El esplendor del pasado en | Se llamaba Adriano, le decían el Nene de Raúl Díaz Castañeda | Por: Libertad León González

Libertad León González / lenlibertad30gmail.com


En el poema “Los ausentes”, Eugenio Montejo escribió: “La tierra giró para acercarnos, giró sobre sí misma y en nosotros hasta juntarnos por fin en este sueño.” (Montejo, 2007). Puede reconocerse en esos versos, la presencia inevitable de un tiempo transcurrido. Sea entonces válida una segunda y absoluta sentencia de Montejo, cuando leemos la novela Se llamaba Adriano, le decían el Nene (2022) del Dr. Raúl Díaz Castañeda, “Viajan conmigo mis amigos muertos” (Ibíd.). El mundo que rodeó a Adriano, personaje principal de esta novela histórica, no es exclusivamente el de las afueras de su comarca, en cambio, persiste el reconocimiento de su ser en contínuo apego al pasado, a la ciudad égida de sus más caros afectos.

A través de un relato estacionado en el pasado, la vida de Adriano González León, querido, admirado y recordado por sus amigos, transcurre en torno a una ciudad a la que siempre volvió para sentirla cercana a sus recuerdos y recuperarla. Adriano, escritor y dilecto amigo del narrador presente de la historia que cuenta, en cada vuelta a Valera, torna a preocuparse por su maltrecha ciudad de las Siete Colinas. Parafrasea el autor las palabras de Adriano: “Esta Valera no vale, no es la de mi niñez, que guardo como una reliquia en mi memoria.” (Díaz Castañeda, 2022, p.18).

Y como escritor consagrado, Adriano, aunque demore, siempre vuelve a Valera, guiado por los gráciles pasos de Marlene, su incondicional amiga, porque lo acompaña en sus búsquedas poéticas incesantes, como en su cuento Astromelia, con ella: “De noche es serenata”. (González León, 1968, p.103). Entre tantas conversaciones que compartieron, refiere el narrador, en tanto dedicatoria inicial de esta novela, la última visita de Adriano a Valera:

Contó Marlene:

Esa última noche que Adriano estuvo en Valera, a su ruego lo llevé a la Plaza Bolívar. La caminó llorando…En eso de uno de los bancos se levantó un borracho, se le acercó y le dijo: – ¿Vos no sos el Nene? Yo estudié con vos en el Rangel. Y lo abrazó riendo. (Díaz Castañeda, Óp. Cit., p. 6).

Siempre encontró Adriano el abrigo de su ciudad, al lado de los amigos, porque tal y como lo sentencia el narrador: “Como Ulises vivía navegando hacia aquella Itaca de su niñez.” (Óp. Cit., p.122) Y entre anécdotas recordadas en la biblioteca de la casa de Raúl, narrador homodiegético,[1] al mismo tiempo protagonista y testigo, se hará presente aquél pasado de la ciudad, aquellos encuentros amistosos que hicieron de Valera, la pequeña sucursal de la República del Este.

La novela del Dr. Díaz Castañeda es una celebración a la ciudad fundacional de hace dos siglos, es también, una celebración a la amistad, en cada personaje histórico y cotidiano que la preñó de anécdotas. Apología a la ciudad que vio nacer y crecer a Adriano, que lo recibió, tiempo después, convertido en un escritor consagrado y respetado. A pesar de sus contradicciones, siempre fue un poeta iluminado. Subterfugio del narrador protagonista y testigo, de exaltación a la ciudad que también albergó desde 1958 al médico recién graduado, en el ejercicio de su profesión como hombre de ciencia, doctor ejemplarmente activo, con oficio de escritor, también honrado.

Se llamaba Adriano, le decían el Nene es, en torno a la vida del personaje principal, una novela que muestra con detalles cronológicos el tránsito literario de movimientos y escritores venezolanos que acompañaron a Adriano a protagonizar los manifiestos, las tertulias, los congresos, los homenajes, los premios nacionales e internacionales y las profundas confesiones de sus poemas. Mientras, en definitiva, llevara la soledad y la muerte como cotidianas inspiraciones melancólicas.

En un punto de ascenso narrativo, el escritor precisa esa percepción del mundo interior de Adriano cuando mira la ciudad de sus sueños: “Hacia donde vayamos la ciudad irá con nosotros; un viaje no debe terminar nunca. Una ciudad desde lejos es cultivable para la imaginación y la sorpresa. Entre el viaje y el retorno están la vida y la muerte.” (Óp. Cit., p.212) y en versos de Luis Alberto Crespo – recuerda el narrador – se inmortaliza esta realidad cuando declara: “Cuando abramos los ojos/ ya no estaremos aquí”.

Sin embargo, en un aparente contrasentido, la novela del Dr. Díaz Castañeda es también una invitación a sentirnos felices porque nos instiga a volver sobre los pasos de la ciudad que nos pertenece y, en homenaje a Adriano, a revisar su obra. Un escritor de gran talla, un ser humano con la sensibilidad del niño cabalgante evocador de Platero y yo de Juan Ramón Jiménez, admirador de Horacio y de Virgilio, de los Poetas Malditos, de los Surrealistas, de San Juan de la Cruz, pero también admirador de los protagonistas, sin títulos académicos, de la comarca. Y entonces debo citar al Dr. Díaz Castañeda:

Y como si se tratara de un rito, enseguida preguntaba por don Miróclates Montiel y su hermana Betina, que en Valera vendían sedalinas y botones, al lado de la casa parroquial, y por Panchita Duarte, la cantante de rancheras de quien les hable, y como de esa Valera en su cabeza humeaban aromas de buena cocina, también preguntaba por los famosos pastelitos de las Sayago en la avenida 6, la comida criolla de Edita Mora en el desvío al barrio Santo Domingo y el picante de ají que Manuel Ángel Peña, carnal de Hugo Dubuc, ofrecía en su sabroso Bar y Restaurant Tequendama, en la calle 12, donde por muchos años Antonio Pérez Carmona ofició como sumo sacerdote de la poesía local. (Óp. Cit., pp. 120-121).

