El fatalismo fagocitando la esperanza (I Parte) | Por: Nelson Pineda Prada

 

Si algo caracterizó las décadas de los años ochenta y noventa de la centuria pasada, fue la inmensa producción de análisis y diagnósticos sobre la realidad de la Venezuela de entonces. La lógica del caos se apoderó de algunos “eruditos” pensadores nacionales. Recuerdo, entre otros, algunos textos  presentados en los libros: El caso Venezuela: una ilusión de armonía (1984), del IESA; Más y mejor democracia, del Grupo Roraima (1987); Venezuela hacia el 2000 (1987), ILDIS-Nueva Sociedad; el Proyecto de Reforma Integral del Estado (1988), de la COPRE; La necesaria Reforma Democrática del Estado (1988), de Germán Carrera Damas; para solo mencionar cinco de las varias decenas de ellos.

La gran mayoría de dichos diagnósticos llegaban a la conclusión de que la crisis de la formación social venezolana, vivida durante esos años, tenía su explicación en el carácter rentista de nuestra economía nacional. Por tanto, se afirmaba, con la mayor superficialidad, que lo planteado era dejar de ser rentistas. La satanización del petróleo supero con creces las críticas expuestas en la “siembra del petróleo”, por Don Alberto Adriani y Arturo Uslar Pietri.

Una visión tan reduccionista como esta, impidió ver la profundidad de la misma. El 18 de febrero de 1983 (el viernes negro), la formación social venezolana, como un todo, implosionó.

Al afirmar que era una crisis estructural, se pretendía hacer creer que su solución estaba en producir “cambios” estructurales; se afirmó, igualmente, que era una crisis coyuntural, por lo que las recetas que se aplicaron para superarla fueron de carácter cortoplacistas e inmediatistas; se le concibió, de igual manera, como una situación insuperable, catastrófica, esta es la peor, la más grave crisis, fue una frase que se hizo común; el economicismo con que fue concebida, colocó una venda que impidió verla como la posibilidad de una mutación, desde un momento de “enfermedad” hacia otro donde ocurran  y desarrollen procesos y situaciones distintas. La dirigencia política y la clase dominante fueron ciegos al no ver que era una crisis sistémica, de carácter multidimensional. Que era el proyecto nacional plasmado en la Constitución de 1961, resultado del Pacto de Punto Fijo, el que había llegado a su ocaso.

Se quiso ocultar lo que éramos; y, no se sabía hacia donde íbamos. Ha ello no se le dio importancia. La dirigencia política y la clase dominante fueron incapaces de entender que los beneficios colectivos, debían privar por sobre los individuales; que la riqueza de la nación y el financiamiento del Estado, tenían que ser colocados al servicio de las necesidades colectivas de los venezolanos; que los derechos de los ciudadanos, no podían ser conculcados por intereses bastardos, porque estos, antes que contribuir al desarrollo de la dignidad humana, constituían elementos persuasivos hacia la perdida de una profunda y arraigada convicción moral del ciudadano; era necesario asimismo, que la dirigencia política y la clase dominante pensaran en la necesidad de redimensionar el rol  del Estado, que las reformas adelantadas por la COPRE no eran suficientes.

Restituirle a la libertad, la igualdad, la fraternidad y a la dignidad humana su significado primigenio, que lo deslastrara del perverso uso que el capitalismo ha hecho de ellos, constituía la base fundamental para la elaboración de un nuevo discurso político.

Manuel Caballero, en su libro: Las venezuelas del siglo XX (1988), decía que,… la palabra crisis suele asociarse con una situación catastrófica. Por eso, al decir que una sociedad se halla en crisis, se le supone hundiéndose en el caos, pero nadie se imagina el caos haciendo crisis para entrar al orden. Se supone además que las crisis se han de manifestar para siempre de manera violenta, y cuando eso no sucede, se habla de crisis prolongada, como si se hiciese necesaria la adjetivación.

Y es que, “poner un nombre no es solo rotular, sino también dominar”. Es por ello que, con la palabra crisis más allá de definir una situación disfuncional de un ser humano, que es el sentido que le confiere la ciencia médica, se ha querido definir como una situación de caos. Lo cual ha conducido, incluso, a que antes de comenzar a palpar sus efectos, comenzamos a sentir que habíamos entrado en crisis. El fatalismo fagocitando la esperanza.

 

 

 

 

 

 

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