Género cuento, vivencias trujillanas. La fortuna tras unos animalitos / Por Pedro Frailán

Sentido de Historia

 

 

 

(Parte I)

Vestido con saco gris camisa blanca, pantalón negro sombrero gris, caminaba, poco a poco, muy poco a poco, con un cogido muy leve casi ni se le notaba, recordaba a su madre, la matrona del pueblo en un tiempo, la mamá de todos. Recordaba el día de su muerte, el día del nueve. Ese bendito o maldito día, día en que tuvo el accidente. Hoy lo recuerda, hace mucho frio y el dolor constante y eterno dolor se hará más fuerte.

Aligeró su paso a lo que más pudo para llegar pronto a su casa y resguardarse, al llegar preguntó ¿Qué salió?
Le dijeron el 14, la paloma. Hizo memoria, se acordó que había comprado un billete del 27, le había apostado al perro, con cinco reales se podía ganar 50 bolívares.

María Vicenta dijo, yo jugué real y medio al 8, al ratón. Porque como en la casa hay tantos, no dejan dormir. Cuando tengo plata juego, me hubiera ganado quince bolívares.

Voy a ver qué sueño esta noche. Pero no tengo cobres pa’ comprar. Yo le aviso, yo le aviso tempranito, si es que sueño, hasta mañana señor.

Alipio la miró e hizo una señal aceptable con sus ojos.

Se sentó en una silla de madera y cuero de vaca, se recostó hacia la pared, la silla crujió. Se quedó mirando fijamente el suelo, continuaba pensando en su mamá, en su muerte. Recordaba que había muerto en sus brazos. ¡La madre, un ser único!

La madre es sagrada, es terrena, estrella con luz propia, es aurora, ocaso, enigma, sangre, silencio, ternura. Es un ángel que defiende y brinda ternura, pronuncia las palabras más dulces. Escucha en todo momento, canta y la sonríe al hijo a cada instante.

Sigue pensando…

La mujer al tener sus hijos pierde su personalidad, su cuerpo virginal, renuncia a muchas cosas, se olvida de su identidad personal, pasa a ser una guardiana de sus hijos. En ese momento mira al rincón del patio y ve a una culeca que ya duerme y cubre a los pollitos.

Fija la mirada y dice: ¡Esa es una madre! ¡Una simple gallina! Se detiene, cambia su pensamiento y afirma ¿Una gallina? Ah, el 25. Mañana me juego los cinco bolívares para ganarme cien. El Niño Santo de Escuque, la Virgen del Talquito, el alma milagrosa de mi mamá me ayudarán.

Tempranito tocaba muy suave, casi sin oírse, la puerta de la calle María Vicenta. Preocupada e impaciente por cumplir su compromiso entra y pregunta por Alipio. Ya había salido el día, estaba claro, resplandeciente con buen sol en la cordillera de San Juan. ¡Un buen frío! de los buenos, de los de enero.

Yo venía a decirle al señor Alipio que anoche no soñé nada. Pero va a salir el burro, el 18. Porque ese jilacho burro de Ceferino fue a rebuznar y rebuznar toditica la noche. No me dejó pegar los ojos ni un instante toda la noche, la pasé en vela. Absorbió un sorbo de café pal´ frío, satisfecha por haber cumplido su prometido.

El lotero y los riferos recorrían las calles del pueblo por las distintas direcciones. El lotero era el vendedor oficial de la lotería, que tenían dos billetes por animal con diez fracciones cada uno. Podía vender desde una fracción de un valor medio, hasta los dos billetes por cinco bolívares completos. Los riferos por su parte elaboraban en papel ministro o de examen su lista de animales con su número correspondiente, se le colocaba la fecha, el valor de la rifa y cuánto era el premio.

Cuando la cosa le iba bien a un rifero de medio y no se abollaba se podía ganar al día, dos bolívares setenta y cinco. Cuando se abollaba tenían la posibilidad que el ganador quedaba en casa, por la mañana vendían y si no la pagaban al instante pasaban por la tarde, antes del sorteo a las cinco. Una rifa de a real, el rifero se podía llegar a ganar en una buena venta, cinco bolívares cincuenta céntimos.

A la vieja María Vicenta, Dios le reparó medio y mandó a comprar en una rifa de a medio con Chucho, el 3, el ciempiés. Chucho se confundió y compró el alacrán, el 5. Por la tarde Radio Valera, la 1.230 AM, anunciaba el ganador, el ciempiés. Ella hacía días había visto ¡manso ciempiés! y le quedó la tirria.

Brava pero bastante ¡Furiosa! María Vicenta murmura en voz alta ¡Pero qué chino ese! ¿Dizque se equivocó? Chino muérgano, chino zarandajo, pero qué buena vaina me echó ese confiscao. Hubiera comprao un real y medio de queso (0,75), una barrita de mantequilla (0,25), un real de yuca (0,50) de la güena que venden a onde Ciriaco. Una vela de alocha para los santos (0,12 – 1/5). Dos chimo (0,25), una sardina (0,25) y me hubiera quedao tres reales y un cuartillo. Para cuando pensara Esteban comprar un huesito de costilla. ¿Qué vaina?, murmuraba en pensamiento oral, es un constante monólogo.

Conversaban María del Rosario y la señora Gumercinda, María del Rosario decía: anoche sí tuve un sueño raro. Soñé que a un gallo lo corría una zorra, el gallo no se dejaba agarrar. Hasta que se arrinconó a la pared, el gallo se defendía, trataba de picotearla, la zorra no se atrevía a agarrarlo, en eso aparecieron cuatro zorras más. Ahí sí se fregó el gallo, dizque que dije yo.

Alipio ponía mucho cuidado a la conversa, estaba amolando una navaja, con agua en una piedra de río, para afilarle las espuelas a los gallos meditaba y decía: el gallo es el 21, la zorra es el 15. ¿Pero las otras cuatro zorras?, son cinco y el 5 es el león. Está difícil la vaina. ¿Qué podrá ser?, dudaba, pensaba, dudaba…

María del Rosario continuaba comentando su sueño, aunque ya no había animalitos, Alipio pendiente pero nada que aparecían animalitos en el sueño, sino ángeles, muertos, calor, mucho calor y sed.

De pronto Alipio levanta su cabeza, mira al fondo del solar y en lo alto de los dos pinos y de su copa, ve salir volando un águila, ¡eso es!, me jugaré el 9, las dos tiras, buscaré al lotero ahora, por la tarde o mañana temprano.
María Vicenta acompañada de la soledad comía chimó, soliloquiaba con Dios, que según ella no la desamparaba ni un ningún momento. Era tan grande aquella pobreza en que vivía, que a duras penas comía. Como se dice por obra y gracia del Espíritu Santo, o de algún vecino que se apiadaba de darle algún bocao de comida de lo que sobrara.

Siempre tenía esperanzas de sus hijos adoptados que habían criado desde recién nacidos. Ya que su madre biológica los había abandonado. Qué la iban a socorrer, a duras penas le pedían la bendición cuando se la encontraban en alguna calle del pueblo. Ella se alegraba tanto que le daba la impresión de que veía a Dios hecho hombre. Continúa…

 

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