Por: Antonio Pérez Esclarín | pesclarin@gmail.com
La celebración el 31 de Julio de los 470 años del fallecimiento en Roma de San Ignacio de Loyola, el fundador de la Compañía de Jesús o los jesuitas, me brinda una excelente oportunidad para ofrecerles algunas reflexiones sobre la espiritualidad ignaciana. Si espiritualidad significa vivir con espíritu, la espiritualidad ignaciana que es profundamente cristocéntrica, implica vivir con el espíritu de Jesús. Tres son los rasgos esenciales, a mi modo de ver, de la espiritualidad de Jesús que debemos hacer nuestros y en consecuencia proponerlos, para que Jesús sea nuestro modelo de persona: una gran intimidad con el Padre, que Jesús experimentó como Abba, ternura infinita; apasionamiento por el Reino, es decir por una sociedad justa y fraternal; y compasión eficaz a favor de los más débiles y excluidos. Es una espiritualidad, en consecuencia, mística o contemplativa, y también espiritualidad política, en el sentido original de la palaba como compromiso por el bien común, por el bienestar de todos, especialmente de todos aquellos a los que se les niega sus derechos, se pisotea su dignidad y arrastran una existencia miserable.
Como espiritualidad contemplativa o mística cultiva la vida interior, la oración, la meditación, la contemplación, el discernimiento, para cumplir en todo la voluntad de Dios y así lograr el objetivo de nuestras vidas. La interioridad supone recuperar el propio misterio humano, el asombro de la existencia, que posibilita el distanciamiento de toda alienación que vacía y lleva al exilio de sí mismo, y a una vida superficial, frívola y hueca. La interioridad es el lugar de las preguntas y los encuentros, de los miedos, las dudas y las certezas. Lo propio del ser humano es hacerse preguntas esenciales y enfrentarlas con sinceridad y responsabilidad. Sócrates decía que no merecía la pena una vida sin preguntas, pero hoy la mayoría de las personas le tiene pavor a enfrentar el misterio de la existencia y asumir la vida como pregunta: ¿quién soy?, ¿qué hago en esta vida?, ¿para qué vivo?, ¿qué quiere Dios que haga?, ¿cómo me sueña Dios que me creó por amor y para la felicidad?, ¿cómo concibo la muerte?, ¿cómo me preparo para ella?..
El viaje a la interioridad nunca equivale a un quedarse estancado en una especie de contemplación estéril o narcisista, ni tiene que ver con algún tipo de evasión o huida de la realidad, sino que es todo lo contrario: sólo si somos capaces de conocernos, valorarnos y estar a gusto con nosotros mismos, podremos salir al encuentro con los demás. La interioridad no es aislamiento, sino el viaje hacia uno mismo para salir de sí mismo. La interioridad lejos de inducir a la soledad y a la nada, refuerza la comunión profunda y radical con Dios y, desde El, la salida al encuentro con los demás, e incluso al encuentro respetuoso con todos los seres creados por Dios.
Por ello, esta espiritualidad mística o contemplativa que nos invita a ver a Dios en todo y en todos, es también una espiritualidad política, comprometida en seguir a Jesús en su empeño de transformar el mundo, o en términos evangélicos, establecer el reinado de Dios. La genuina espiritualidad ignaciana se alimenta de un Dios que sólo busca y quiere una humanidad más justa y más feliz, y tiene como centro y tarea decisiva construir una vida más humana. Seguir a Jesús es proseguir su misión, comprometerse con su proyecto. Buscar el cielo exige trabajar por humanizar la tierra. Educar será evangelizar, presentar la buena noticia de que Dios nos ama y nos invita a acompañarle en la construcción del Reino, a vivir amando y sirviendo a todos y en todo, a hacernos hombres y mujeres para los demás, especialmente de los más débiles y necesitados.
En los tiempos de incertidumbre, modernidad líquida, relativismo ético, postverdad y reordenamiento geopolítico que vivimos; y en esta nuestra Venezuela destruida por largos años de desgobierno y recientemente golpeada por dos enormes terremotos que sembraron destrucción, muerte, sufrimiento y miedo; la espiritualidad ignaciana puede ser una brújula para el peregrino, una guía para encontrar el camino en medio de las incertidumbres, para saber cómo actuar, y una fuerza para seguir trabajando con esperanza y coraje por una Venezuela reconciliada, próspera, justa y fraternal. Nos llama a sentirnos hermanos, unidos en la urgente tarea de reconstruir física, social, moral y espiritual a esta Venezuela, tan golpeada y dividida.
Además, en un mundo fragmentado y sediento de sentido, la espiritualidad ignaciana nos invita a una respuesta comprometida: a discernir con valentía, servir con generosidad y vivir con esperanza. Porque seguir a Jesús al estilo de Ignacio es vivir con los ojos abiertos, el corazón disponible y los pies en camino.
@antonioperezesclarin









