Geopolítica del caos | Por: Hugbel Roa

 

La geopolítica es la ciencia que centra su estudio sobre la influencia determinante del medio geográfico sobre las formaciones sociales, sistemas económicos y regímenes políticos. Es importante pues mediante la observación de estos factores podemos analizar la reacciones, los acontecimientos coyunturales y los posibles rumbos de acción de los miembros de la comunidad internacional.

Dentro de la geopolítica hay un concepto que en cierta medida transversaliza la observación de los fenómenos en el medio internacional. Me refiero a la definición de política exterior, entendida esta, como la proyección del poder político interno de una nación al sistema internacional. Esto aplica en su totalidad en el caso de las denominadas potencias. Una potencia es aquella nación que está en capacidad de ejercer una influencia determinante en un espacio específico, ya sea regional, continental o mundial. Esta influencia puede ser política, económica, militar, cultural o religiosa, su poder interno está cohesionado y puede trascender sus fronteras geográficas afectando ya sea positiva o negativamente otros sistemas y soberanías.

Sin lugar a dudas, los EEUU se han constituido en una potencia mundial con el transcurrir de los años, han sabido utilizar principalmente sus ventajas económicas y militares para transformarlas en poder político efectivo en el mundo, creando áreas de influencia para su beneficio. La doctrina Monroe creada en los albores de los EEUU como nación, vino a sustentar esa visión sobre el lugar que en el mundo tendría en un futuro la sociedad de los estados asociados de la América del norte.

Pero ¿Qué ocurre actualmente a lo interno de la potencia? Los EEUU atraviesan una profunda crisis, y no cualquier crisis. El mal manejo de la actual pandemia del COVID-19 afloró viejas y nuevas contradicciones, orgánicas y estructurales en la sociedad norteamericana. Dentro las orgánicas, es decir culturales/sociales, encontramos complejos racistas y supremacistas no superados. Nunca se logró una verdadera integración del elemento afrodescendiente a la identidad estadounidense y esto se extrapola a otros grupos étnicos de inmigrantes como latinos o asiáticos, manifestándose en una desigualdad de hecho ante la ley y el sistema económico excluyente de las mayorías.

En el rango de las estructurales tenemos la insostenibilidad del sistema financiero especulativo. Los EEUU enfrenta una disfuncionalidad económica: la emisión de papel moneda a granel sin respaldo, ha acrecentado la desigualdad en la distribución de una riqueza ficticia.

En lo que va de año se generaron 18 billones de USD en estímulos a sectores de la economía. Esta cifra representa el 21% del PIB mundial. Todo este dinero se esfuma sin que llegue a la sociedad en general ni las necesidades básicas de los sectores vulnerables. Mientras los ricos de EEUU son 565.000 millones de USD más ricos, 42,2 millones de personas pierden sus empleos. Su deuda crece más rápido que la productividad de su aparato económico. Esta situación tiene dos consecuencias, una material, la inflación y otra la percepción de injusticia y exclusión que se crea a lo interno.

Mientras el establishment político tiene su mirada puesta en el proceso electoral de noviembre, la nación navega por peligrosas aguas sin una dirección ni rumbo concreto, reviviendo viejos y generando nuevos antagonismos en todo el mundo. Un accionar belicista, unilateral y con pretensiones hegemónicas crea fricciones innecesarias. Bloqueo, sanciones, amenazas, agresiones, intervenciones y guerras son los argumentos esgrimidos, lesionando mortalmente el Derecho Público Internacional. Un equilibrio inestable interno produce un accionar errático a lo externo.

El mayor ejemplo de ello es su retirada de la OMS en medio de una pandemia que requiere el esfuerzo de todos los países, mucho más el de las potencias. No hay otra lectura: se busca un culpable y se busca afuera. El mundo entero observa la arrogancia de un país mal gobernado, una potencia dándole la espalda a la realidad.

 

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