El lugar es el espacio territorial íntimo y cercano donde se desenvuelven la mayor parte de las actividades del ser humano. Generalmente es el sitio donde las fases del nacer y crecer se plasman con mayor firmeza en el lienzo llamado vida; es donde la configuración de la morfología personal se cristaliza con mejor nitidez. En el lugar se encuentran los familiares y las amistades cultivadas con un especial vínculo afectivo. En fin, el lugar es una comunidad definida en términos territoriales y de relaciones humanas, con la cual la persona siente vínculos de pertenencia.
La primera característica: el lugar circunscribe todos los ámbitos vitales del ser humano. El lugar es el territorio, en términos ecológicos, de una persona. Es la zona donde se establece su comunidad familiar, de amistades y donde está su historia, sus referencias topográficas, sus definiciones culturales, sus afectos, donde se gana la vida y donde pasa la mayor parte de su tiempo. Es el nicho ecológico de los seres humanos.
Allí, en el lugar, el devenir y el entorno natural forja una identidad que define a cada persona y a su colectividad. El lugar puede ser una aldea o un sector de una ciudad, pues lo que lo define es un territorio íntimo y una relaciones comunitarias estrechas, que se expresan en conversaciones entre familiares y amigos, y que comparten en una plaza, un café, una pulpería o un bar cercano. Hay una identidad “lugareña” generalmente bien consolidada, aunque existan lugares débiles, e incluso que se han convertido en no-lugares, al descuidar el cultivo de su personalidad.
Por todo ello se puede definir a Isnotú como un lugar propiamente dicho, en tiempos de la familia Hernández Cisneros y en tiempos de hoy. Hay expresiones que denotan desdén cuando hablan de Isnotú, pocas, pero las hay, sobre todo en quienes, dotados de cierta autoridad, eclesial o laica, incluso se preguntan cómo en un “pueblito perdido en la cordillera andina, pudo haber nacido un personaje como José Gregorio Hernández”.
Provinciano es considerado a veces como rústico, atrasado o tosco, frente al refinamiento de los capitalinos o de grandes ciudades. Alguna razón tendrán, pues los efectos del urbanismo y el ejercicio de la ciudadanía obligan a las costumbres propias de la ciudad, pero en estos pueblos del “interior” como se les dice, la vida cotidiana estaba bien lejos de ser rústica. Provinciano también se puede tomar como modesto, respetuoso y servicial.
La familia Hernández Cisneros vivió en Isnotú en tiempos de prosperidad, sobre todo vinculados a la producción y exportación de café, que justificó la activación del puerto de La Ceiba y la construcción del ferrocarril desde ese puerto en el lago de Maracaibo hasta Motatán, en la cercanías de Valera, ciudad que crecía aceleradamente. Desde 1830 hasta 1930 el café representó la principal fuente de ingresos del país, incluso llegó a ser el principal exportador de café del mundo. Benigno Hernández tenía cinco plantaciones de café, como muchos de sus vecinos de ese pueblo, y de San Juan, San Pedro, Betijoque, Sabana Libre, El Alto, El Boquerón, Escuque, Monte Carmelo y casi todo el estado Trujillo, Mérida y Táchira, lo que significó la prosperidad de todo el país y que en buena parte financió la modernización de Maracaibo y de Caracas.
Los vecinos de los Hernández Cisneros eran familias de bien, trabajadoras, honestas, cultas y solidarias. Los apellidos predominantes, además de los Hernández hijos de Benigno que fueron 12 todos nacidos en Isnotú, eran León, Chuecos, Godoy, Bolívar, Jugo, Briceño, Villasmil, Santiago, Ortega, Mejía, Araujo, Durán, Palomares, Saavedra, Viloria, Abreu, Torres, Maldonado, Espinoza, Palma, Montilla, González, Guijarro, Troconis, Jelambi, Landazábal, Oliva, Matheus, Carballo, Ortega, Méndez, Palma, Aguilar, Mogollón, Linares, Rangel, Montilla, Matos, de la Torre, Dugarte, Leal, Estrada, Maldonado y otros que han dejado digna huella en el gentilicio isnotuense. Es de notar la escasez de apellidos italianos, cuya emigración fue muy alta para estos pueblos andinos, pero que prefirieron lugares más fríos.
La declinación de los precios del café y de toda la agricultura en general a partir del nacimiento de la industria petrolera en 1930, golpeó severamente la economía de toda la provincia Venezolana, con excepción de la región centro-norte-cortera que concentró los recursos del país que se hizo estatista, centralista y concentrado. Isnotú perdió buena parte de sus familias, y ahora, en la emigración reciente, numerosos de sus jóvenes.
Muchos de estos pueblos han sobrevivido con dignidad, gracias a esas familias que se quedaron guapeando en sus lugares. Uno de ellos Isnotú, que encontró en su hijo más famoso y querido de Venezuela, una fuente de recursos, espirituales y materiales, que esta nueva crisis que lleva más de 20 años ha golpeado visiblemente.
Pero las cosas pueden cambiar. A Isnotú en particular se le presenta el mayor y más claro desafío de su historia. La Providencia quiso que allí naciera ese portento de virtudes que es José Gregorio Hernández, y toca a esta comunidad modesta ponerse a la altura de su hijo predilecto. Todas las actividades culturales, económicas, sociales y espirituales pueden fácilmente articularse en una estrategia integral de desarrollo sostenible. Isnotú puede convertirse en el modelo a seguir por muchas comunidades locales, si responde con audacia y pasión, con sabiduría y amor, a la realidad que significa ser la tierra natal del primer santo venezolano. Y un santo muy particular: laico, sabio, modesto, querido y admirado.
A Venezuela, a Trujillo y particularmente a Isnotú se le presenta una gran oportunidad de transformación espiritual y material con la canonización de José Gregorio Hernández. Una oportunidad de ser buenos, mejores, honestos, confiables y buscar el bienestar con una economía humana que respete la dignidad y esté al servicio del bien común. En particular a Isnotú, cuyos habitantes decidieron en diversos encuentros adoptar como Visión: “Ser el paraíso espiritual de Venezuela”. Paraíso por su biodiversidad y la hermosura de sus paisajes, y espiritual porque viven en su cotidianidad las virtudes de su Santo.
Isnotú es un lugar donde llega los peregrinos a dar gracias, pues más que para la solicitud vienen a agradecer el favor concedido y esto genera una particular energía que se siente y de vive plenamente. En esos espacios no hay música estridente, ni gritos, ni palabras tóxicas, predominan la oración y las conversaciones amenas.
“Sólo un exceso es recomendable en el mundo: el exceso de gratitud” dijo el filósofo francés Jean de La Bruyère (París 1645 – Versalles 1696); y afirmaba el teólogo y filósofo dominico Maestro Eckhart de Hochheim (Turingia 1260 – 1328): “Si la única oración que dijeses en toda tu vida fuera, “gracias”, eso sería suficiente”. He aquí las frases que deben definir y orientar el lugar donde nació el prócer civil más conocido y querido de Venezuela. Isnotú como “paraíso espiritual de Venezuela” y el Santuario como “lugar de gratitud”.
El desafío de Isnotú es mantener la esencia de ser lugar, es decir, un pueblo de hogares ejemplares, de buenos ciudadanos conviviendo en su hermoso ambiente natural, orgulloso de su identidad; pero global, es decir sirviendo de ejemplo al mundo de lo que un lugar puede hacer para mostrarse como un modelo de desarrollo humano integral. La lugarización es justo eso: ser local y global al mismo tiempo. Como su hijo: San José Gregorio Hernández.
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