El periodismo no es un oficio diseñado para la comodidad, sino para la vigilancia. Cuando un periodista decide ser complaciente con el gobierno de turno, no solo traiciona su ética profesional, sino que rompe el contrato tácito de confianza que tiene con la sociedad.
El Periodismo como contrapoder
La esencia del periodismo radica en su capacidad de actuar como un contrapoder. Los gobiernos, por naturaleza, tienden a la opacidad y a la narrativa que más les favorece. Si la prensa se limita a replicar comunicados oficiales o a aplaudir políticas sin cuestionarlas, el ciudadano queda huérfano de información veraz.
La diferencia entre oposición y crítica
Es vital entender que ser crítico no significa ser un “opositor” político. El opositor busca el poder. El periodista crítico busca la verdad. La crítica periodística no nace del odio, sino del rigor. Se basa en datos, en el contraste de fuentes y en la fiscalización del uso de los recursos públicos. Un periodista que cuestiona ayuda al gobernante a ver sus puntos ciegos, aunque este último rara vez lo agradezca.
El peligro del “Periodismo de relaciones públicas”
Cuando el micrófono se convierte en un megáfono del Estado, la democracia se debilita. La complacencia genera cámaras de eco donde los errores gubernamentales se ocultan bajo la propaganda. Esto es peligroso porque: anula la rendición de cuentas y desinforma al votante: un ciudadano no puede tomar decisiones informadas si solo recibe una versión de la realidad. Una vez que un periodista es visto como un aliado del poder, pierde su activo más valioso: la confianza del público.
El costo de la integridad
Ser crítico tiene un precio. A menudo implica enfrentar ataques desde el atril oficial, bloqueos informativos o presiones económicas. Sin embargo, la historia nos enseña que los nombres que se recuerdan con respeto son los de aquellos que se atrevieron a preguntar lo que el poder quería callar.
Un periodista que no incomoda al poder es, en el mejor de los casos, un transcriptor; en el peor, un cómplice. La salud de nuestra libertad depende de esa mirada incómoda, de esa pregunta que rompe el protocolo y de la valentía de recordar que el gobernante es un servidor público, no un soberano intocable.
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