La danza hechicera de Larissa Vesci

La bailarina venezolana ha recorrido el mundo, fusionando ritmos y pasos de baile, en esta entrevista nos comparte de su experiencia como investigadora y artista.

 

De origen venezolano y espíritu nómada, la bailarina, docente e investigadora Larissa Vesci se ha especializado en el estudio de las raíces gitano-orientales del flamenco. Combinando la investigación antropológica con la práctica creativa, ha seguido los pasos del pueblo Rom por la geografía, desde la India hasta España, por el norte y sur del Mediterráneo, para encontrar elementos comunes entre los muchos bailes en los que el pueblo gitano ha dejado su sello. Un «eslabón perdido» cuyo origen y alcance no está escrito, y para cuyo entendimiento, el camino más directo le ha sido bailar.

A pesar de haber recorrido el mundo fusionando ritmos y pasos de baile de la mano de artistas internacionales, se le puede encontrar practicando disciplinadamente -aunque siempre con atuendo alejado de la sobriedad del flamenco tradicional- zapateos y ejercicios de técnica en el Amor de Dios, donde nos conocimos. Un par de emocionantes conversaciones, bien merecedoras de un formato documental, componen la siguiente entrevista, en las que Larissa comparte algunos de los aprendizajes de su experiencia como investigadora y artista.

 

Como venezolana en España… ¿por qué ese interés por la cultura y la estética gipsy?

-En principio no me gustaba mucho el flamenco. En España fui a clases desde los siete años por deseo de mis padres, que habían sido asiduos en emblemáticos tablaos como el «Café de Chinitas». El flamenco que yo conocía estaba vinculado al mundo taurino, con aire andaluz, y a mí, a esa edad, me resultaba demasiado estilizado. Cuando volvía a Venezuela, en aquella época en la que España no era un destino migratorio ni turístico tan común como ahora, llamaba mucho la atención que una chiquita con rasgos «de allí» bailara flamenco, y yo odiaba ser el centro de atención.

La primera chispa de curiosidad le saltó a Larissa durante un viaje con sus padres a la región de La Camargue, al sur de Francia, donde presenció expresiones gitanas distintas a las que yo conocía. Esa imagen le impactó y se quedó con ella hasta que ya de adolescente vio la película «Torrentes de Primavera» (Jerzy Skolimowski, 1989). En un momento del film aparece un grupo de gitanos bailando en un campamento, e inmediatamente lo asoció al flamenco. Intuyó que debía haber una conexión entre ellos. Es sabido que el flamenco tiene dos raíces principales, una folklórica andaluza y otra «oriental». No obstante, había un eslabón perdido entre las dos, y ningún maestro o autoridad a su alrededor tenía una respuesta para ella. Fue ahí cuando, sin ella buscarlo, empezó a investigar en la danza.

 

Una cosa es bailar, y otra es estudiar lo que bailas. No todo el mundo hace las dos. ¿Podrías contarnos en qué ha consistido tu investigación? ¿Qué es lo que tú querías averiguar y a qué fuentes de información has recurrido para ello?

-Yo las veces que he bailado sin sentido, no he querido bailar. Ha sido un problema hasta filosófico… no es una cuestión puramente técnica. Siempre necesité bailar con un sentido y la danza deportiva nunca me ha interesado. Al mismo tiempo, yo aprendo mucho por analogías, más que por diferencias. «Esto lo he visto yo en algún sitio», me he dicho muchas veces antes de descubrir algo. Creo que se trata de una curiosidad primitiva, que me ha llevado a encontrar cosas accidentalmente. Un paso me llevaba a otro, y así a nuevos bailes y porqués.

Yo lo que siempre he querido es entender de dónde vienen estas danzas que tanto me gustan, y descubrir qué se puede crear a partir de ellas. Para ello, la bibliografía nunca me convenció. Eso es como que los americanos te cuenten la historia de los indios y los vaqueros. Pues la historia de los gitanos ni la escribieron ni la escriben ellos, ni la van a escribir jamás. Y es que, muchas veces, ni ellos saben… El monopolio de la información acerca de estos pueblos ha estado tradicionalmente en manos de franceses e ingleses, que han dado un punto de vista romántico a su historia. La «exotización» era lo que yo me encontraba en la bibliografía… y tampoco los gitanos me daban información siempre. A veces me veían invasiva. El papel del investigador científico es muy delicado y hay que ir con cuidado. Me he llevado muchas lecciones de ellos. Lecciones de vida. Por otro lado, recurrí a profesores universitarios que conocían el tema. Pero, ¿cuál es el problema? Que tienen una historia hablada, escrita, una tesis, unos libros… pero ellos no bailan, y mi interés está en el arte. Aunque he entrevistado a profesores universitarios, respetables del mundo gitano, artistas y amateurs, ha sido el Dr. Hassan Khalil de la Universidad del Cairo, quien me ha proporcionado la información más fiable y contrastable sobre el estudio de las raíces gitanas orientales del flamenco.

