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El verdadero problema | Por: Carolina Jaimes Branger

por Carolina Jaimes Branger
30/03/2026
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Vuelvo sobre el tema y regresaré tantas veces como sea necesario: hay palabras que delatan más a quien las pronuncia que a quien pretenden herir.

En pleno 2026 —con acceso casi ilimitado a información, con campañas de inclusión, con testimonios conmovedores al alcance de un clic— todavía hay quienes recurren a una expresión tan burda como reveladora: usar el Síndrome de Down como sinónimo de estupidez. No es solo una falta de respeto. Es una confesión.

El 23 de marzo -coincidencialmente habiendo terminado el día antes la Semana Mundial de Concienciación sobre el Síndrome de Down- un infeliz, porque es el calificativo menos duro de los que se merece, en un post donde salía una persona de su completo desagrado -en vez de darle hasta con el tobo- lo «insultó» diciéndole «tienes Síndrome de Down».  Yo le salí al paso de inmediato: «¡Increíble que a estas alturas alguien use la condición de “Síndrome de Down” como un insulto. ¡Respete, carajo!» y tagueé a Avesid y a Fundadown. He debido hacer una captura de pantalla, pero no la hice. El sujeto borró su comentario.

Su post fue una confesión de ignorancia, en primer lugar. Porque quien utiliza esta comparación demuestra no tener la menor idea de lo que implica realmente esa condición genética. Las personas con Síndrome de Down no son caricaturas, ni estereotipos, ni objetos lingüísticos para descargar frustraciones. Son individuos con nombres, familias, talentos, afectos y una dignidad que no depende —ni ha dependido nunca— del coeficiente intelectual que otros se empeñan en convertir en medida universal del valor humano.

Pero hay algo más profundo, más inquietante: es también una confesión de pobreza moral. Porque elegir ese tipo de insulto implica decidir, consciente o inconscientemente, que hay vidas que valen menos. Que hay condiciones humanas que pueden utilizarse como arma arrojadiza. Y eso no habla de quien recibe la ofensa; habla de quien la necesita para sentirse, aunque sea por un instante, superior.

Resulta curioso —y profundamente irónico— que en una época obsesionada con la corrección política, con el lenguaje inclusivo y con la sensibilidad social, aún sobrevivan expresiones tan primitivas. Como si el progreso hubiese sido selectivo. Por desgracia, la tecnología ha avanzado más rápido que la empatía.

No se trata de censurar palabras por capricho ni de imponer una vigilancia asfixiante sobre el lenguaje. Se trata de algo más elemental: de comprender que nuestras palabras construyen realidad. Que lo que decimos moldea la forma en la que vemos a los demás. Y que banalizar una condición como el Síndrome de Down contribuye, aunque algunos prefieran negarlo, a perpetuar prejuicios que luego se traducen en exclusión real.

Porque detrás de cada “chiste”, de cada insulto disfrazado de ocurrencia, hay familias que han tenido que luchar el doble para que sus hijos sean aceptados. Hay personas que han demostrado —una y otra vez— que la felicidad, la constancia y el cariño no siguen los parámetros que algunos consideran “normales”.

Tal vez la pregunta no debería ser por qué alguien usa ese insulto, sino por qué todavía le parece válido. Qué carencias, qué inseguridades, qué falta de formación lo llevan a elegir precisamente ese recurso. Y ahí es donde conviene detenerse. Porque el verdadero problema no es que existan personas con Síndrome de Down. El verdadero problema es que aún existan personas incapaces de entender que la dignidad humana no admite comparaciones.

Y eso —aunque no lo sepan— sí es una forma de ignorancia que merece ser superada.

 

@cjaimesb

 

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