tragedia desde la soledad y el silencio de la oscuridad / Fotos: Carlos Eduardo Ramírez
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La Guaira: Una tragedia desde la soledad y el silencio de la oscuridad / Fotos: Carlos Eduardo Ramírez
La Guaira: Una tragedia desde la soledad y el silencio de la oscuridad / Fotos: Carlos Eduardo Ramírez

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La Guaira: Una tragedia desde la soledad y el silencio de la oscuridad / Fotos: Carlos Eduardo Ramírez

 

 

 

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