Algunas disciplinas académicas relativamente jóvenes, como los estudios de performance, pretenden acceder a ciertos tipos de conocimiento para los que el verbo y la «textualidad» no bastan. En su aplicación a las artes escénicas y la música, defienden el potencial de la práctica (performance) para ampliar los horizontes de la antropología cultural y la etnomusicología. ¿A qué conclusiones dirías que te han llevado tus investigaciones gracias al hecho de a ser bailarina?

– Principalmente, el bailar me ha permitido realizar pruebas empíricas. ¿Por qué una maestra me dice que baile con los pies cerrados y otra me dice que lo haga con ellos abiertos? En la danza kathak se mueve el pie hacia arriba, igual que Farruco, y ellos (los maestros de kathak), si tú lo sacas hacia atrás, te regañan. Una vez, en el Amor de Dios, participé en el taller de una maestra ucraniana de danza gitana rusa, y yo era la única que le podía seguir los movimientos de pies.

Así empecé a ver estéticas comunes, que distintos maestros van siguiendo paralelamente sin saberlo, y por ahí yo me iba respondiendo. En general, estas raíces comunes se ven y se sienten muy claramente en la expresión corporal. Hay bailaoras de flamenco que tienen gestos similares a los del kalbelya (baile tradicional del Rajastán). La rotación de manos hacia adentro, la complejidad en los pasos y el ritmo, por ejemplo, son herencia india. La rotación de las manos hacia atrás, por el contrario, es de origen persa.

El eslabón perdido de esa raíz oriental del flamenco se encuentra en la interpretación y posterior degeneración de diversas manifestaciones folklóricas de zonas por donde el Pueblo Rom ha transitado en su proceso de nomadismo, así como de ciertas danzas clásicas indias como el kathak. En la danza gitana iraquí, rajastaní y egipcia he visto muchos elementos comunes con el flamenco llamado «antiguo». Los gitanos tienen un gran espíritu de supervivencia y son muy creativos. En esos contextos, han podido crear y proteger, por decirlo de alguna manera, sus estilos.

 

 Y ahora, tras años de investigación tratando de resolver aquellas preguntas que te asaltaron de pequeña en La Camargue o viendo Torrentes de Primavera, ¿qué dirías que aporta a tu arte el haber ampliado tu consciencia acerca de lo que estás bailando?

– Para mí, el arte es la suma de la técnica a la estética y a la emoción. El tomar consciencia sobre lo que estoy bailando, de dónde viene y por qué, me aporta valentía y seguridad en mi propia práctica. Hay cosas que me puedo atrever a hacer porque sé que existen, que no son meros caprichos románticos sino que forman parte de una realidad histórica y artística. Saber esto me ha permitido arriesgar en el arte, después de haber llorado mucho. Había maestros que querían que me dedicaran sólo al flamenco, y que presentaban mucha oposición a los estilos abiertamente «fusionados». Pero, por ejemplo, yo creo que se podrían meter crótalos en un tablao flamenco. Los crótalos son más gitanos que la guitarra. Aunque haya un consenso acerca de lo que está aceptado como propio dentro de un estilo, hay cosas que podrían estarlo si hubiera más consciencia de este tipo de relaciones históricas.

Pero, sobre todo, esta experiencia me ha enseñado el sentido de la supervivencia; a ser superviviente en el baile. De un paso a otro, el aquí y el ahora como filosofía de vida. A veces, tanto en mi investigación como en la danza, un paso me lleva a otro, y yo le sigo a ciegas, sin saber a dónde voy. Llega un momento en que el paso o el baile te dice lo que vas a hacer. Me pregunto si ese será el «duende»… (risas)

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A día de hoy, Larissa Vesci desarrolla los talleres de danza y ritmo «Nomades», que incluyen una selección de los ritmos más emblemáticos del camino Rom, así como nuevas creaciones como el «Tansaidi», que fusiona el saidi egipcio con el tango flamenco (con Arturo García a la batería). Además, organiza anualmente el festival «Romalic», que aglutina artistas de varios continentes para transmitir a través de talleres, seminarios y actuaciones diversas danzas folklóricas que se han nutrido del paso de los pueblos gitanos en sus procesos de nomadismo.

Texto cortesía: Rita Ojanguren

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