Francisco González Cruz
El asunto es profundo y a la vez sencillo: creer o no creer en la dignidad de la persona humana. Con base en ello actuar y allí están los hechos. Si un ser humano, una organización, un gobierno cree que toda persona tiene un valor intrínseco y universal por el simple hecho de existir y que ese valor es propio o inalienable, que no depende de ninguna condición social o física, sea pobre o rico, creyente o no creyente, bueno o malo, del color que tenga su piel y otros atributos, actuará de una manera. Si no lo cree lo hará diferente. Y esa es la base para los derechos humanos universales.
Esta realidad se puede constatar en el trato cotidiano en la casa, en la calle y en el trabajo. En el lenguaje, en las decisiones que se toman, las órdenes que se dan, los productos que se hacen y se venden, los servicios que se prestan. Todo acto humano viene impregnado de las ideas que se tienen del otro y de los otros como seres humanos.
La historia de Venezuela se puede mirar tomando como base esa premisa, pero a estas alturas y vista la coyuntura actual, es necesaria una reflexión a la luz de los hechos recientes, sobre todo al mes de los dos terremotos que afectaron de manera extremadamente grave principalmente al norte – centro – costero del país.
Ya muchas organizaciones de derechos humanos nacionales e internacionales habían documentado el talante del régimen del Socialismo del Siglo XXI, con testimonios de las víctimas y sus familiares y testigos. También está documentada la situación social, institucional y económica en que ha devenido el gobierno. El trato al pueblo afecto o no al régimen. Los desaparecidos, los presos, los asesinatos, los torturados, los arruinados, los emigrados, los ofendidos, los humillados, incluso los enchufados hablan por sí solos. Toda la conducta desde el Estado pone de manifiesto su idea de la dignidad de la persona humana.
Pero por el tamaño inverosímil de la tragedia la cara inhumana del régimen se mostró en toda su dimensión en estos días que corren, sobre todo por los testimonios de vecinos, voluntarios, periodistas y socorristas que han estado en los sitios de la tragedia. Ellos han mostrado la realidad de un drama que tiene que verse a la luz de esa convicción básica y fundamental que es el respeto a la dignidad de la persona humana, que justo es más necesaria cuando se trata de situaciones de emergencia como esta.
La respuesta ante los terremotos marcó una línea clara entre quienes valoran la vida y quienes la instrumentalizan. El despliegue de los socorristas, las iglesias, la empresa privada y el voluntariado civil fue un ejercicio puro de reconocimiento del otro. Frente a ellos, el Estado exhibió su desdén. La lección de esta crisis es definitiva: ninguna reconstrucción nacional será posible bajo la mirada de un sistema que desprecia a sus ciudadanos. El futuro de Venezuela exige romper con ese modelo inhumano y sembrar, de una vez por todas, la dignidad de la persona como el pilar innegociable de toda acción pública.
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