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El Mundial de Béisbol: grandeza y tristeza | Por: Carolina Jaimes Branger

por Carolina Jaimes Branger
23/03/2026
Reading Time: 2 mins read
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Por: Carolina Jaimes Branger

 

Hay países que celebran victorias. Y hay países que, como Venezuela, las necesitan para recordarse a sí mismos quiénes son.

La reciente consagración del Clásico Mundial de Béisbol 2026 no es —mejor dicho, no puede ser— leída como un simple triunfo deportivo. Venezuela derrotó a Estados Unidos 3-2 en una final dramática, con un batazo decisivo en la novena entrada que selló su primer título en la historia del torneo. Hubo lágrimas, banderas, caravanas improvisadas, un país entero latiendo al mismo ritmo… y hasta un feriado nacional decretado para celebrarlo  .

Pero allí comienza la paradoja.

Porque mientras el mundo veía a una nación unida, vibrante y victoriosa, millones de venezolanos saben que esa imagen —tan real como efímera— convive con otra muy distinta: la de un país fragmentado, herido, disperso por la diáspora y atrapado en una crisis que ya no es noticia, sino rutina.

Y entonces surge la pregunta incómoda: ¿cómo puede un país roto producir una alegría tan intacta?

La respuesta, quizás, está en lo que el béisbol representa para Venezuela. No es solo un deporte. Es memoria. Es identidad. Es la infancia que todavía huele a guante de cuero y a narraciones por radio. Es, en cierto modo, una patria portátil: esa que cabe en nueve innings cuando la otra parece haberse perdido.

En el diamante, Venezuela no está en crisis. Allí no hay apagones, ni inflación, ni hambre, ni hospitales donde la gente muere de mengua, ni despedidas en aeropuertos. Allí hay talento, disciplina, estrategia… y, sobre todo, una certeza: la de que todavía es posible ganar.

Por eso esta victoria duele un poco.

Duele porque demuestra lo que el país podría ser. Porque evidencia que el problema nunca ha sido la falta de capacidad, sino de rumbo. Porque en cada jugada perfecta hay una metáfora incómoda: la de un país que, cuando funciona, es extraordinario.

Y, sin embargo, sería mezquino reducir esta alegría a un simple contraste con la tragedia. Los pueblos también necesitan celebrar. Necesitan respirar. Necesitan, aunque sea por unas horas, dejar de sobrevivir para volver a vivir.

Quizás ahí radica la grandeza —y la tristeza— de este momento.

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Venezuela ganó el campeonato más importante de su historia en el béisbol, pero no ha ganado todavía el partido más difícil: el de reconciliarse consigo misma. Y aun así, en medio de todo, celebra.

Como quien canta en la oscuridad en la que vive y aún así se niega a dejar de creer en el amanecer.

 

@ Cjaimesb

 

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