Por; Antonio Pérez Esclarin (pesclarin@gmail.com)
Si es muy necesario que, para lograr la reconciliación y posibilitar un diálogo productivo y sincero, necesitamos superar los prejuicios y escuchar con respeto al otro diferente, todos necesitamos comenzar escuchándonos a nosotros mismos para ser capaces de dialogar con nuestro yo profundo, para ver qué hay detrás de nuestras palabras y declaraciones, de nuestros sentimientos, de nuestras verdaderas intenciones y convicciones, de nuestro comportamiento y de nuestra vida. Para ello, necesitamos de más silencio y soledad. Soledad para enfrentar nuestra propia verdad, para comunicarnos con nosotros mismos sin engaños, para hurgar en la raíz de nuestra vida. Pero aturdidos de ruidos, gritos, cháchara y palabrería hueca, esclavos de las pantallas y las redes, nos cuesta mucho adentrarnos en el silencio, que es hoy el gran ausente de la vida y también de la pedagogía. La escuela enseña a hablar, leer y escribir, pero no enseña el valor del silencio. Ni el niño ni el joven están preparados para el silencio. Para ellos, el silencio es algo insoportable, que hay que cubrir enseguida de palabras y de ruidos. Incluso lo identifican con la amenaza: Detrás de un “Cállense” gritado se asoma el rostro del castigo.. Por ello, no llegan a comprender que el silencio no consiste meramente en callarse, sino en fijar la atención en algo.
El silencio es la cuna de la palabra auténtica. Así como la pedagogía de la palabra resulta completamente necesaria para describir el mundo, la pedagogía del silencio es absolutamente imprescindible para contemplar el mundo e interiorizarlo. En cierto sentido, la pedagogía del silencio es previa a la de la palabra. La palabra que nace del silencio es una palabra sólida, consistente y firme. Sin silencio, sin reflexión, las palabras se convierten en mera cháchara hueca, en retórica inflada y vacía. Por no saber habitar el silencio, nos volvemos tan superficiales, nos dejamos conducir por propagandas, influencers fatuos, opinadores superficiales, comunicadores que pretenden ser ellos la noticia, falsos líderes, guerrilleros del teclado, y por las mil seducciones de cantos de sirenas. Por ello, nuestras palabras, con demasiada frecuencia, son falsas y meras réplicas de lo que escuchamos y repetimos sin el debido análisis, o solo expresan emociones nocivas como el rencor, la rabia, la ira, la envidia….
Nada fortifica más las almas que el silencio. En virtud de la palabra, el hombre es superior al animal; por el silencio, se supera a sí mismo. El silencio es el fruto de la soledad. El sonido más dulce es el sonido del silencio. Es la canción del alma, la voz del corazón. El silencio es la última palabra –la mejor palabra- del encuentro. El silencio es el diálogo del enamorado, el clima de la unión. Los que se aman de verdad no necesitan de palabras para expresar su profundo amor. Están ahí, al lado del otro, sintiendo sus latidos, amándose con la mirada. Las mamás pasan horas embelleciendo a sus hijitos con su mirada amorosa y los enamorados conocen bien que los ojos acarician mucho mejor que las manos y que hay miradas silenciosas que valen mucho más que largas declaraciones o discursos.
El silencio crea hombres y mujeres para la escucha. La persona silenciosa es una persona que crece hacia adentro, que se adentra en lo profundo. Pero aturdidos de ruidos y de gritos, nos cuesta mucho abrirnos al silencio. Silencio del cuerpo y de la mente para escuchar las voces del alma. Nos cuesta mucho acallar los ruidos externos y sobre todo los ruidos internos, los ruidos de esa mente agobiada de ideas, pensamientos, proyectos, y de ese corazón que vive siempre agitado, ansioso, preocupado, distraído, incapaz de centrarse en sí mismo. Porque tenemos miedo a zambullirnos en lo profundo de nuestra existencia, miedo a soltar amarras y llegar a la raíz de nuestra verdad, sustituimos la oración y la meditación por la televisión y las pantallas. Levantarse equivale a sumergirse en un mundo de ruidos: noticias, televisión, twitter, chateos… Llenos de ruidos y de prisas, nos estamos volviendo incapaces de abrirnos al Otro y a los otros con paz, bondad, gozo y esperanza. Y, por ello, el mundo es tan superficial, tan hueco y tan inhumano.
Sólo el silencio nos libera. El silencio interior es la mejor terapia que existe. Para Ana María Schlüter “el silencio es regresar a casa”, es decir, recuperar nuestra identidad que está en el fondo de nuestro ser, sobre el cual hemos echado mucha hojarasca, mucho ruido. El silencio cura porque nos conecta con lo que somos, nos devuelve a la unidad con todo. Lo sintetiza mejor esta hermosa frase de Tagore: “Pues que se prende en ti el polvo de las palabras muertas, lava tu alma en el silencio”.
El silencio nos posibilita contemplar nuestra interioridad, convertirnos en espectadores de nuestras vidas, nuestros actos, nuestros pensamientos. Al observarnos en silencio brota con fuerza la pregunta radical “¿quién soy?”, tan esencial para conducir nuestras vidas por las sendas de la profundidad y la autenticidad. A su vez, la contemplación silenciosa del mundo exterior nos sumerge en el misterio que se oculta en todo: un rostro, una sonrisa, una flor, una montaña, una mariposa, un arroyo, o el firmamento cuajado de estrellas.
En un mundo donde estamos tan llenos de ruidos y de gritos, y donde las palabras valen tan poco, o se usan para engañar, ofender y separar, necesitamos una larga cura de silencio para devolverle a la palabra su valor y su dignidad y poder comunicarnos. Para ello, necesitamos todos con urgencia aprender a callarnos, a estar con nosotros mismos en silencio para poder escuchar la voz de Dios que nos habla en el silencio del corazón. Necesitamos fortalecernos en el silencio y en la meditación para regresar con más fuerza a servir a los hermanos.
@antonioperezesclarin www.antonioperezesclarin.com
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