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En el país de las lágrimas

por Webmaster
18/04/2018
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Ángel Rafael Lombardi Boscan

Tomo como título esta referencia poética de Antoine de Saint-Exupéry (1900-1944) en El Principito (1943), un relato prestigioso y muy mercadeado que arribó a sus setenta y cinco años de haber aparecido por primera vez y que supuestamente es infantil cuando en realidad la mayoría de los adultos no logra descifrar sus muchos contenidos enigmáticos.

No hablaré de El Principito, cuyas referencias a la guerra son evasivas. En cambio sí me dedicaré a nuestra “Legión del Coraje” representada por los padres de la patria venezolana, una estirpe guerrera, que aniquiló todo el mundo colonial a cambio de un ambiguo y alternativo proyecto republicano que hoy luego de doscientos años transcurridos luce imperfecto, extraviado e inconcluso. Donde había una obra levantada pacientemente por tres siglos se extendieron las ruinas y los escombros.

Casi nadie se atreve a decir que nuestra independencia fue una guerra de exterminio. Que el 25% de la población: pereció. Que fue un holocausto en vidas humanas, en su mayoría gente inocente, situada en el medio de los dos bandos radicalizados y extremistas: blancos criollos españoles vs blancos criollos colombianos. De una guerra no se puede sacar nada de provecho aunque la retórica historiográfica lo adorne de pompas y glorias.

En la segunda mitad del siglo XVIII, Venezuela como Capitanía General (1777), gozó de un esplendor económico equiparable al que tuvieron los virreinatos de Nuevo México y Perú. Si bien en la Tierra de Gracia no se encontraron los preciados metales sí que se explotó la fertilidad de un suelo amable en cueros, cacao, tabaco, algodón, caña de azúcar y añil. Este momento apacible de rutinas sociales positivas tiene mucho que ver con la actuación de los vizcaínos alrededor de la Compañía Guipuzcoana y una reducción significativa del contrabando y el azote de corsarios y piratas.

Basta con leer el “Resumen de la Historia de Venezuela” de Andrés Bello publicado por primera vez en 1810 para tener un testimonio confiable de esto que decimos. “El residuo de los alimentos que ofrecía este suelo feraz a sus moradores, pasaba a alimentar las islas vecinas, y bajo las más sabias condiciones salían nuestros buques cargados de ganados, frutos y granos, para traer en retorno, instrumentos y brazos con que fomentar nuestra agricultura”. Que este esfuerzo que llevó a la prosperidad se haya sostenido con una esclavitud de 100.000 africanos y una antipática división social propia de las sociedades de Antiguo Régimen no anula ese logro.

Lo cierto del caso es que la independencia lograda en 1823 en Venezuela quedó abortada luego de la disolución de la Gran Colombia en 1830 y el repudio que le hicieron Páez y Santander a Simón Bolívar. Desde ese lindero se empezó a transitar una vida nacional patética donde la anarquía, violencia, atraso, caudillismo y hegemonías de turno impidieron la fluidez en la construcción del nuevo edificio.

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Hemos preferido trasladar la responsabilidad de nuestro fracaso nacional a factores externos alrededor de los imperios acechantes como el inglés y el estadounidense o evadir los errores desde una matriz mitológica alrededor de los héroes de la patria, o también, inventando a otro sospechoso recurrente como sucede en el presente desafortunado actual: el enemigo interno.

El siglo XIX fue un siglo perdido para Venezuela. Los voceros paecistas no podían ocultar en 1830 el desastre de un territorio desolado y arruinado con unos habitantes inmersos en la tristeza. Sólo la retórica ofreció algún consuelo alrededor de ideas vagas como libertad, justicia e igualdad que el populacho desfalleciente nunca supo cómo procesar. El “Gloria al Bravo Pueblo” solapó el protagonismo ciudadano de una República sin republicanos.

Quienes sí estuvieron claros fueron los propietarios sobrevivientes de la degollina alrededor de la Sociedad Económica de Amigos de País en 1831: “La sociedad trabaja sobre un campo devorado por las llamas de una guerra desoladora de veinte años, que sólo ha dejado cenizas y escombros tristes, patéticos monumentos del furor de los partidos. Aún humean las hogueras en que se inmolaron a la patria las más brillantes fortunas; estos fragmentos no es fácil transformarlos repentinamente en campiñas doradas de espigas, ni en majestuosos bosques en que vegeten nuestras preciosas producciones; aún se resiste el arado a la endurecida tierra cubierta de melazas; aún desalienta las fatigas del agrónomo la falta de recompensa de su sudor; aún teme los asaltos del crimen, deplora la crueldad de las estaciones. Ceres y Mercurio, hijos de la paz, no prodigan sus dones sino al extremo opuesto del globo en que el fiero Marte fija su asoladora planta”.

@lombardiboscan

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