Adriano, idolatrado por todos, queriendo a todos los seres que tuvieran el don de contagiarlo con gestos de autenticidad y al mismo tiempo, lleno de su genuina humanidad, a veces iracunda, será estimado por sus amigos. Hago un paréntesis para traer a ustedes las palabras del escritor y periodista, José Pulido:

Adriano parecía un ser mitológico. Enrojecía al toque de sus pasiones; era un hombre crepúsculo. Reaccionaba sensiblemente al más leve roce de lo injusto: era un hombre con nervios de caballo. Alcanzaba alturas perfectas con sus palabras: tenía alas enormes y descendía gentilmente. (Pulido, 2017).[2]

En la novela del Dr. Díaz Castañeda se hace énfasis al sentido que da Adriano a su existencia: tal y como he dicho, darle sentido a la vida, a través de la palabra poética, para poder nombrar los misterios de la existencia, para mitigar su soledad, para trascender luminoso antes y después de su muerte. La poesía como salvación. Por esa razón declara – y nos lo recuerda el narrador – los siguientes versos, en El libro de las escrituras: “Después vino la palabra/óyeme, espérame/ Esta música es de los dos.” (Díaz Castañeda, óp. Cit., p.261).

Música de dos, de autor y personaje, de narrador protagonista homenajeante de los versos, de los pasos recuperados del amigo, trashumante del tiempo, perenne en el corazón de los recuerdos, de las vivencias, de las determinaciones de su carácter. Y como música con ascensos y descensos que guardan la armonía de una sonata, más precisamente, quizás una forma sonata con una tonalidad principal y otra tonalidad relativa. O quizás una perfecta sinfonía dedicada al amigo que siempre le acompañará en la ciudad que hizo suya, en la que florecieron sus diálogos, sus momentos de inspiración, de escrituras comprometidas con el destino de un país, de una ciudad, de futuras generaciones, aun sin atisbo de reconocerse a sí mismos en el tránsito de la Historia.  Una perfecta sinfonía de palabras, de homenaje a la divina palabra poética. Y en un punto claro del esplendor de la narrativa del Dr. Díaz Castañeda, seamos solícitos a su llamado:

La historia es el sedimento que va dejando el río de la existencia: barro y piedras imperecederos, arena removible, árboles caídos, basura, en el que se levantan nuevas cosas que terminarán temprano o tarde desapareciendo por intrascendentes o viejas, y así hasta quien sabe. Hoy en Valera hay pocas cosas, casi nada, de lo que ese río fue dejando, y a muy pocos les importa en su prisa para sobrevivir o ir a satisfacciones inmediatas; son fuegos fatuos. Pasa en todas partes. Pasó en Troya, Babilonia, Pompeya, Machu Pichu, las ciudades mayas. Pasó en Tula, palafitos que en las mitológicas lagunas de Anáhuac se convirtieron en imperio. A veces la poesía recoge y salva esas llamaradas fantasmales: por eso es preciosa, sustancia que en el mercado nadie cambia por una fruta pasada, pero es la esencia vibrante de las cosas, el elan; no es pasatiempo de soñadores, románticos, locos, desesperados o vagos como cree pensar la gente que corre con la cabeza vacía a llenar el estómago o el bolsillo, “los hombres huecos, los hombres embutidos de serrín”, que dijo Eliot, sino exquisita sensibilidad de seres extraños que por estar dotados del don del deslumbramiento, cuando se asfixian en la común superficialidad se salvan en el instante, solo en el instante, al aspirar esa esencia. (Óp. Cit., p.122 y 123).

Como colofón, evoco la forma narrativa del cuento La cola del ciempiés de nuestro buen amigo Toño Vale, porque resulta imprescindible escuchar de nuevo a Adriano, diciéndole a Marlene, preocupado por Valera:

Esto es peor que Guernica, Marlene, porque sobre las ruinas de las bombas puede reedificarse un pueblo en menos de una generación, pero cuando los escombros son existenciales y psicopáticos la regeneración de una sociedad requiere muchos años para rehacer sus principios fundamentales… Hay que empezar de una vez y yo ya no tengo con qué; dile a Raúl que escriba, y a Rivasáez y al negro Alfonzo, y al Diario de Los Andes y El Tiempo que reclamen y denuncien todos los días, y el Morocho, y tú; todos ustedes, porque Atila y sus caballos deben ser derrotados… (Óp. Cit., p.19).

Y más allá de la ficción del relato, y más acá de la verosimilitud de los personajes, todos los amigos han sido fieles en la ciudad que lo vio nacer a la determinante petición de Adriano, honrando el esplendor del pasado y de la amistad que los unió.

 


[1] Dice Gérard Genette: Así pues, habrá que distinguir al menos dos variedades dentro del tipo homodiegético: una en la que el narrador es el protagonista de su relato (Gil Blas); otra en que el narrador no desempeña sino un papel secundario, que resulta casi siempre, por así decir, un papel de observador y de testigo (…) (Gérard Genette. Figuras III, 1989, p.299).

[2] José Pulido:”Adriano González León: Palabras que buscaban oídos divinos”, En: https://elestímulo.com/cultura/201701-24/Adriano-gonzalez-leon-palabras-que-buscaban-oídos-divinos


 

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